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blog de Lorenzo Dávalos

After Dark, una historia de la oscuridad

Publicado por Lorenzo Davalos en Octubre 7, 2009

Narrada por un voyeur

Ya desde la primera página uno siente algo en la narración, una cierta extrañeza en el ambiente narrado y en el modo en que se desarrollan los hechos, que nos recuerda ese estilo único del escritor japonés Haruki Murakami, quien posee una capacidad única para mezclar en sus historias, con completa naturalidad, lo humano y lo mágico, lo real y lo surreal.

After Dark, presentación

After Dark, presentación

Muy cerca de la media noche, exactamente a las 11 y 56 minutos, una chica está sentada en Denny´s, un restaurante de Tokio, donde toma una taza de café y lee muy concentrada un libro que el narrador nunca nos dice cuál es cuando, repentinamente, un chico que pasa la reconoce de cuando una vez tiempo atrás habían salido juntos con la hermana de ella y un amigo en una cita doble. Luego de pedirle permiso para sentarse en su mesa, Takahashi, que así se llama el chico, comienza a conversar con ella. La chica se llama Mari y es hermana de Eri. Takahashi le busca conversación a Mari, cuya parquedad es estricta, aunque sabe escuchar. Luego de conversar un rato se para y se va pero quedan en verse más tarde en ese mismo lugar.

No pasará mucho tiempo antes de que alguien entre a Denny´s buscando a Mari para pedirle un favor. Se trata de Kaoru, una prostituta amiga de Takahashi. Aunque sorprendida al principio por la petición que le formula, Kaoru convence a Mari de que su presencia puede ser de mucha ayuda en Alphaville, un motel en el que ha ocurrido algo grave a una chica que sólo habla chino, lengua en la que Mari se defiende. Éste será el primero de una serie de incidentes diversos e inesperados que le ocurren a Mari y que interconectan su vida con la de Takahashi y otros personajes. Todo ellos aparecen relacionados a curiosas historias, típicas de la noche.

Mientras tanto, en la habitación de Eri, quien duerme plácida y demasiado profundamente, las cosas pasan de un modo muy raro y la ficción y la realidad se confunden, trocan de lugar y lo que debía estar en un lugar aparece en el otro. Como en La Rosa Púpura del Cairo de Woody Allen, donde el personaje sale de la pantalla de un cine, en la habitación de Eri ocurre algo similar pero al revés. La oscuridad de la noche crea la oportunidad para que ocurran cosas de este tipo. O quizás más bien para que el observador, que es el narrador, crea que ocurren cosas de este tipo. Éste sugiere algo por el estilo cuando afirma: “Todo, finalmente, se desarrolló en un lugar que asemejaba una fisura profunda e inaccesible. Tales lugares abren accesos secretos en la oscuridad en el intervalo entre la medianoche y la hora en que el cielo se ilumina de nuevo. Ninguno de nuestros principios tienen efecto ahí. Nadie puede predecir cuándo o dónde tales abismos van a tragar a la gente o escupirla” (p. 215).

Esta afirmación de un vale todo para las leyes del Universo en el cuarto de Eri, en medio de la oscuridad, nos recuerda el Corazón de las Tinieblas, de Conrad. También hay un vale todo en el corazón de la selva, donde reina Kurtz, ahí dónde se llega cuando se ha remontado el río y se han olvidado las leyes que fundan la civilización. Como si fuese la luz de cada día la que protege a la conciencia de los monstruos de las tinieblas, que no son otros que los monstruos del inconciente, que habitan dentro del corazón del hombre.

After Dark, Introducción de capítulo

After Dark, Introducción de capítulo

Ests libro me recuerda también la trama de After Hours (1985), aquella película de Martin Scorsesse en la que un neoyorquino, Paul Hackett se encuentra en un café con una chica, Marcy Franklin (Rosanna Arquette), y luego de conversar un rato descubren que ambos admiran a Henry Miller. Desde ese instante, a Paul le sucederán múltiples accidentes e incidentes, y tendrá encuentros y desencuentros con diversos personajes, que entre todos contribuyen a impedirle regresar a su casa rápidamente y sin desvíos como tenía previsto. Al amanecer, Paul se da cuenta de que esa secuencia improbable del azarosos sucesos lo condujo directamente a las puertas de su trabajo sin haber podido regresar nunca a su casa durante la noche.

Quizás lo más interesante de After Dark es el recurso técnico del autor, de construir un narrador que no está autorizado para intervenir en las acciones que tienen lugar en la novela. De hecho, el narrador sólo puede mirar. Es voyeur e intérprete de las historias de la noche que comparte sus conclusiones con el lector. Democráticamente, se pone a la altura del lector en su ignorancia sobre: el futuro de los acontecimientos, las explicaciones de ciertos fenómenos que observa, o los motivos de las acciones que narra. After Dark parece narrada desde una cámara de video que hubiese sido montada sobre un diminuto helicóptero silencioso e invisible, manejado a control remoto. Los ángulos de observación cambian a lo largo de una escena, la imagen se acerca en zoom o se aleja. Pasa de una toma cenital a una toma en picado en cuestión de líneas dentro de un párrafo. Pero nunca el observador interviene en la trama de la novela.

After Dark, página 225

After Dark, página 225

Asépticamente, como un dios literario que todo lo ve y lo juzga pero sin impedir ni propiciar acción alguna, el narrador nos cuenta una historia. Al final, uno queda con la duda de si el autor no habrá querido, también, presentarnos una parábola sobre la relación de Dios con el hombre. Como si Murakami nos dijera que Dios parece por momentos actuar sólo como observador, y narrador otras veces, de un universo cuyos habitantes (como si fueran los personajes de esta novela) no lo logran ver. Un universo cuyas leyes pueden quebrarse durante los breves instantes en que se abren fisuras profundas e inaccesibles en el tejido luminoso de la realidad.

Afortunadamente, tambien se pueden abrir fisuras, quiebres en el espacio–tiempo, en la textura uniforme de lo real por las que escape el resplandor de una luz encandilante. Esto equilibra el caos producido por esas otras grietas por donde mana la más sombría oscuridad.

After Dark
Haruki Murakami (2007)
Vintage International, New York
pp 244

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Apuntes para imaginar el futuro, 3

Publicado por Lorenzo Davalos en Octubre 6, 2009

Ambiente y apocalipsis, primera parte

Una de las formas más comunes que ha tomado a lo largo de la historia la imaginación del futuro ha sido la que se inspira en el Apocalipsis de Juan el Evangelista, donde se profetiza que, luego de haber estado durante mil años condenado en el abismo, el Diablo regresará a la Tierra por corto tiempo para levantar contra Cristo las naciones de Gog y Magog. El libro profetiza que el Mal será derrotado una vez más y luego de su derrota por parte de Cristo, vendrá el Juicio Final, cuando se arrojará al fuego a los impíos. Será entonces cuando tendrá lugar el final de la historia.

Aun cuando solemos creer que en nuestros tiempos gobierna la razón, y que lo que dice el Apocalipsis debería leerse en un sentido simbólico y menos literal, la fuerza de la narrativa apocalíptica es muy poderosa y a los seres humanos nos cuesta inhibirnos de entregarnos cada cierto tiempo a las redes irracionales de una nueva variación de la misma. Es suficiente con que uno de los narradores señale una nueva encarnación del Diablo (sea éste: la ciencia, el Islam, el comunismo o el capitalismo, la técnica o la internet, la nanotecnología o lo smedios de comunicación) para comenzar a contarnos a nosotros mismo la misma historia, con nuevos personajes, pero idéntico final. El guión nos atrapa y nos cuesta salir de él para ver la realidad: que a lo largo de la historia ha sido más inocua de lo que temíamos, menos satánico aquello que habíamos identificado como un nuevo rostro del Diablo, y casi del todo falso que el fin de los tiempos estuviera tan cerca como nos lo querían hacer creer. El reverso de la conciencia de nuestra propensión a caer en la ilusión de esa ficción milenaria es que, como en el caso del lobo y las ovejas, podemos creer que toda presunta encarnación del Diablo es ficción. Y en algunos casos pudiera no serlo (o si no del Diablo, al menos de lo peor que puede crear al hombre, que es casi igual de malo. O peor. No lo sabemos.

Quines se preocupan activamente por la calidad del ambiente son poderosos y convincentes narradores de una versión contemporánea del Apocalipsis. Algunos de ellos han demonizado los mercados, el capitalismo salvaje, la tecnificación de la sociedad, el consumo irresponsable de recursos, y le han advertido a los responsables de defender todas estas presuntas encarnaciones del Demonio que de continuar haciendo lo que hacen la Humanidad llegará a un punto de no retorno. Quiero en este texto revisar algunas de estas profecías apocalípticas del ambiente. El texto no concluye porque será continuado en una próxima entrega (entrada).

1.Malthus y otros profetas del desastre

Nociones del concepto de capacidad de carga han servido a lo largo de los siglos para sustentar advertencias formuladas por quienes dicen conocer la capacidad de carga de nuestro planeta (sin duda un ecosistema muy grande y complejo) de que la humanidad tomada en su conjunto está muy cerca de ese límite. Uno de los primeros que hiciera una advertencia sobre el riesgo estructural que amenazaba a la humanidad fue Thomas Robert Malthus (1766-1834), célebre economista y demógrafo británico. El axioma sobre el que Malthus basó su pesimismo acerca del futuro de la vida del hombre sobre el planeta decía que el poder de la población era infinitamente más grande que el poder de la Tierra de producir subsistencia para el ser humano. La población sin control crece geométricamente, en tanto que la capacidad de la Tierra para garantizar la subsistencia del hombre crece a una tasa aritmética. La diferencia entre estas dos tasas crea una razón para pensar en límites o por lo menos para ser pesismistas en cuanto al futuro de la Humanidad. Este pesimismo refutaba una visión optimista de la Humanidad inspirada en la Ilustración, y en las ideas de filósofos como el marqués de Condorcet (1743-1794), quien era un firme creyente en la capacidad del hombre para progresar indefinidamente mediante la producción y acumulación de conocimiento y en particular de la ciencia. Malthus pensaba que esta diferencia matemática entre los procesos que regulan el crecimiento de la población y los que regulan la producción de alimentos creaba una escasez estructural y creciente en la Humanidad que, de continuar sin cambios en el futuro, podría engendrar una catástrofe. A esto se ha llamado la catástrofe malthusiana.

Neomalthusianismo

Durante la segunda mitad del siglo veinte, cobraron de nuevo auge algunas ideas neomaltusianas. Casi todas provenían de la izquierda; el activismo ambiental capitalizó las energías de muchos que estaban descontentos con el capitalismo y la sociedad industrial y que antes habían participado en las masivas movilizaciones contra la Guerra de Vietnam. Uno de los libros de culto fue The Silent Spring (1962) de Rachel Carson; éste era un alegato contra la sociedad industrial que sostenía que el uso indiscriminado de DDT y otros pesticidas estaba afectando y matando a animales, pájaros y seres humanos. Seis años más tarde, Paul Erlich, profesor de entomología de la Universidad de Stanford y su esposa Anne publicaron The Population Bomb (1968), donde defendían la idea de que la humanidad estaba al borde una inminente explosión demográfica que traería hambrunas a millones de seres humanos en una Tierra cada vez más poblada. El tono del libro de los Erlich se alejaba del de un discurso académico objetivo y desapasionado y se parecía más al de una enérgica advertencia que por supuesto criticaba la lógica de un capitalismo que no cerrara los ojos a la necesidad de controlar la población y la contaminación, que era concebida como una consecuencia o factor colateral del aexplosión demográfica.

Quizás el alegato más profundo contra el modo irresponsable de hacer las cosas en la sociedad industrial posterior a la Guerra de Vietnam fueron los documentos publicados por el Club de Roma, think-tank con preocupaciones ambientalistas fundado, entre otros por Aurelio Peccei. Esta organización no gubernamental encargó una investigación ambientalista a Jay Forester en MIT cuyos resultados se recogieron en Limits to Growth (1972). La influencia de esta obra fue mayor de lo que predijeron sus autores. A la fecha, ha sido traducida a 30 idiomas y se han vendido de ella unos 30 millones de ejemplares, lo que la convierte en el libro de ambientalismo más vendido en la historia de este movimiento. Limits to Growth constituía el Primer Informe presentado al Club de Roma, por un equipo dirigido por Donella Meadows, quien trabajaba en el MIT en el desarrollo de un modelo computarizado del mundo (World3) que buscaba predecir las consecuencias de las interacciones entre la Tierra, sus ecosistemas, y sus diversos yacimientos de recursos renovables y no renovables, si continuaban las tendencias observadas en el futuro.

En un resumen del libro escrito por los autores, éstos afirman que: “si las tasas de crecimiento de la población mundial, contaminación, producción de alimentos, y explotación de recursos continuaba sin cambios, se llegaría a los límites del crecimiento del Planeta dentro de un plazo no mayor de 100 años. La consecuencia más probable sería el repentino e incontrolable declive en la población y la capacidad industrial.” “Sin embargo—proseguían ellos—así como hay razones para preocuparse las hay también para la esperanza. Limitar deliberadamente el crecimiento sería difícil pero no imposible. El modo de proceder es claro y las etapas necesarias, aun cuando son nuevas para la sociedad humana, están dentro de las capacidades de la Humanidad. El hombre posee, por un momento en su historia, la combinación más poderosa de conocimiento, herramientas y recursos que el mundo ha conocido. Tiene todo lo que es físicamente necesario para crear una forma nueva de sociedad humana, una que sea construida para durar por generaciones. Los dos ingredientes faltantes son: un objetivo realista de largo plazo que guíe a la humanidad a una sociedad de equilibrio, y la voluntad humana para lograr ese objetivo.” De modo que si la humanidad se comprometía con ese objetivo y tenía la voluntad de hacer lo que debía hacer se salvaba; de lo contrario, sufriría la catástrofe. Al primer informe le siguió un Segundo Informe, Mankind at the Turning Point (Mesarovic y Pestel, 1974), y luego de varias décadas un par de actualizaciones——Beyond the Limits (1993), una actualización del documento original publicada 20 años después, y Limits to Growth: the 30 year Update (2004), publicada 30 años después—; estos dos últimos títulos que tuvieron mucha menor difusión que la obra original.

A pesar del cuestionamiento de las cifras y de los fundamentos del modelo del mundo desarrollado por Forester, las ideas del informe original siguen teniendo vigencia y sirivieron como combustible único o combinado de nuevas movilizaciones de grupos ecologistas y ambientalistas. En el año 2008, Graham Turner, investigador de la Commonwealth Scientific and Industrial Research Organisation (CSIRO) en Australia publicó un artículo titulado: “A Comparison of `The Limits to Growth` with Thirty Years of Reality”, donde examina las cifras reales de los últimos treinta años con las predicciones derivadas del libro y concluye que si no se hace nada, las tendencias de crecimiento demográfico, explotación de recursos y problemas sociales conducirán a un colapso de la Humanidad antes de termine el siglo 21. Es decir, que se verificarán las predicciones apocalípticas de los neomaltusianos vinculados al Club de Roma.

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Apuntes para imaginar el futuro, 2

Publicado por Lorenzo Davalos en Octubre 6, 2009

Generaciones futuras: de la imaginación a la acción

En una entrada anterior hablaba sobre la imaginación del futuro. Hay un lado poético en dedicarle tiempo a ese acto de imaginación y esa actividad poética nos nutre. Pero lo que me interesa ahora es la imaginación del futuro como un paso preliminar de la acción presente para que en ese futuro que imaginamos (e incluso en ese futuro que no logramos imaginar), quienes vivan tengan al menos las mismas oportunidades que hemos tenido nosotros para perseguir la felicidad. Al menos aquella que depende de su acceso a bienes naturales.

Creo que una de las razones para defender (pero no la única) la integridad de los bienes naturales en el presente es la belleza. Desearía que las generaciones futuras tengan la misma posibilidad que tenemos nosotros, y que la han tenido quienes han vivido antes que nosotros, de contemplar una puesta de Sol desde una playa de arenas blancas contemplando el espectacular viraje cromático del agua y el cielo. Mirando cómo, a medida que el Sol se oculta, el agua del mar pasa por todos esos colores: mudando desde un azul turquesa a un azul petróleo con tonos verdosos que derivan pronto en un añil que se metamorfosea en un gris negruzco, en cuya superficie aparecen (como si fueran manchas) celajes rosados, naranjas, fucsias (que son reflejos del cielo), que viran al morado oscuro, al gris oscuro, al azul marino muy oscuro, hasta terminar en el negro.

Si un trovador se enamoró de la perpulchra (más que bella) Leonor de Aquitania—duquesa de Aquitania, condesa de Poitiers, y luego Reina de los Francos cuando se caso con Luis VII—sin conocerla, sólo por haber escuchado sobre ella, en lo que constituye uno de los actos de amor mas puramente platónicos que conozco, pienso que pudiéramos enamorarnos, como lo hiciera aquel trovador, o mejor aún, realizar un acto de amor, tan gratuito e incondicional (como debe ser todo acto de amor) como el de nuestro trovador, hacia una mujer, un hombre, una joven o un joven, o un recien nacido, de una generación futura. Y con la idea de este acto de amor, o mejor aún con este amor en el corazón, establecer una conexión directa con el futuro que nos mueva a actuar en el presente del modo que si ése al que amamos incondicionalmente llega a nacer, pueda vivir con la posibilidad de disfrutar como nosotros de esa puesta de Sol. Y de muchas otras experiencia de disfrute estético. Que es lo menos que podemos legarle a ese amado del futuro. En lo que sigue se revisa el concepto de desarrollo sostenible y se lo define, no obstante su carácter general y poco operativizable, como un concepto que ha ayudado enormemente a poner en la agenda el tema de las generaciones futuras. La necesidad de actuar en el presente, no sólo con la mente en lo global (act local think global)sino también con el corazón en el futuro (love future).

1. Desarrollo sostenible

El concepto de desarrollo sostenible fue capaz de articular eficazmente una diversidad de preocupaciones y problemas ambientales. Éste constituía la columna vertebral de Our Common Future (1987), título con el que se conoció el Informe Final de la Comisión de Naciones Unidas sobre Ambiente y Desarrollo, que fue sin duda el documento que tuvo la mayor influencia durante la década siguiente sobre: académicos y expertos en ambiente, funcionarios gubernamentales responsables de las políticas ambientales, gente de los medios y ciudadanos comunes. La Comisión había estado presidida por la Primera Ministra de Suecia, Gro Harlem Brundtland, una de las principales promotoras de este concepto, que en el documento citado fue definido en los siguientes términos: “Desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias.”

Con el tiempo, aparecieron definiciones de desarrollo sostenible que hacían referencia a cómo lograr un desarrollo que satisfaga a los ciudadanos de las naciones desarrolladas y a los de las naciones menos desarrolladas, a los del Norte y a los del Sur. El desarrollo sostenible inspiró otra forma de equidad, al catalizar debates sobre cómo sería posible lograr un desarrollo que persiguiera objetivos económicos sin olvidar los objetivos ambientales, los sociales, los culturales. El desarrollo sostenible también configuró una matriz conceptual y de opinión fértil para incubar ideas y propiciar debates sobre cómo incorporar, cuando se habla de desarrollo, los derechos morales de actores no humanos como los animales. Por ejemplo, es posible que muchas de las obras del australiano Peter Singer sobre derechos morales de los animales y demás temas de bioética, no habrían tenido la exitosa cogida que realmente tuvieron de no haber sido engendradas dentro de ese crisol que exhortaba a la exploración general de la idea de equidad, justicia y equilibrio en decisiones de política en los niveles local, nacional, regional o global.

Creo que una de las virtudes más importantes de aquel concepto, no obstanter el hecho de que estaba contaminado por múltiples y acaso contradictorias interpretaciones y definiciones, es que mostraba una preocupación real por integrar, y luego conciliar en un concepto, diversos puntos de vista (lo económico, lo ambiental, lo social), así como los intereses de diversas clases de personajes (actores), humanos (ricos y pobres, de todos los grupos étnicos), y no humanos (animales, vegetales), vivos y aun no nacidos (generaciones futuras). Se esperaba que este concepto pudiera dar origen a un conjunto de acciones, que a su vez deberían haberse traducido en un conjunto de políticas con focos cada vez más amplios que fueran desde lo local o nacional hasta lo regional o lo global. Mirado retrospectivamente, el desarrollo sostenible tuvo enorme valor heurístico, en tanto que engendró una diversidad de proyectos de investigación, y nuevo conocimiento, teórico y práctico. Dentro de la diversidad de puntos de vista que integra, se destaca la preocupación que recoge por las generaciones futuras. Esto constituía un elemento novedoso en la reflexion ambiental. Creaba una suerte de arena política para la negociación; o el marco de una asamblea para la conversación y la deliberación, sobre el ambiente y el desarrollo.

2. Vida sostenible y capacidad de carga

El modo de vida de un grupo étnico que ha habitado una selva tropical durante siglos sin que su población crezca o merme, no es un modelo de desarrollo sostenible aun cuando sí lo es de vida sostenible porque el impacto ambiental que produce una comunidad distribuida sobre, por ejemplo, la selva del Amazonas, que tiene una superficie de unos cuatro millones de kilometros cuadrados, es prácticamente despreciable. La capacidad de ese ecosistema de reponer los recursos renovables que consumen esos individuos, o de asimilar y transformar los desechos que producen y vierten en el ecosistema (tierras, rios, aire), supera holgadamente el impacto ambiental que producen. Esta observación nos remite al concepto de capacidad de carga de un ecosistema, que se refiere al tamaño máximo de la población que puede ser soportada indefinidamente por un ecosistema dados los recursos y servicios que éste le provee a la población. Este concepto define un límite cuantitativo o cualitativo para una población. Cuando una comunidad está lejos de su capacidad de carga, no se sienten las constricciones que impone el ecosistema; hay holgura y muchos grados de libertad; todos pueden vivir del modo que elijan. Los problemas aparecen cuando la comunidad crece (o lo que consume y emite cada individuo crecen) y la población se acerca a la capacidad de carga. Cuanto más cerca está una población de su capacidad de carga mayores son las restricciones que deben imponerse.

3. Entra el futuro

El desarrollo sostenible respondía en su formulación original a la idea de conciliar los puntos de vista e intereses de seres humanos del presente con los de seres humanos aún no nacidos. Aun cuando no ofrecía una respuesta concreta al problema de cómo lograr que las generaciones futuras tuvieran acceso a las mismas oportunidades que la generación actual, el uso frecuente de ese concepto introdujo en la agenda de los problemas ambientales el concepto de la justicia entre generaciones. Éste es un problema que define una relación entre dos partes: quienes viven en el presente y quienes vivirán en el futuro, cuya existencia es contingente, es decir, pueden o no nacer.

4. Causas de contingencia de las generaciones futuras

Las generaciones futuras podrían no nacer por culpa de decisiones que tomen los que viven en el presente. Por ejemplo, la humanidad podría desencadanar una guerra mundial global y la especie humana extinguirse mediante un fenómeno de invierno nuclear. Esta sería la peor manera de afectar a las generaciones futuras: no permtiendo que existan. Pero hay modos más difusos y menos drásticos de hacerlo. Les podemos dejar un mundo mucho peor que aquel que encontramos al nacer, lleno de problemas sociales donde sea mucho más costoso y difícil extraer recursos naturales para explotarlos. O si concebimos el calentamiento global como un problema que produce, principalmente, un incremento en la frecuencia de eventos de clima extremo, si no hacemos nada en el presente para reducir o eliminar este problema, les estaremos legando a las generaciones futuras un mundo con más riesgos (mayores costos para asegurarlos), en el que vivir será una experiencia más angustiante de lo que lo ha sido en el presente. Pero sabemos que el calentamiento global tiene otras consecuencias, muchas; otra de ellas es que al derretirse los casquetes de hielo en los polos se elevará el nivel del mar. De modo que si no hacemos nada para resolver el problema (o si lo que hacemos es insuficiente o ineficaz) les estaríamos creando a las generaciones futuras una tarea costosa de mudar ciudades y otros asentamiento urbanos a tierras más altas. Finalmente, aún si hacemos todo lo necesario para resolver el problema del calentamiento global, una amenaza natural terrestre tal como un supervolcán, o sideral, como un meteorito que colisione con la Tierra, pudiera acabar con la especie humana. En ese caso fatídico, los sacrificios realizados por la generación presente en nada habrán beneficiado a las generaciones futuras.

De modo que la relación entre las dos partes es más bien floja, dado que una de ellas es casi inexistente. A no ser que en el presente alguien se atribuya el rol de actuar como representante de los intereses de las generaciones futuras y éste negocie con nosotros para que nos limitemos, para que impongamos restricciones a nuestra decisiones en los casos en que puedan afectar las oportunidades de las generaciones futuras para perseguir su bienestar, y disfrutar de los mismos bienes naturales que ha disfrutado la generación actual. Un modo de ver estas restricciones es concebirlas como un sacrificio que se le pide que realice a la generación presente a favor de un grupo de seres humanos sobre cuya existencia futura no se tiene certeza. Lo que es equivalente a pedirles que realicen un acto de fe. Yo prefiero verlo como un acto de amor.

Algunos han llamado a ese sacrificio tasa justa de ahorro de una generación, término que se refiere a los ahorros que debe hacer la generación presente para que las generaciones futuras disfruten de las mismas oportunidades y beneficios que la actual. Los ambientalistas más extremos pedirían que la tasa justa de ahorro se calcule metiendo en la ecuación las oportunidades de disfrute de especies distintas de la humana. Es decir, representando también los intereses de quienes no pueden decir cuáles son sus intereses (e.g. los animales).

5. Justicia entre generaciones y altruísmo

Varios de los argumentos usados para debatir el problema de la justicia intergeneracional están basados en la Teoría de la Justicia desarrollada por el filósofo norteamericano John Rawls quien, desde una perspectiva que combinaba la Teoría de Contratos con un construccionismo de inspiración kantiana, definió las condiciones teóricas bajo las cuales una asamblea hipotética de representantes de los diversos grupos sociales asumen la tarea de definir un conjunto de principios de justicia. Con el fin de garantizar la imparcialidad de los principios éticos acordados por esa asamblea, Rawls presume que los decisores están cubiertos por un velo de ignorancia (Me encanta esa metáfora poética en un hombre tan serio como era Rawls. Me imagino una asamblea cuyos miembros llevan velos encima. Todos ellos han nacido y sido criados como Segismundo, el héroe de La Vida es Sueño de Calderón de La Barca. En una torre que los ha aislado e impedido conocer su circunstancia. El día de la asamblea son llevados hasta el lugar en que ésta tendrá lugar con paños opacos sobre sus ojos. Es una imagen poderosa, podría haber sido un gran poeta. Puede también verse como una multiplicación y reunión en asamblea de personajes heterogéneos que deciden hacer una representación de la Justicia).

Ese velo les impide tener información sobre cuáles son: su grupo étnico; sus condiciones físicas, sociales o ideológicas; sus creencias religiosas o dotaciones de bienes materiales. Con el fin de utilizar este enfoque para analizar como se construiría un vínculo ético entre generaciones, Rawls siguió dos trayectorias analíticas.

La primera se basaba en postular una motivación ad hoc (en una asamblea de representantes de miembros contemporáneos) que llevaría a los miembros de tal asamblea a preocuparse por el bienestar de al menos dos generaciones de descendientes futuros. Una crítica a este argumento es que la aparición de esa motivación es un hecho contingente, que puede o no ocurrir (podría suceder que no aparezca del todo). Su aparición depende de que en los miembros de esa asamblea haya una dosis mínima de altruismo intergeneracional. El filósofo Brian Barry argumentó que, incluso si tal motivación altruista era aceptada, se debería reconocer el hecho de que ésta no conduce a la creación de un compromiso necesario (y por tanto vinculante) entre generaciones sino, más bien, a un tema de justicia con respecto a las generaciones futuras. Lo que convierte a las obligaciones de la generación actual para con las futuras en un acto que depende puramente de la buena voluntad de los contemporáneos hacia sus descendientes (Barry, 1989: 192). Es decir, no se puede enfocar el problema como un acuerdo contractual (ineficaz tratar por el lado legal) porque una de las dos partes no existe y nada garantiza que lo haga en el futuro; sólo se puede hablar de la posibilidad de despertar en la generación actual cierto tipo de altruismo.

6. De nuevo la tasa justa de ahorro

Volvamos ahora a este concepto. En A Theory of Justice (p. 285), Rawls propone que cada generación separe una cantidad adecuada de capital real, que él denomina tasa justa de ahorro e incluye en este concepto: fábricas, máquinas y afines, conocimiento y cultura, técnicas y habilidades, aprendizaje y educación. Esta lista limitada representaría lo que Rawls considera que cada generación le debe a sus descendientes. Vista así, la justicia intergeneracional sería un asunto unidireccional dado que “los intercambios entre las generaciones tienen lugar solamente en una dirección” (p. 291). Para Rawls, el motivo por el que la generación actual debe ahorrar para las generaciones futuras no sería por razones del agotamiento del capital natural y los bienes ambientales asociados a éste, sino para establecer y preservar “instituciones justas y el valor justo de la libertad” (p. 288). Las preocupaciones de Rawls no son ambientales, pero su marco de análisis podría usarse para conceptualizar un entendimiento moral entre generaciones.

Se ha afirmado que este concepto viola el Principio de Diferencia, que establece que: las desigualdades sociales y económicas deben ser ordenadas de modo que los acuerdos produzcan el mayor beneficio para quienes tienen la posición menos ventajosa. Una tasa justa de ahorro podría hacer más pobre a gente que vive en el presente (que debe abstenerse de explotar ciertos recursos (e.g. nativos en el Amazonas) si éstos implican un consumo por encima de la tasa de ahorro fijada con el fin de hacer a otros, que aún no han nacido, más ricos, lo que “es algo que Rawls prohibe cuando trata temas de justicia entre contemporáneos (Barry, 1989: 198) o intra generacional. Sin embargo, hay contra argumentos que defienden el enfoque de Rawls.

7. Tecnología, estética y justicia futura

Uno de los factores que afectaría una posible fórmula para calcular la tasa justa de ahorro es la impredecibilidad de la evolución de la tecnología en el futuro. (El recurso de la tasa de descuento deja de funcionar en el muy largo plazo, cuando todos los factores cambian). Como esto lo desconocemos, no podemos calcular el futuro incremento en los costos de explotación de recursos naturales. Sabemos en cambio que la extinción de una especie o la desaparición de un ecosistema natural es hasta ahora, en gran medida, un proceso irreversible que le impedirá a las generaciones futuras disfrutar de ciertas vistas de la naturaleza cuya belleza solo la podremos disfrutar mientras existan determinadas especies animales o vegetales o ambientes naturales. Este disfrute esético es más intangible y difícil de valorar económicamente. Y sin embargo, pudiera fundar un argumento más fuerte a favor de la conservación del ambiente que el argumento económico.

Parece por otro lado indetenible el proceso que reduce gradualmente las áreas vírgenes e inexploradas en la Tierra. Creo que vivir en un mundo sin tierras vírgenes, en donde hasta el último rincón haya sido explorado y sus minerales, y especies animales, vegetales y humanas inventariadas, le quitará al hombre una oportunidad para la aventura. Esto pudiera hacer la vida menos apasionante de ser vivida. O empujar al hombre a buscar la aventura en actividades extremas y nuevos y más peligrosos deportes de riesgo con las consecuencias que podemos imaginar. Uno puede argumentar sin embargo que cuando la totalidad de las tierras vírgenes en la superficie de la Tierra sean agotadas el hombre explorará las áreas vírgenes submarinas y cuando tambien aquí hasta el último milímetro haya sido explorado, explorará ese espacio que parece siempre inexpugnable y virgen que es el corazón humano, el propio y el de su prójimo. Pero además, para ese entonces, antes aún de llegar al corazón humano, al hombre le quedará aún por explorar los confines del interminable Universo visible. La sola imaginación de esa aventura da vértigo y estremece. Quizás en el poder de esa imagen reside la belleza de las palabras finales de Roy el replicante en Blade Runner: “I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I’ve watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in the rain. Time to die.”

Lo que Roy Batty ha contemplado a lo largo de su extraordinaria vida produce un disfrute estético supremo y sublime que no depende de que haya en el mundo bienes naturales intactos. Esto, podría alegarse que desmonta una vez más el conservacionismo: Un nivel tecnológico futuro podría hacer accesible al hombre el disfrute estético de paisajes semejantes. Y sin embargo, eso no es cierto porque lo que contempla Roy Batty es tan bello a causa de que ni en el futuro más lejano quienes vivan en la Tierra podrán contemplar tales paisajes. Esas visiones nunca serán democráticas sino exclusivas. Casi prerrogativas de la realeza o producto de la imaginación ilimitada de los poetas. Y lo que queremos es que hasta el último hombre pueda tener acceso a visiones de belleza natural sublime. Además de, por supuesto, a pan y agua pura. Y esas dos clases de bienes justifican el acto de amor de millones de representantes de una generación hacia aquellos que no han nacido. Aun si no justifican (o no es viable lograr que ocurra) el sacrificio de toda una generación.

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Apuntes para imaginar el futuro

Publicado por Lorenzo Davalos en Octubre 4, 2009

Introducción

Visión artística de una ciudad del futuro

Visión artística de una ciudad del futuro

Con excepción de los magos, astrólogos, brujos y pitonisas, que trabajan lejos de los métodos científicos, con dones o poderes reservados a unos pocos; y de algunos macroeconomistas, que predicen la conducta futura de los mercados, o los que estudian el clima (uno de los fenómenos naturales más complejos de predecir), el hombre actual se siente inseguro cuando se le pide que imagine el futuro, el propio o el de la Humanidad. El mundo se ha vuelto tan complejo, tantas redes y relaciones causales se han tejido, unas sobre otras, sobre la superficie del globo, que la idea del futuro (no la del inmediato, sino la del que comienza a partir de un horizonte temporal de diez o más años), el ejercicio de imaginarlo hasta llegar a formarse una visión borrosa pero coherente, le crea no poca angustia e inseguridad.

En unos casos el hombre puede estar tentado a producir la visión optimista de un futuro luminoso en el que la ciencia y la tecnología le ha abierto caminos de paz, salud, justicia, y felicidad para todos a costos mínimos. Pero apenas se acuerda de los problemas suscitados por: el calentamiento global; la pobreza y la desnutrición, el analfabetismo y la morbilidad a los que está asociada; las amenazas autocráticas a las democracias; las exitosas estrategias populistas a las que recurren los fundamentalismos seculares o religiosos que, luego de parpadear unos segundos, su visión luminosa del futuro comienza a oscurecerse al sentir que no sabe cómo todos esos problemas actuales, algunos de los cuales parecen tener una tendencia a empeorar, pueden ser resueltos en el futuro. Es entonces cuando empieza a germinar en la imaginación del hombre la visión de un futuro apocalíptico, oscuro, terrible; el temor a que todos esos problemas no los podamos superar y terminen por borrarnos de la faz de la Tierra. Ese temor difuso se traduce en riesgos específicos: que hayan más eventos de clima extremo con consecuencias catastróficas; que proliferen los dictadores que, en el marco de precarios acuerdos con el terrorismo y las mafias internacionales, amenacen con pulsar botones para el lanzamiento de misiles atómicos, o la dispersión de agentes químicos o biológicos de destrucción masiva capaces de desatar una nueva guerra mundial; o que accidentes de origen humano, peores que el del Exxon Valdez en Alaska, o los de Three Mile Island o Chernobyl, ocasionen daños ambientales que amenacen la vida animal, vegetal y los seres humanos de vastas regiones. O, lo que luce más inexorable, por ser riesgos que no dependen de la acción humana, que catástrofes naturales impredecibles, como la explosión de un supervolcán (como el que se cree yace durmiente debajo del Parque Nacional de Yellowstone), el impacto de un meteorito (que se estima ocurre cada millón de años) o una explosión de rayos gamma que provenga del espacio lejano, fuera de la Vía Láctea (que ocurre una vez cada mil millones de años, y puede emitir en milisegundos una energía superior a la del Sol a lo largo de toda su vida), haga desaparecer la Capa de Ozono y con ella la mayor parte de la vida sobre la Tierra. Por nombrar sólo unos cuantos factores que pudieran oscurecer el futuro del hombre. Y sin embargo, podemos tratar de imaginar el futuro. O revisar algunas visiones contemporáneas. En lo que sigue se exploran visiones del futuro que no están en esos dos extremos de Apocalipsis o felicidad plácida para todos. Estas visiones se pueden destilar del imaginario de la calle, ése que se estructura por la suma de avisos publicitarios, vallas, noticias curiosas, reportes científicos, declaraciones de funcionarios de organizaciones del gobierno, y la imaginación popular.

Futuro y conspiraciones
Cierto futuro de calle se deja influenciar por infundadas teorías de conspiración que presumen que los inventos del futuro existen en el presente pero que el gobierno y sus adláteres lo ocultan. Series de televisión como The X Files (1993-2002), recogen estas ideas en historias que captaron la atención de millones de espectadores a lo largo de los años. Para quienes creen en las conspiraciones, la Humanidad no está sana porque las multinacionales y sus oscuros intereses no lo permiten; no hemos visto a los extraterrestres y su tecnología avanzada porque la ocultan otros intereses a cientos de metros debajo del suelo, en medio del desierto de Nevada, en lo que se conoce como Area 51. Otros piensan que ya han sido inventados motores antigravedad que pueden propulsar a vehículos a un costo mucho menor que los motores convencionales, pero que los intereses económicos internacionales no permiten que éste u otros inventos que podrían ayudar a la humanidad sean diseminados. En suma, si no hubiera oscuros intereses, el nivel tecnológico de la Humanidad sería mayor y la consecuencia más importante de ello sería que el futuro habría llegado ya. Pero los conspiradores lo han impedido para ser los únicos beneficiarios de las invenciones maravillosas que lo acompañan.

El futuro que no llegó

Visión retro de un aerovehículo futurista

Visión retro de un aerovehículo futurista

El futuro perfecto, soñado por las masas; aquel que supuestamente iba a estar apalancado por los grandes descubrimientos científicos del siglo veinte, desde la corriente alterna y la radio, hasta los rayos X, la energía atómica, y el transistor, no llegó. Algunos pensaron que los dirigibles serían los vehículos voladores del futuro y construyeron la Torre Eiffel y el Empire State con el propósito de que sirvieran en algún momento como aeropuertos para estos vehiculos. Otros celebraron la energía atómica, o los carros voladores o anfibios, que pasan del aire a la tierra y de ésta al agua en un extremo de versatilidad, semejantes a los vehículos que conducían los Supersónicos (The Jetsons), la famosa serie de Hanna Barbera. Pero éste no llegó y las ideas populares que lo anticipaban se quedaron como inspiración de ilustraciones ejemplares de Mecánica Popular. Esas ilustraciones divertían y animaban a millones de norteamericanos (a algunos europeos, y menos latinoamericanos) a trabajar enérgicamente para ser también ellos partícipes, aunque sea desde la cola, de ese fantástico futuro.

Blade Runner: Futuro a retazos

Imagen de Los Angeles en fotograma de Blade Runner

Imagen de Los Angeles en fotograma de Blade Runner

Esta película dirigida por Ridley Scott, basada en un libro escrito por el autor norteamericano Philip K Dick, Sueñan los androides con ovejas eléctricas (1968), se convirtió en paradigma de los tiempos posmodernos. Proponía la película una visión nueva del futuro. La energía atómica, la microelectrónica, la cibernética, la ingeniería genética, la robótica, no modificaban homogéneamente la sociedad; el progreso no llegaba como un modelo de sociedad que reemplazaba completamente la sociedad vieja; no habían desaparecido (todo lo contrario) las fábricas que contaminaban con humo la atmósfera. Sugería esta película que el progreso tecnológico no tiene porqué traer mejoras para todos en todos los aspectos de la vida. Quizás porque la superpoblación y la consecuente escasez impedía que hubiera recursos para todos. El resultado es que la pobreza era mayor en el futuro que en el presente y los contrastes eran también mayores. El futuro entonces podría configurarse como una fusión entre las promesas de un desarrollo super tecnológico que no alcanza aún para alimentar y darle riqueza mínima a la superpoblación, y la miseria y barbarie del pasado aún existen y conservan el mismo rostro inhumano.

Una buhonera de una calle de Los Ángeles, de Hong Kong, Tokio o Helsinki podrá quizás analizar con un microscopio electrónico portátil una escama sintética (como vemos en la película) y decirnos quién es su fabricante. O quizás como podría ocurrir en una novela del norteamericano-canadiense William Gibson (lanzado a la fama como escritor de ciencia ficción cuando publicó Neuromancer en 1984), una buhonera posmoderna podría ser la traficante o comerciante legal (según vayan las cosas) de cierta variante sintética y no adictiva, pero enteogénica, de la dimetiltriptamina (DMT)—aquella con la que el etnobotánico norteamericano Terence Makenna, versión en New Age de los beatniks de los años cincuenta, viajó en incontables ocasiones y una vez, al despertar, declaró que durante su sueño ángeles o dioses o extraterrestres le habían revelado los secretos del I Ching y su relación con la estructura fractal del tiempo. Quizás esa buhonera hipotética estará ahí para venderle, a quienes desean escaparse en un viaje místico pero no pueden llegar al Himalaya, una pastillita de ésas que les garantice algunos minutos de contemplación del mundo que se alza más allá de las puertas de la percepción.

El futuro a la Matrix
Es un escenario posible. Los humanos podríamos ser invitados, voluntaria o forzosamente, a vivir dormidos dentro de un mundo virtual e irreal que configure un nuevo nivel de ilusión, tal como lo proponen los hermanos Wachowski en la trilogía Matrix, uno diferente de éste—el que creemos real y al que la filosofía hindú denomina Maya—, ese futuro pudiera ser democrático y llegar para todos. Porque pudiera ser que la red global que constituye ese tejido que es la matriz decida que esa visión de mundo atenuado, buferizado, acolchonado y apastelado, sin rincones que muestren los aspectos negativos del mundo—todo aquello que se le ocultaba al joven Buda (la enfermedad, la muerte, la pobreza y la vejez)—es lo que necesita el hombre para extirpar del mundo la violencia y sus consecuencias, y ser feliz para siempre. Quizás viviríamos entonces en un mundo tipo Truman Show, en el que todos sonríen y están felices (o lo creen con total convicción) y no sólo parecen estarlo.

El futuro contemporáneo
La visión de este futuro ha sido secuestrada por la velocidad y la interconexión entre todo y todos mediada por internet, la globalización y los recurrentes viajes de los nómadas globales. Llega tan rápido que no nos da tiempo de soñarlo y menos aún de esperarlo sentados en el porche de la casa como si fuera a llegar con Godot. O no llega del todo, como es el caso de muchos países africanos, bastantes barrios de ciudades mexicanas tomadas por los narcos o la guerrilla, o algunos barrios de ciudades europeas (y no sólo en los Balcanes) en las que el conflicto étnico impide que incluso el invasivo y ubicuo presente y sus virales gadgets tecnológicos traigan algo bueno para sus habitantes. Extensas áreas de ciudades modernas plagadas de pobreza, enfermedades, hambre y hacinamiento nos recuerdan los peores tiempos de la Edad Media. Es difícil para sus habitantes soñar con el futuro en esos espacios urbanos. Porque cuando grupos de niños de un suburbio de escasos recursos salen de la escuela y se reúnen para jugar un videojuego de última generación, y asesinan en una sentada a cientos de turcos, árabes, croatas o rusos luego de acecharlos por laberintos virtuales, sólo viven el presente como si no estuvieran dentro de su drama cotidiano o no tuvieran que sufrir sus miserias.

Le es también difícil a los miembros más privilegiados de la sociedad contemporánea soñar el futuro. Rodeados como están por gadgets basados en tecnología de la información⎯que es como la espina dorsal del futuro junto con disciplinas como la robótica, la nanotecnología, la biología molecular, la ingeniería genética⎯tienen menos tiempo y capacidad para verlo con distancia. La ilusión de comunión secular con la humanidad global mediada por la Web 2.0, nos contagia a todos. Es como en el adagio sobre los árboles que impiden ver el bosque: la densidad de plantas del bosque, la oscuridad a la que llega la sombra producida por las frondosas copas no nos deja tomar distancia. La densidad creciente de las redes. Un tiempo presente que envejece más rápido y se convierte más rápido en futuro no da tiempo para ver venir este tiempo futuro. Y es por eso que los visionarios, los que quieren ver lo que viene con perspectiva parten hasta el fin del mundo para divisarlo.

Tecnología y optimismo

La tecnología, y con ella la ciencia, la invención, el cambio técnico, son una razón para mirar el futuro con optimismo. En el corto y mediano plazos, la forma que adquiera el futuro, dependerá de aspectos no directamente relacionados con ella como por ejemplo que logremos: una educación capaz de integrar valores de solidaridad, cooperación, responsabilidad con el ambiente y las generaciones futuras en los estudiantes; formas de gobierno nacional y global que produzcan justicia, equidad, libertad y justa distribución de recursos entre ciudadanos y entre naciones; formas de organización de la vida privada que le otorguen idénticos derechos a las parejas o familias; formas de organización y remuneración del trabajo y de la producción económica enriquecedoras, justas y que propicien el desarrollo intelectual, físico y moral; actividades, ocupaciones y entretenimientos para jóvenes, adultos o personas de mayor edad, retirados, que sean físicamente estimulantes, espiritualmente enriquecedoras y culturalmente enriquecedoras.

Cuando se trata del futuro muy lejano, la ciencia y la tecnología se convierten en el factor que más fuertemente determina la capacidad del hombre de sobrevivir en la Tierra durante siglos o milenios. Serán el nivel científico y tecnológico del hombre lo que le permitirá desarrollar tecnologías no contaminantes, reponer mediante clonación especies animales y vegetales extinguidas y reinsertarlas sin riesgos en sus antiguos ecosistemas, curar las enfermedades que ahora afectan a las poblaciones que tienen una mayor esperanza de vida. Quizás esta ciencia le permita hechos más extraordinarios al hombre: viajar al espacio exterior a la Vía Láctea y colonizar planetas lejanos; o viajar en el tiempo. Esa tecnología pudiera también hacer que el hombre viva para siempre. Futuristas como Raymond Kurzweil piensan que esto se logrará en menos de 100 años; para ello los hombres podrían desarrollar sofisticadas técnicas de reposición de órganos enfermos, dañados por un accidente o viejos, gracias al crecimiento de tejidos y órganos nuevos basados en células madre, o mediante el reemplazo de estos órganos por dispositivos artificiales o robóticos capaces de realizar las mismas funciones. Será también el nivel de ciencia y tecnología que alcance el hombre lo que, en un futuro más lejano, le permitirá: controlar el clima y los terremotos, desviar meteoritos cuyas trayectorias puedan hacer colisión con la Tierra, o crear un escudo protector sobre la Tierra que la proteja de las rarísimas pero letales explosiones de rayos gamma.

Tecnología e imaginación del futuro

Podemos imaginar el futuro, narrativamente, a partir de una escena. Imaginar robots inteligentes que nos sirven cocteles cosmopolitan en bandejas con ruedas que se desplazan hasta el borde de la piscina—donde leemos una novela de Tolstoi en papel electrónico—movidas por motores servocontrolados que se disparan de acuerdo con la subida o bajada del alcohol, o el azúcar y otros parámetros químicos y físicos de nuestro cuerpo, monitoreados en tiempo real por sensores insertados debajo de nuestra piel que están en contacto con nuestros vasos sanguíneos, o junto a órganos vitales, y envían la información telemétricamente a un computador que luego reenvía órdenes a nuestra ropa (que se hará más caliente o fría, más clara u oscura), a la casa, que apaga o prende luces, baja o levanta persianas, revisa y ajusta la lista de alimentos de la despensa, hace solicitudes de nuevas camisas o trajes al sastre, o agenda la cita del cardiólogo, el psicoanalista o el obstetra, o decide que, efectivamente, necesitamos otro cosmopolitan. Un mundo de artefactos inteligentes, propios algunos y públicos otros como los semáforos o las autopistas, que están a nuestro alrededor para servirnos. Un mundo en el que la tecnología nos hace la vida más llevadera y confortable.

El escritor Arthur C. Clarke

El escritor Arthur C. Clarke

Podemos también imaginar disruptiva y caóticamente, de qué modo puede el futuro cambiar dramática y radicalmente; dejar de ser una prolongación, o amplificación de nuestras comodidades más novedosas, nuestras limitaciones, nuestros lujos grandes y pequeños, para convertirse en lo que nunca habíamos imaginado. Lo que trato de decir quizás lo comunica mejor el escritor británico de ciencia ficción Arthur C. Clarke (2001: A Space Odyssey) con sus Tres Leyes de la Predicción, acaso inspiradas en innovaciones tecnológicas tan improbables como los videófonos, las laptops, el correo electrónico, o la clonación que aparecieron descritas y anticipadas en sus novelas de ciencia ficción: 1. Cuando un científico distinguido pero anciano declara que algo es posible, es casi seguro que esté en lo cierto. Cuando declara que algo es imposible, es muy probable que esté equivocado. 2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco dentro de la frontera de lo imposible, y 3. Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Una de las bondades de la más avanzada tecnología es su invisibilidad, su transparencia, lo silencioso que es, la posibilidad de estar allí para ayudarnos en nuestra vida diaria sin que la advirtamos. Deja de ser oscura y lucir complicada como los teléfonos de baquelita negra que se marcaban haciendo girar un pesado disco de números o los amplificadores de tubos amados por los audiófilos o aquellas barrocas máquina de linotipistas (como aquellas que fabricaba la Mergenthaler Linotype Company, o The Intertype Company) que parecían respirar y transpirar (recuerdo de niño cuando iba a la imprenta con mi padre y nunca dejó de impresionarme esta máquina) como elefantes mecánicos.

La máquina del linotipista (Intertype)

La máquina del linotipista (Intertype)

(Aquí quiero hacer una reflexión: Pienso que hay un aspecto romántico y hermoso en esos sudores tóxicos que emanan de las aleaciones de plomo y antimonio con que estaban hecho los tipos antiguos que usaba el linotipista. Esta idea de tecnología invisible me hace pensar tambien en la miniaturización (recurso para lograr la invisibilidad) como gran lineamiento del desarrollo tecnológico contemporáneo. Eso nos recuerda una y otra vez que lo que perdemos año a año es la holgura espacial, que cada segundo es más costoso el espacio, que será el lujo esencial, como ya lo es en Japón, donde los apartamentos amplios son un privilegio de pocos.)

En cambio, es esa tecnología leve y sutil, como la que vemos en el iPhone, que se puede controlar con toques de la pantalla con las yemas de los dedos, o con movimientos que agitan el aparato la que es modelo de esta tecnología mágica del futuro. En el futuro, es posible que seamos testigos de la aparición de tecnologías más orgánicas, bien sea por su escala microscópica, análogas a la fábrica responsable de la síntesis de proteínas en la mitocondria, o por su tamaño mínimo, como los nanomotores fabricados con nanotubos y delgadísimas láminas de oro, por el profesor Alex Zetti de la Universidad de California en Berkeley. Este tipo de tecnología que se mimetiza o que es invisible alojo humano por su pequeñez es la que se hace indistinguible de la magia por su semejanza con el entorno natural. Ese mundo de tecnología mágica e invisible, perfectamente adecuado a los ecosistemas naturales, donde lo artificial, que convive armoniosamente con lo natural, no está hecho de máquinas y piezas metálicas sino de macromoléculas, tejidos y dispositivos nanotecnológicos basados en sistemas de computación cuántica (en junio de 2009, la revista Nature publicó que investigadores de la Universidad de Yale crearon un primer procesador cuántico de estado sólido, aún rudimentario, capaz de correr algoritmos elementales) que se espera confieran sustanciales ventajas en eficiencia sobre los computadores convencionales implica una visión dramáticamente diferente de lo que vivimos en el presente.

Supertecnología

Esfera de Dyson concebida por Escher

Esfera de Dyson concebida por Escher

Una visión radical del control sobre el entorno al que puede aspirar la especie humana, o cualquier otra especie inteligente en el Universo, gracias al dominio de una tecnología cada vez más avanzada y poderosa, fue propuesta por el astrofísico ruso Nikolai Kardashev nacido en Moscú en 1932. En 1963, Kardashev propuso un método para medir el grado de evolución tecnológica de una civilización (Escala de Kardashev) cuyas categorías, Tipo 1, Tipo 2 y Tipo 3, se basan en la cantidad de energía utilizable que una civilización tiene a su disposición y que se incrementa de modo exponencial a lo largo de la escala. Una civilización Tipo 1, sería capaz de aprovechar la totalidad de la energía disponible en un planeta. Ello le permitiría controlar: el clima, los terremotos, los volcanes, el campo magnético de la Tierra y la cantidad de rayos cósmicos que llegan a su superficie, entre otras cosas. La especie humana aún está lejos de alcanzar este nivel. Carl Sagan calculó mediante una fórmula que desarrolló que le permitía interpolar valores, que nos encontrábamos en aproximadamente 0,7 por debajo del 1, que es el primer nivel de la escala. Una civilización Tipo 2, lograría el control de la energía de un grupo de estrellas. Esto implica el control de un nivel de energía cuyo orden de magnitud es aproximadamente 10 mil millones de veces mayor que el que controla la civilización Tipo 1. Finalmente, una civilización Tipo 3, controlaría la energía de la totalidad de una galaxia. Aun cuando a la humanidad le cuesta en la actualidad soñar las tecnologías que podrían llevarla a estos niveles superiores de control de su medio ambiente, algunos futuristas y científicos, han imaginado dispositivos que entran en el campo de la hipertecnología.

La esfera de Dyson

Detalle de una esfera de Dyson en Star Wars

Detalle de una esfera de Dyson en Star Wars

Es un instrumento tecnológico fantástico. Fue concebido por Freeman Dyson, físico teórico y matemático británico-americano nacido en 1923 en Berkshire, Reino Unido. Se trata de una gigantesca estructura artificial que tendría el propósito de interceptar vastas cantidades de energía solar. Dyson calculó que la humanidad llegará a una crisis energética global (malthusiana) dentro de dos o tres mil años. Para superar esa crisis deberá incrementar el porcentaje de energía solar que aprovecha (actualmente capta y transforma menos de una mil millonésima parte de la energía del Sol). Este dispositivo podría ser imaginado como una suerte de concha esférica de dos a tres metros de espesor, centrada en el Sol y rotando a su alrededor, a una distancia que lo recubra totalmente. La esfera poseería un mecanismo capaz de transformar en calor una proporción de la energía solar que atrape para calentar la Tierra. Dyson propuso que para construir tal esfera se podría explorar la posibilidad de desagregar el planeta Júpiter, y utilizar los metales y minerales que éste contiene.

El árbol de Dyson

un arbol de dyson

Dyson ha concebido un árbol desarrollado con ayuda de ingeniería genética avanzada que sea capaz de crecer sobre un cometa. Con manipulación tecnológica sería posible crear espacios huecos en los cometas que se llenaran con una atmósfera que permita respirar. Estos espacios se recubrirían con un material sintético que garantice el aislamiento térmico de la celda con humanos dentro del cometa. La capa aislante debería tener ventanas que dejen pasar la luz de un Sol lejano para que sea posible la fotosíntesis y devuelvan oxígeno al ecosistema. Sería como vivir dentro de un enorme invernadero cuyo interior se lograría iluminar mediante la adaptación de un sistema de lentes externas que dirigirían la luz del Sol hacia adentro.

Lo que no es tecnología

Aún si la Humanidad logra un nivel tecnológico fantástico que evita que desaparezca por una amenaza sideral, las pasiones, y las conductas irracionales que éstas suelen producir (que son fuente a la vez de lo más luminoso y lo más oscuro en el hombre) no se deberían extirpar y por tanto deberán encontrarse modos de manejar social e individualmente los problemas que crean. Si en cambio se extirpa la pasión creyendo que de este modo se expulsa de la sociedad la semilla de la tragedia (la hybris griega) la sociedad plácida y feliz que se fabricara carecería seguramente de ese aspecto que hace a la vida rutilante, vibrante, dinámica, emocionante. La pasión es necesaria incluso para perseguir el conocimiento. El hombre deberá convivir con la responsabilidad y el riesgo de decidir acertada o incorrectamente, y asumir las consecuencias de ello cada minuto de su futuro.

No se puede concebir una sociedad que no le ofrezca al ser humano espacios para la aventura y el riesgo, oportunidades para soñar, imaginar, crear y explorar mundos desconocidos interiores o exteriores, en los confines de nuestra galaxia o de sus sueños más salvajes. Una sociedad sin sentido de la aventura y el riesgo pudiera hacer proliferar masas de seres depresivos o de suicidas, como en algunas de las ex naciones soviéticas, Japón o Corea del Sur, donde las tasas de suicidio son tan altas o mayores que las de las naciones escandinavas, antes famosas por liderar la lista con este problema.

Sólo sobre un matrimonio feliz entre la tecnología y la imaginación de una sociedad justa, libre, y pacífica con espacios para la aventura y el riesgo, y oportunidades para que se expresen y liberen las pasiones, se puede fundar un sueño de vida mil milenaria sobre la Tierra, que produzca felicidad a seres humanos, quizás diseminados, como lo imagina George Lucas, director y guionista de la serie Star Wars, en los miles de planetas de un Imperio Galáctico.

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Stiegg Larsson, una lectura

Publicado por Lorenzo Davalos en Julio 23, 2009

Navegando por el torrrente moral de la Trilogía Millenium

Terminé de leer el famoso primer volumen de la Trilogía Millenium, titulado en español, Los hombres que no amaban a las mujeres, escrita por el fallecido autor sueco Stiegg Larsson (1954-2004) quien, luego de la publicación de los tres volúmenes de la serie y la venta de más de 10 millones de ejemplares ha adquirido una impresionante celebridad póstuma. La novela, con más de 650 páginas, en una trama muy bien armada, integra dos novelas: una policial y otra que emula el estilo de la crónica periodística. Veamos la trama.

Treinta y seis años antes de que ocurran los hechos de la novela, ha desaparecido Harriet Vanger, quien era casi una hija de Henrik Vanger, suerte de patriarca-jefe de una poderosa familia sueca que hasta hace poco tiempo dirigió el conglomerado de empresas industriales del Grupo Vanger, muy venido a menos aunque aún poderoso en el presente, cuando sucede la novela. Una compleja cadena de coincidencias lleva al anciano Henrik a pensar que el candidato idóneo para investigar lo que luce como un obvio cold case, cómo desapareció Harriet, es Mikael Blomqvist, periodista, fundador y editor—ahora en serios problemas por culpa de uno de sus reportajes sobre otro poderoso empresario—de la revista Millenium. Lo acompañará en esta investigación un personaje peculiar, Lisbeth Salander. Una chica con una extraordinaria capacidad para investigar cualquier caso, especialmente cuando puede recurrir a sus notables habilidades informáticas. Pero Lisbeth es peculiar. Unos dirían que ella carece en lo absoluto de inteligencia emocional y que sus tatuajes y numerosos piercings delatan su inadecuación social; otros que la vida le ha enseñado a Lisbeth a comportarse del modo más eficaz para evitar la violencia y la crueldad que han ejercido (o tratado de ejercer con serias consecuencias) muchos de los que han estado cerca de ella. A lo largo de la investigación, Lisbeth—que en la edición sajona es llamada The Girl With the Dragon Tattoo—y Mikael construyen una pareja muy peculiar en la que el lector avezado puede apreciar cómo sale a flote y florecen gradualmente la dulzura y el amor de lo que parecía en un principio un frasco de ácida amargura. La meticulosa narración de la investigación policial (que al comienzo parece una tarea condenada al fracaso, puesto que implica encontrar algo o alguien que nadie ha encontrado en 36 años de investigación y reflexión) sigue muy de cerca los códigos, reglas y estilo de la novela policial. Con un lujo de detalles que puede abrumar al lector más atento, el autor conduce al lector por el laberinto de personajes de la familia, sus perfiles, sus relaciones con la desaparecida, y sus posibles motivos. Sin embargo, sin duda lo más impresionante de la novela-que reside en el centro de la investigación-es la reconstrucción minuto a minuto, centímetro a centímetro, mirada desde cada ángulo posible, que acomete Mikael, de la complejísima escena de desastre, ocasionada por un accidente que tuvo lugar simultáneamente con la desaparición de Harriet Vanger.El momento cumbre de esa investigación, el instante de la epifanía cuando algo nuevo comienza a aparecer, nace de un análisis realizado con una lógica impecable, de una serie de fotos hechas ese día. Ese análisis recuerda en algo la película Blow-Up, de Antonioni, en la que Thomas el fotógrafo descubre un crimen mediante la sucesiva ampliación de una foto; o también la escena de Blade Runner en la que Rick Deckard amplía una foto hasta descubrir un rastro: una escama de piel sintética de serpiente. En todas, es una capacidad especial para mirar imágenes lo que conduce a un descubrimiento. Luego de esa epifanía, todo se encadenará lógicamente hasta un final inesperado.

Hacia el final de la novela, cuando la historia policial llega a un desenlace, el lector se encuentra con que aún le falta “escuchar” la otra historia, relacionada con un caso de corrupción de un empresario que ha ganado un juicio contra el protagonista. Siento que esa segunda historia le roba energía y aliento al final de la historia policial. La novela exige entonces que el lector emprenda una segunda aventura, esta vez dentro de una narración contada con otros códigos, reglas, estructura, que recuerdan más bien al formato periodístico; como cuando se lee a un buen periodista de investigación narrar un caso real. Pero sabemos que todo es ficción, lo es la historia policial y lo es el caso periodístico. Y sin embargo, ese estilo de ficción documental es distinto en su propósito de In Cold Blood de Capote, donde la ficción le cede el paso al documento para reconstruir la realidad objetiva. En este caso, el caso periodístico es ficción y el estilo documental solo sirve comi un recurso para construir la verosimilitud. Es razonable que esto ocurra, por otor lado dado que el autor era un periodista y fotógrafo de izquierda que investigaba la actividad de grupos de extrema derecha, racistas y totalitarios y que llegó a convertirse en editor de la revista sueca antiracista Expo.

La novela muestra un empeño en ser vehículo de un mensaje, cuyo contenido no cuestiono. Lo que pasa es que al hacerlo, la novela toma una posición política y moral definida, con lo que convierte a los personajes en voces o escritores de ese mensaje o, por el contrario, en perpetradores de todo aquello que se denuncia. Todo esto, a la vez, configura a la novela como un espacio en el que se libra una batalla entre los buenos y los malos. Esto le hace perder riqueza dramática y sorpresa a los personajes quienes se hacen predecibles. Los personajes buenos defienden la moraleja del libro con hechos o palabras; y los malos son los victimarios que perpetran abierta o secretamente todo aquello que el libro denuncia como actos criminales o moralmente censurables. Por otro lado, si el grado de detalle hiperrealista con que el autor describe la escena del crimen es bueno para el estilo policial, uno echa de menos la ausencia de la tajante eficiencia descriptiva presente en los mejores cuentos de Dashiell Hammet; de ese dominio de las metáforas o esa capacidad para mostrar las contradicciones y complejidad moral que uno apreciaba en los personajes de las novelas de Raymond Chandler; o quizás la sorprendente erudición de Fray Guillermo de Baskerville en El Nombre de la Rosa (personaje calcado de Sherlock Holmes, cuya lógica retroductiva aplicada a la investigación criminal fue estudiada a fondo por Umberto Eco); o, en un plano muy distinto, el cinismo y sangre fría de Tom Ripley en El Amigo Americano, de Patricia Highsmith, en donde más de uno se preguntaría dónde está oculta la moraleja de esa historia, o dónde el sitio en el que el lector se puede colocar sin dudar de que está (cómodamente) parado en el lado correcto de la ética.

Es precisamente esa ilusión la que quiere transmitir esta novela, en donde lo policial al final se convierte en el instrumento de un discurso ético, que le es útil al lector para decidir dónde pararse, a quién juzgar, qué hacer. Creo que ésa es una tarea que debe asumir cada uno individualmente y uno como lector no debiera esperar eso de una historia, sea de buena literatura o sólo una historia para entretenernos. Sólo así podremos soñar con tener un juicio moral desarrollado. Por tanto, aun cuando como individuo esté absolutamente convencido de que debemos pararnos (no obstante las dudas que tengamos) de un modo radical a resistir y luchar contra el discurso de la crueldad y de la violencia, venga de donde venga (y más si proviene desde el Poder), en todos los casos; como lector, no quiero que me indiquen qué posición política o moral tomar. No debiera leerse ficción para que el autor nos diga dónde hay un puesto cómodo desde el cual podemos juzgar la violencia y violaciones morales que se cometen a nuestro alrededor.

Lo otro que se echa de menos en esta novela son las metáforas y la metonimia al servicio de frases poéticas, la ambigüedad y la inexactitud utilizadas como recursos para crear (o dejar) los espacios que invitan a la cooperación del lector, las contradicciones morales y dudas que pueden nacer en los personajes, la síntesis y la eficiencia. Todo ello ha sido disminuido por la invasión expansiva del estilo documental, que matiza la obra con una prosa exacta pero no eficiente, abrumadora en los detalles hasta el milímetro, no carente de cierto humor, pero desencantada, que sustituye al tropo por la información, el dato y los gigabytes, y que se saborea con más jarras de café que copas de vino, con mucho humo de cigarrillos, y con la concentración necesaria para recordar (como si se tratara de buscar a Wally en uno de esos dibujos típicos) y reproducir en la memoria ese fresco, retratado con lujo prodigioso de detalles y personajes, que es la escena en la que desaparece Harriet Vanger.

Nunca me ha molestado el fenómeno Harry Potter, ni las decenas de millones de libros vendidos. Me parece cuestionable en cambio que se piense que esta novela es un ejemplo de la mejor literatura, y que algunos la cataloguen como una de las mejores novelas de la década o del siglo (“La mejor novela que he leído en 30 años dijo uno en un blog sobre el autor”. Creo que cuando eso comienza a ocurrir, es porque los lectores encuentran otras cosas además de la fantasía y la imaginación en la ficción.

Mi impresión final es que esta novela es mejor como policial que como documental ficcionalizado. Que ganaba muchos puntos si hubiese sido más corta. Que los personajes son simpáticos y originales, aun cuando lucen más bien como sacados del comic que de la vida real. Ahora bien, si leemos la novela como un comic, como una película de Quentin Tarantino, está bien. Por último, aun cuando todo se complica si creemos que la vida funciona como en esta novela, a veces, en algunos países, durante ciertos momentos históricos, la vida hace todo lo posible por parecerse a una de estas historias, a un comic muy oscuro, o a una gesta épica retro, con personajes radicalmente malvados (archivillanos) que uno anhela, delirantemente, que sean enfrentados y derrotados, por personajes absolutamente puros, inmaculados, vestidos con túnicas blancas y nada más.

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