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blog de Lorenzo Dávalos

Arte contemporáneo

Publicado por Lorenzo Davalos en Noviembre 24, 2009

Un proyecto de legitimación de la belleza

Eugenio Espinoza, Situs inversus (2009), pintura sobre pared y materiales diversos; medidas variables

Pienso que hoy en día el arte contemporáneo tiene entre sus objetivos trascender la estética. Provocar en el espectador un reflexión que lo haga pensar la realidad (y sus categorías de espacio y tiempo, de luz y color, de sombra y oscuridad), y contrastarla con la realidad que crea el artista. Para que decida cuánto se parecen la una a la otra; cuán ilusorias son la una y la otra. En qué medida es posible cambiar la una y la otra. Pero el artista hace todo esto desde una posición de igualdad jerárquica con el espectador. Aspira a que se le reconozca un mérito de artesano, de homo faber. Nos recuerda en esto a Heidegger, que aspiraba a que se reconociera a la filosofía y al pensar como un oficio de mano y artesanía (me gusta la palabra craftsmanship).

El artista lleva a cabo este oficio con una actitud particular. Lo lúdico, lo irónico, lo extravagante y lo irreverente, lo cáustico y lo cómico están extensamente presentes en el arte contemporáneo porque todos ellos son recursos de la lengua para luchar contra el Poder, que es graveda dy rigidez, pero también que es: concéntrico, hegemónico, omnímodo, compacto, macizo, e incluso difuso e invisible pero que sin embargo lo sentimos como un peso en nuestro pecho o garganta y constriñe nuestras ideas y actos. Todos esos modos discursivos introducen de distintas maneras esa levedad a la que se refería Italo Calvino en su obra póstumaSeis propuestas sobre el próximo Milenio), la cual subvierte y debilita, y termina por hacer que se desmorone el Poder.

La obra de arte del artista contemporáneo aspira a estimular algo más que la vista. Quiere antes que nada, con esa insistencia en el concepto, masajear las neuronas, estimular para hacer proliferar, las conexiones sinápticas, propiciar las reacciones de aha!, cierto!, que hacen caer en cuenta de lo que verdaderamente está pasando alrededor nuestro. Pero no quiere quedarse ahí. En eso es diferente de la filosofía, que está dirigida al cerebro. Por eso afirmo que tiene una pretensión de estímulo multisensorial. Trataré de explicarme qué quiero decir con esto trayendo a colación la charla que tuve oportunidad de escuchar en Caracas del británico Heston Blumenthal (chef ejecutivo y propietario del legendario Fat Duck, restaurant galardonado con tres estrellas Michelin) uno de los tres mejores chefs del mundo, cuando vino hace unas semanas invitado por el Salón Internacional de Gastronomía. Blumenthal repitió una y otra vez durante esa charla que aspiraba a convertir la gastronomía en una experiencia multisensorial. Entonces pensé que él era un artista. No un artista de la cocina, sino más bien un ejemplo de lo que es ser un protagonista del desarrollo explosivo del arte contemporáneo. Porque eso de llevar arena de Los Roques, espolvorearla en el plato como si fuese un lecho, y adaptar un ipod con sus auriculares dentro de un botuto para que el comensal se los ponga y reproduzca en el aparato una grabación del sonido de las olas del mar, mientras toca la arena con las yemas de sus dedos, es arte puro. Esto lo hace Blumenthal porque según investigaciones realizadas por Charles Spence, un amigo suyo investigador de la Universidad de Oxford, este sonido estimula la recepción de lo salado y por tanto las ostras y otros mariscos saben más saladas y tienen un sabor más fuerte. Blumenthal se confesó kinestésico (puede anticipar o conocer el color de una nota musical). Pero aún comensales no kinestésicos pueden disfrutar de un modo distinto una cena de este tipo; y un espectador no kinestésico una obra de arte contemporáneo que lo estimule multisensorialmente.

Cabe también pensar que el proyecto del arte contemporáneo es, no tanto trascender la estética, como reconciliar la belleza con el mundo actual. El mundo se ha hecho tan complejo y se ha llenado de tantos problemas que la belleza, su existencia, posesión (alguien que es bello), e incluso su percepción han llegado a ser considerados como reprobables, censurables, e incluso banales por muchos de los que sienten que son y actúan de manera responsable para con este mundo. Es así que una mujer, hombre, paisaje o cosa que sean percibidos como bellos pueden ser calificados también, como simples, superficiales, poco interesantes o banales. La banalización se convierte así en uno de los múltiples recursos a los que recurren quienes quedan perplejos ante la inmensidad creciente de problemas interconectados entre sí, que han invadido el mundo y lo difícil que parece a veces resolverlos todos.

De un modo análogo a como en su ateísmo razonado, el escéptico Ivan Karamazov le rogaba a un hipotético Dios quedarse en este mundo (o que lo hiciese volver tanas veces como fuese necesario) hasta que se hubiese salvado el último pecador, muchas de las almas más sensibles, expuestas a tanta miseria y crueldad humana y natural, por pura solidaridad y responsabilidad humana, estarían dispuestos a cerrar sus ojos al disfrute de la belleza mientras haya cosas horribles que mirar (niños abandonados o maltratados, mujeres violentadas, asesinatos, genocidios). Como si la belleza (por captar nuestra atención) pudiese ser distractora de pensar y sentir compasión por la miseria humana.

Pero la belleza está ahí (cerremos o no los ojos) del mismo modo que está la fealdad física, moral, espiritual. Y el arte ayuda a atenuar ese contraste radical entre, por ejemplo, la belleza pura de los ojos de un intenso azul-verdoso-con celajes amarillos de Sharbat Gula (la niña afgana sobre la que hablé en un post anterior) y el hambre, desolación y muerte que rodeaban al campo de refugiados afganos donde se encontraba aquella niña fotografiaba por Steve McCurry. La belleza, a todo aquel que la percibe (y dado que habita un mundo difícil como el actual), es compasión pura del Universo que le regala su sistema sensorial y perceptivo al que la contempla. Pero no es reconciliación con el mundo. Su percepción puede crearnos conflictos y, quizás, hasta culpas.

La sensibilidad a la belleza no es exclusiva de los santos, los seres humanos moralmente superiores, o los sabios; la pueden tener y demostrar los peores criminales, seres a los que les es indiferente la miseria, o capaces de perpetrar los peores actos de crueldad para con sus semejantes. Aquel personaje de las novelas de Thomas Harris, Hannibal Lecter, un canibal asesino capaz de comerse el hígado de su víctima sin que se le altere el pulso, se conmueve ante la belleza naive de la agente del FBI Clarice Starling ( Jodie Foster) o ante obras de arte renacentistas. Puede entonces coexistir la belleza con la violencia, la injusticia, la depravación, el sufrimiento o la miseria que hay en el mundo actual. Se sabe que grandes jerarcas de la SS lloraban al escuchar una ópera de Wagner o alguna sonata de Beethoven.

El arte contemporáneo problematiza esto. No censura ni banaliza la belleza sino que señala su relación con el Mal, o con el Bien, con la libertad o con el Poder; y al hacerlo separa la belleza que es un objeto, de la calidad moral del sujeto que la recibe o persigue. Y de este modo, libera de culpa a la belleza. La redime o al menos eso es lo que se puede interpretar como su proyecto. Diríase que ha asumido la difícil tarea de reconciliar la belleza con el mundo, y lograr de este modo una legitimación de la belleza. Mostrarnos que lo bello, por ser o existir, no tiene que pedirnos disculpas.

(Inspiran o motivan el presente texto conversaciones recientes con varios artistas y una reflexión sobre sus trabajos y los de otros artistas venezolanos)

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La cuadrícula como metáfora de la razón

Publicado por Lorenzo Davalos en Noviembre 19, 2009

A propósito del Impenetrable de Eugenio Espinoza

Peón haciendo dibujo en perspectiva de una mujer, Durero, 1525

Desde tiempos remotos el hombre ha acudido a formas geométricas regulares para buscar protección o conjurar poderes. Magos, chamanes o sacerdotes esperaban que círculos mágicos o pentágonos, trazados por medio de rituales sobre la tierra, alrededor de sus cuerpos y objetos de ceremonia, fueran eficaces para definir los límites del espacio sagrado o proteger contra las malas influencias de demonios y otros habitantes del mundo invisible. Por oposición, en lo que concierne al espacio secular, aquel dentro del cual el hombre realizaba su vida cotidiana, el cuadrado, integrado en un damero que se extiende a lo largo y ancho del espacio, parece haber sido un recurso común a una diversidad de culturas como instrumento para generar orientación en el espacio y crear orden. Como si las hileras horizontales y verticales de cuadrados, que multiplican los ángulos rectos, no sólo orientaran señalando los puntos cardinales, sino protegieran contra los demonios, los monstruos, y el inconciente. Como si el cuadrado fuera una condensación de la razón y la lógica capaz de defender al hombre contra los demonios de la oscuridad y el inconciente. Como si ese trtazado en damero fuera una antigua metáfora de la razón. Evidencia arqueológica ha mostrado que hacia el año 2600 a.C., ciudades del valle del Indo como Mohenjo-daro y Harappa fueron edificadas de acuerdo con planos de retículas ortogonales; lo mismo ocurrió en la Grecia Clásica, donde se le atribuye a Hipodamo de Mileto (n. 500 a.C.), el uso de planos en forma de dameros para edificar las ciudades. De Grecia, el plano reticular pasó a Roma y de ahí a España, que lo exportó y diseminó por toda Hispanoamérica durante la Colonia. Más de cuatro mil años de historia que muestran cómo cada vez que el hombre funda ese espacio secular que es la ciudad, en cuyos espacios públicos va a interactuar con otros hombres, recurre a la cuadrícula. Pero así como el hombre ha buscado defenderse de las sinuosidades y meandros del espacio que habita, porque quizás le recuerdan demasiado los pasiones y demonios de su inconciente, también los artistas aprenden a dominar esos racimos de curvas al crear sus obras de arte. Las mandalas, yantras y afines orientan las metamorfosis del inconciente. La Cuadrícula en cambio, lo constriñe. Se asemeja en su función a una jaula de acero del inconciente (lo que nos remite por asociación a aquella jaula de Hierro sugerida por Max Weber en su Ética protestante y el espíritu del capitalismo).

No es raro que se la atribuya a un artista meticuloso y detallista como Alberto Durero (1471-1528), geómetra de la plástica obsesionado por las proporciones de la figura humana (su obra póstuma, Cuatro libros sobre las proporciones humanas, publicada en 1507, lo sugiere), la invención de este dispositivo para representar la realidad en una superficie bidimensional. Esta presunción se basa en que en un grabado de 1525, Peón haciendo un dibujo en perspectiva de una mujer, Durero muestra a un hombre que dibuja a una mujer a la que mira a través de un bastidor que está cruzado por hilos horizontales y verticales que conforman un área cuadriculada. Una cuadrícula similar es también dibujada sobre el papel o superficie en donde se quiere dibujar. Esta cuadrícula de Durero ayuda a representar sobre un plano escenas u objetos tridimensionales gracias a que permite dividir la imagen que se quiere dibujar en segmentos o fragmentos, que pueden ser percibidos tal cual son, con menor carga asociativa, y por tanto con mayor simpleza, que si se los mirase directamente.

La cuadrícula fue luego utilizada por León Battista Alberti, Leonardo Da Vinci y otros artistas del Renacimiento y desde ellos, se podría reconstruir todo un linaje de los artistas que la han utilizado que cerraría con Malevich, Mondrian o el mismo Espinoza. Esta idea de que la cuadrícula es un elemento que permite crear orientación, razón y lógica en el espacio se fortalece cuando René Descartes inventa el sistema de ejes cartesianos—otra metáfora del damero o el cuadrado iterado—en donde líneas verticales y horizontales ortogonales entre sí dividen en cuatro áreas el plano o en ocho el espacio. Y así, cada punto en este espacio plano o tridimensional pueden expresarse mediante combinaciones de cifras que equivalen a distancias al origen de la proyección perpendicular sobre los ejes cartesianos. No es por tanto descabellado postular que el damero, la retícula urbana, la cuadrícula y los ejes cartesianos son metáforas de la razón, murallas defensivas que ha erigido el hombre contra las amenazas del caos, la oscuridad, los demonios y los habitantes de su inconciente; instrumentos para ayudar a la vista a percibir y representar de un modo objetivo la realidad. Filtros protectores contra las influencias de las formas retorcidas, sinuosas, meándricas, que en la mitología los hombres han llamado: ondinas, nereidas, ninfas, náyades o potámidas, pero que sabemos que son tan sólo seres y formas que surgen de nuestros temores y terrores, nuestros recuerdos difuminados, nuestros deseos y esperanzas, cuando contemplativos miramos absortos con ojos envueltos por el ensueño la superficie del agua, las nubes, el aire transparente, o las formas fugaces de la lumbre.

Pero al final, el hombre contemporáneo, que ha olvidado la tradición, así como los espacios delimitados por figuras curvas o de ángulos no rectos, han terminado por confundir la representación con la realidad. Los filósofos de la Ilustración, y sus herederos durante los siglos siguientes, trataron de forzar la realidad (de muchos modos) para que se adaptara a ese molde de ejes cartesianos. Miraban la realidad a través de la cuadrícula creyendo que ésta era una lente neutra que no introducía distorsión alguna en lo que el artista o el espectador veían. Como si mirar a través de la cuadrícula fuera igual a mirar el mundo a través de un cristal perfectamente transparente, de superficie plana y regular.

Un tablero de ajedrez, otra variante de la cuadrícula

Hay también una metáfora lúdica de la cuadrícula que es poderosamente sugerente. Se trata del tablero de 64 celdas cuadradas sobre el que dos jugadores se enfrentan en ese juego de lógica, inteligencia y estrategia en el que uno de los dos perderá a su Rey. Podría uno atribuirle al inventor indio del juego del ajedrez, no sólo el deseo de regalarle a un monarca melancólico qu eno hallaba alegría en ninguna otra ocupación, un modo de representación de un campo de batalla idealizado en el que le fuera posible imaginar millones de modos de contienda con el enemigo, sino también el deseo utópico de que las batallas (y por extensión) todo tipo de contienda agonista (más no antagonista) se libren en terrenos ordenados, en los que los contendores están sujetos a reglas éticas y de conducta, que modulan la acción, a semejanza de las piezas del ajedrez.

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Eugenio Espinoza

Publicado por Lorenzo Davalos en Noviembre 19, 2009

Conversación con Eugenio Espinoza
Viaje a los límites de la representación

Eugenio Espinoza; Sin título (1971-2007); acrílico sobre tela, 30.5 por 31 cm

Eugenio Espinoza parece conversar desde un punto del espacio que se encontrara más allá de donde realmente se encuentra. Es como si su mirada, de ojos oscuros y fijos, y su voz grave, que cuenta su vida haciendo ocasionales giros narrativos, dibujaran estilizadamente para el interlocutor la imagen de un sadhu que luego de años de practicar alguna rigurosa y complicada rutina de ejercicios respiratorios y espirituales, ha logrado que una parte de él se haya hecho más leve; como si se hubiera desmaterializado un poco con cada expiración.

Iniciamos la conversación en la Sala Mendoza, caminando lentamente frente a las obras de la exposición curada por Ruth Auerbach, titulada Aluminados y Sostenidos1, que constituye la primera muestra individual de Espinoza en este espacio. Caminamos y miramos sus enigmáticas obras, algunas de ellas, las de esta sala, pintadas directamente sobre la pared. Eugenio se ha pasado dos noches enclaustrado, durmiendo aquí, escuchando las paredes—usa esas palabras precisamente—a ver qué le decían, qué obras pintaba. No había llevado un plan previo, sólo su sensibilidad y su ritual para conjurar a su musa. De primeras estas obras parecen telas apoyadas sobre la pared, sostenidas precariamente por diversos soportes: pies de amigo, taburetes, sillas. Como si hubiesen sido colocadas a propósito en equilibrios precarios e inestables. Pero no lo son.

Eugenio confiesa su intención de hacer que se detenga y retenga, como enredada dentro de una red, la mirada del espectador en cada una de esas obras. Las explica brevemente y hace un comentario sobre la necesidad del artista de hacer obras que seduzcan al espectador.

“La pintura negra detrás de estos cuadros, oculta por la capa de color, pone un acento: hace los colores en estos cuadros menos planos, y capta por más tiempo la atención del espectador de manera que éste entre en un diálogo visual. Pero además quiero hacer este naranja o este amarillo más expresivos, más maduros. También pudieran haber sido colores planos, pero sabemos lo que es un color plano. En estos cuadros hay un lenguaje de pintura, una tradición de pintura; y quiero que todo eso se sienta, se vea y salga a relucir. Tengo disciplina de tutor. Cuando hago una instalación no me gusta quedarme sólo con los objetos puestos en la pared o el piso. Trato de que eso también tenga un lenguaje pictórico.”

Seguimos conversando un rato más sobre esos cuadros que Eugenio dice que continúan su trabajo con el espacio.

“En el fondo, busco pintar el espacio en el que uno se mueve; mi pintura tiene mucho que ver con el espacio. Pero no es tan intelectual. Fíjate en este borde, el cuadro termina allí porque la pared termina allí. Hay un asunto de trabajo del espacio físico. Pinto el espacio, pinto lo mínimo que podría pintar allí. No hay representatividad; represento el espacio mismo.”

Luego nuestra conversación toca otros temas que le interesan y cuya presencia señala en estas obras: el equilibrio, el balance, los puntos de apoyo y, como eje transversal, el diálogo profundo que busca construir Eugenio con el espectador. Diríase que toda su obra se ha desarrollado sobre una larga aspiración al diálogo con el espectador. El espacio es el lugar donde ocurre (alrededor del cual ocurre) ese diálogo. Finalmente, concluimos con una breve conversación sobre ese carácter efímero e intangible de estas obras pintadas sobre la pared. Son procesos, explica Eugenio, más que obras (o productos). Pero sobretodo son conceptos pienso. Pueden ser compradas por un coleccionista como quien compra elplano de una casa que hace un arquitecto. Y lo mejor, es que se sostienen. Esos pies de amigo sostienen estas obras de modo que ningún crítico pudiera alegar que son un arte insostenible-dice Eugenio.

(Bien, pienso, arte sostenible y sostenido para un mundo que necesita pensar en el futuro y en la sostenibilidad para que la biosfera no se afecte de modo irreversible. Esta es sólo una disgresión ambiental de estas obras sostenidas y sostenibles.)

Eugenio Espinoza, Kissing the fall (2009); Pintura sobre pared y materiales diversos; medidas variables

El Impenetrable

Continuamos al día siguiente la conversación del día anterior en la Galería Durbán, en Las Mercedes, luego de un desayuno que celebra el cumpleaños de Milton Becerra. Quiero conocer su obra anterior. Le pido que me cuente el comienzo de su historia con el Arte y cuándo nace su idea de explorar la naturaleza del espacio.

Nacido en San Juan de Los Morros en 1950, Eugenio llegó a Caracas a los 18 años después de terminar el bachillerato. Se inscribió para estudiar Artes Plásticas en la Escuela Cristóbal Rojas. Entorna los ojos y recuerda que no tenía mucha fe en que esos cursos lo convirtieran en el artista que quería ser.

“La escuela fue un proceso principal, aun cuando no pasó nada interesante de narrar.”

Eugenio cree que hay algo que tienen los artistas que no se puede adquirir en la escuela. Pone el ejemplo de Jean Michel Basquiat, artista de madre puertoriqueña y padre haitiano nacido en 1960 en Brooklyn, New York. Para Eugenio, Basquiat es un artista que confirma su tesis de que el Arte no se aprende en las escuelas. El profundo impacto que tuvo este artista, que murió tan precozmente (en 1988, a los 27 años) obedece a una multiplicidad de factores. Es posible que sus raíces multiculturales lo hicieran más sensible que otros a la detección de los conflictos culturales en la calle y sociedad neoyorquina de su época. Pero es tambien posible que la calle de una metrópolis como New York le confiera a quienes hacen de ella su hogar y fuente de inspiración, cierta capacidad especial para combinar, mestizar y fusionar discursos: influencias, fragmentos de múltiples culturas, recuerdos de sus incómodos procesos de adaptación social, programas de televisión (que escuchaba mientras pintaba), y ensamblar todo ello como si fueran objets trouvés en una obra de arte. Finalmente, es posible que Basquiat demostrara esa capacidad única de expresar las contradicciones de su realidad social en su Arte debido a que era él, Basquiat, un genio. Eugenio admira esa clase de talentos y nos recuerda que: ““El Arte requiere estudio y disciplina, pero todo eso debe estar también apoyado por una línea intensa, una visión intensa, una alegría intensa.”

Admira también Eugenio esa capacidad del artista para inventar, lo cual es una habilidad que éste tiene en común con algunos científicos. El uno y el otro inventan.

“El Arte es invención también. Igual que un científico, los más grandes artistas fueron inventores. Soto inventó un lenguaje plástico, inventó una nueva realidad del Arte dentro del Arte. La realidad del Arte es tan compleja como la que nos rodea. Son los artistas que inventan una nueva estructura o un nuevo lenguaje en el espacio pictórico quienes hacen historia en el Arte. Andy Warhol inventó un lenguaje, los artistas que expresan su personalidad, sus sentimientos, son los que están más cerca de la nueva intención, que es la expresión. Hay artistas que no pueden dibujar ni pintar, ni tienen charm, pero son capaces de inventar una concepción que marca una etapa, y durante años muchos artistas los estudian y le dan continuidad a sus ideas. El artista que inventa es el que está capacitado no solamente con conocimiento, sino con intuición y que sabe ver donde otros no ven. Un ejemplo de esto es Soto, quien descubrió en París dos cabillas tiradas en un edificio que estaban construyendo; al verlas él se detuvo y vió en esas cabillas unas líneas vibrantes.¿Cuántas cabillas no hemos visto nosotros en nuestra vida?, pero en el arte, hay que estar preparado inconciente y concientemente, para descubrir, igual que en la ciencia.

Entre los temas que se le plantean en los comienzos de su carrera, comienza a llamar cada vez más su atención el problema de la representación del espacio.

“Cuando tenía 20 años, estaba estudiando Arte. Pasé por las manos de Gego y estudié a Soto. Ellos hablaban con frecuencia del espacio y a mi me interesaba mucho la pintura del espacio. Descubrí que la cuadrícula era un gráfico que se usaba para representar el espacio. Fue un invento de Durero, quien la construía con hilos de tela. Recuerdo que me dije un día: Si la cuadrícula se usa para medir el espacio, a mi me interesa el espacio, y todo se pinta en el espacio, voy a agarrar ese espacio, la representación del espacio.”

Este tipo de reflexión subyace a la producción de la que ha sido interpretada como su obra fundamental. Eugenio ha construido su carrera de artista alrededor de una obra que fue a la vez un acto creador, un gesto, como lo llama Ruth Auerbach (2), y un hito en el arte contemporáneo venezolano. Pocos podían haber esperado de este artista, que a la sazón tenía 22 años, una obra como el Impenetrable, que se expuso en una sala del Ateneo de Caracas en 1972. Se trataba de un bastidor gigantesco que el artista había construido y sobre el cual luego tensó una lona en la que estaba impresa una cuadrícula de gruesas rayas negras. El artista había adaptado esta lona para que quedara suspendida, a una altura de unos 80 cms sobre el suelo de la sala en la que iba a tener lugar la exposición. Dispuesta de ese modo, la tela con la cuadrícula de rayas negras, tensa sobre ese enorme bastidor, le impedía la entrada a la sala a cualquier espectador. Éstos apenas podían mirar la exposición, que estaba constituida por esa instalación, cuando se asomaban a la puerta de la sala. Esa obra, con el tiempo, se convirtió en lo más trascendental que había hecho. Era una obra frente a la cual él mismo no tenía palabras para explicarla o interpretarla.

“Tenía mis ideas pero no lograba expresarlas con la facilidad que hubiera querido. No sabía explicarme lo que había hecho, y de repente llegó el momento de entender lo que pasaba, porque yo no podía ni entenderme ni explicarme. Lo hice y me quedé mudo también.”

Quizás permaneció en ese silencio que obliteraba la interpretación porque en el fondo tenía la intención de dejarle al crítico, y sobretodo al espectador, la tarea de completar la obra y, solo cuando lo considerase necesario, interpretarla. O lo hizo porque no sólo tiene vocación de tutor, como dice, sino también de maestro que guía al alumno hacia la luz.

Eugenio Espinoza, Punto sobrio (2009), Pintura sobre pared y materiales diversos, medidas variables

El Impenetrable y la experiencia

La experiencia es una moda de nuestro tiempo. El hombre contemporáneo se comprende y describe a sí mismo como perseguidor y amante de la experiencia. Algunos, cuando envejecen, aunque la anhelen, deben limitarse a ser espectadores antes que experimentadores. Sin embargo, mientras tienen la oportunidad y la capacidad, niños, jóvenes y adultos, persiguen la experiencia. Como en todos los campos, el del arte no ha sido una excepción y el artista contemporáneo ha hecho lo posible para ofrecerle al espectador una experiencia y no sólo una obra de arte para su disfrute estético. No se trata más de la sociedad del espectáculo. Estamos en la sociedad de la experiencia.

Aquella cuadrícula impresa sobre El Impenetrable, les recordaba a los espectadores que debían mirar el arte (o quizás sólo el espacio en el que éste se produce) con sus ojos antes de experimentarlo con el resto de sus sentidos. Como recordando que el Arte, antes de ser una experiencia multisensorial, es un ejercicio visual. Quizás era éso lo que quería Eugenio recordarles a los espectadores, enfatizar que muchos de ellos se quedaban en el acto lúdico, jugando con los Penetrables de Soto, o simplemente hechizados por el juego de luz y sombra que se produce dentro de esas obras cinéticas, y no terminaban de darse cuenta; de conectarse y hacer empatía con la obra y la intención de Soto al crear sus Penetrables. Podemos comprender mejor esta insistencia de Eugenio en que el espectador mire (con responsabilidad o al menos con conciencia) si recordamos cómo comprende este artista la contemplación, que sería la forma especial de mirar la obra de arte.

Contemplar es cuando surge un diálogo entre la obra y el espectador; un diálogo filosófico e intuitivo que sirve para conocerse. Contemplar es el momento en el que uno se conecta con eso. En el contemplar también tiene que haber placer, que es el vehículo para contemplar. Hay una especie de ética de la belleza y de repente la acción no se da, y la belleza se va superando y se va entrando a otro nivel de belleza. La belleza no es solamente lo bonito; lo feo puede ser bello también, si penetras en la situación. La contemplación es el instrumento para dialogar con el Arte.

Quiero leer el Impenetrable como una obra con un fuerte contenido pedagógico y a Eugenio como un maestro sui generis que trata de enseñarle al espectador cómo se contempla la obra de Arte. Como si le dijera: “Comienzas por tomar distancia de aquello que contemplas; lo miras desde la puerta de la sala; luego te acercas poco a poco; hasta que te está permitido entrar en la obra; experimentarla. Completar y complicar tu contemplación al involucrar otros sentidos. Y de este modo, comienzas a conectarte con el artista y con su intención, y comprender su obra.” De este modo el espectador coopera con el artista y concluye la obra que éste dejó inconclusa (Umberto Eco lo dice en Opera aperta). Puede ser que haya cierta rigidez o severidad en este acto pedagógico, pero en algunos casos, sólo con esta actitud podrá enseñarse.

Crítica del espacio de representación

En 1972, Eugenio expuso también en el Museo de Bellas Artes. En este espacio presentó una serie de cuadros que tenían también como tema el bastidor, el marco y la cuadrícula.

“Mi idea en ese momento era trabajar con el bastidor, con una tela que cortaba y hacía que la obra quedara por la mitad; entonces una parte de la tela quedaba prensada y la otra parte imprensada, caía al piso, era ese tipo de experimentos, pero en todos los casos estaba presente la tela cuadriculada.”

Con esta fragmentación y desconstrucción de la cuadrícula Eugenio abandona la intencion pedagógica que lo había caracterizado y se concentra en su vocación de crítico. Pareciera que el artista quería comunicar que la cuadrícula, el bastidor, la tela, todo esos elementos conspiran para convencer al espectador de que el espacio dentro del cual el artista produce la obra de arte es tan ortogonal y lineal como la realidad. Pero además recordar que, según la convención, ese espacio dentro del cual está retenida y contenida la obra de arte está aislado de la realidad por esa ventana cuadrada o rectangular que es el marco; lo que sugiere la idea de que el arte es otra realidad, quizás espejo de la nuestra, que el artista proyecta sobre la tela, el papel, la madera, la plancha de cobre, etc, con una mínima distorsión. La cuadrícula ayudaría al artista a hacer esta proyección con una mínima distorsión.

Esa proposición es falaz y Eugenio se propone desconstruirla. Quiere recordarle al artista y al espectador que esa retícula imaginaria que se ha usado para traducir el espacio tridimensional en una representación bidimensional mediante un proceso de fragmentación del primero en celdas regulares, es una convención que se puede abandonar sin subvertir principios estéticos o leyes fundamentales de la física. El espacio real, es posible que, como lo sugirió Albert Einstein, tenga tres dimensiones espaciales y una dimensión temporal. Pero tambien es posible que nuestro espacio tenga, como lo sugieren ciertas formulaciones de la Teoría de Cuerdas (consistente con la física cuántica), 10, 14 o 26 dimensiones espaciales. Lo que nos hace pensar que quizás el verdadero espacio no lo podremos captar nunca con una simple representación bidimensional. Ese espacio es como la cosa-en-sí, inasible. Lo que nos lleva a pensar que tanto el espacio real como aquel dentro del cual nace la obra de Arte son contingentes. Por eso con esta obra Eugenio parece decir: “Toma la representación que te ofrecen el cuadro, el bastidor, la cuadrícula como una propuesta; como un juego de lenguaje más, como diría el Witgenstein tardío (3); como una invención del artista. Pero no la tomes como lo real. Bastidor, tela, cuadrícula son elementos de ese juego de la ilusión que quiere ofrecerte el Arte, de los que puedes prescindir cuando hayas penetrado verdaderamente dentro de la obra. Otros artistas pueden inventar otros juegos. Tienen el derecho de armar esa ilusión que es el Arte con elementos no ortogonales: que pueden ser curvos, replegados sobre sí mismos, en forma de volutas, violentados en su naturaleza ortogonal. Total, es difícil pensar que esa sensibilidad que hace al artista ser lo que es no produzca una distorsión profunda en la estructura de la realidad. Intuimos que las pasiones intensas, las que nacen en el corazón de los verdaderos artistas, deforman la realidad, en realidad deforman las dos realidades, la del arte y la que nos rodea. No hay un solo espacio, hay infinito número de espacios; y no sólo infinito numero de mundos como lo había pensado Giordano Bruno en el Renacimiento.

“El Impenetrable fue una respuesta a Soto; una especie de reacción que tuve frente a ese público que penetraba la obra de Soto de una manera afectiva, pero era incapaz de ver lo que pasaba en esa obra realmente. La obra de Soto necesita ser más conocida, sentida de otra manera. Mi respuesta fue esa instalación en el Ateneo. (…) yo le estaba exigiendo a la gente: “Mira, mira lo imposible que se puede penetrar, lo que vas a ver es la representación gráfica de tu espacio”.

El Impenetrable como un objeto-límite

Eugenio Espinoza, Error de configuración (detalle), 2009; pintura sobre pared y materiales diversos; medidas variables.

El Impenetrable también constituyó una crítica de la idea misma de representación en el Arte. Como llevando a un límite el concepto de representación. Me recuerda ese brevísimo relato de Jorge Luis Borges en La Historia Universal de la Infamia. Ahí se hace referencia a la crónica apócrifa de un tal Suárez Miranda quien escribe sobre un Imperio en el que “el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos.”

Leemos en esa crónica una ilustración del absurdo con el que se encuentran aquellos que persiguen ciegamente la exactitud de la representación hasta el límite de su total y perfecta inutilidad. No sólo es inútil el mapa total a escala 1:1 porque ocupa la totalidad del territorio que representa sino porque, como nos recordara ya el filósofo Alfred Korzybski, el mapa no es el territorio en el mismo sentido en que la piedra que cae sobre nuestra cabeza no es el dolor que su impacto nos produce. La piedra posee atributos intrínsecos que ni ese dolor, ni una foto de la piedra, ni siquiera un modelo tridimensional de ésta poseen. De modo que si, obsesionados por la exactitud, construimos un mapa del tamaño del territorio que éste representa, nos habremos quedado con un modelo inútil que, además, al haberse hecho tan visible, nos obligaría a hacer un segundo mapa, más exacto, que contenga y represente, junto o encima del territorio, ese nuevo atributo, aspecto o matiz de la realidad: el mapa. Pues ninguna descripción del territorio que omita a ese mapa será completa o exacta. Por supuesto que la insistencia en esta porfiada e irracional lógica de la exactitud limítrofe nos lleva a una progresión infinita de mapas de acuerdo con el razonamiento seguido antes. Pero además, como lo habrá intuido el lector, ni el primer mapa ni ninguno que lo suceda en esta serie infinita, que tenga ese grado obsesivo de exactitud, nos que representan el espacio que habitamos nos impdirá movernos, o incluso, ingresar a ese espacio. Esos gigantescos mapas actúan también como Impenetrables en tanto que son espacios (como la cuadrícula) que le impiden al lector-espectador entrar en ellos; la exactitud limítrofe se ha convertido en un obstáculo insalvable. Es esto lo que define al Impenetrable como objeto límite.

Viaje a Estados Unidos

Eugenio es uno de esos artistas que ha vivido y ha recibido una formación importante en el extranjero. Pero, mirando su obra en retrospectiva, uno diría que todos esos años de formación han contribuido, no a que haga obras que tengan mayor impacto entre sus contemporáneos, sino a comprender mejor la obra que ha hecho, y en particular a entender cuál era el significado de su Impenetrable. Eugenio recuerda que en el año 1977 le dieron una beca para estudiar un año en New York; estudió en Pratt Graphic Arts Center entre 1977 y 1979. Posteriormente, cursaría estudios en New York University y en la School of Visual Arts en New York.

Eugenio trata de explicar por qué salió de su país: “Lo que pasa es que no quería terminar vendiendo arte en Sabana Grande. Ese era un destino típico para un artista: el alcohol, la rumba; siempre he estado alejándome de ese camino. En los años 80, sin embargo, solía ser invitado a Venezuela y exponía en algún museo. Vine muchas veces. Durante los años 80 y 90 expuse en casi todos los museos de Caracas, el Sofía Imber, el Alejandro Otero entre otros.”

Como vemos, a lo largo de los años, Eugenio no pierde el vínculo con Venezuela. Retorna una y otra vez a su país a hacer alguna exposición, y en cada una de ellas explora temas distintos del tema del espacio. Pero finalmente, regresa al espacio, al problema de su representación en el plano bidimensional y a las posibilidades de la cuadrícula de catalizar esa representación. En algún momento, se muda de New York a Miami y será en esta ciudad donde retornará a realizar las variaciones de su obra más importante.

El artista se hace lúdico

Con el paso del tiempo, Eugenio adquiere una idea más clara de la importancia que había tenido el Impenetrable, tanto para articular su carrera artística como para repensar el concepto de representación en el arte contemporáneo. Ruth Auerbach cuenta que en el año 2004, 32 años después de la exhibición que realizara en el Ateneo de Caracas, Eugenio expuso el Impenetrable en Miami, en el piso superior de Wagner House, una antigua casa construida en 1830 ubicada en Lummus Park. Para esta exposición, Eugenio construyó una vez más un bastidor que tenía las dimensiones exactas de la sala. En esta versión de esa obra recurrente, se sumaba al efecto que la anterior produjo en los espectadores, el contraste entre esa figura minimalista que era la retícula y un estilo arquitectónico del pasado. Meses más tarde, Eugenio realizó un tercer Impenetrable esta vezs en Locust Project. Como la superficie de este espacio era mucho mayor, tuvo que dividir la tela en múltiples bastidores, mediante un programa digital, con la idea de recuperar posteriormente los fragmentos para ser reutilizados. En otra exposición, que realizó en CIFO en 2007, titulada Negativa Moderna, Eugenio puso sobre el piso la tela con la cuadrícula de rayas negras impresas. A diferencia de casos anteriores, en esta ocasión la tela había sido previamente cortada en tiras largas y dispuesta ordenadamente sobre el piso. Antes de que entrase la gente a ver la exposición, la tela mostraba una cuadrícula impecable, de cuadros perfectamente orotogonales.

“Pero cuando la gente entra, camina, penetra, todo el dibujo de la cuadrícula se va como moviendo de manera que al final termina toda esa instalación desordenada. Esa obra, que compró el Museo del CIFO, es para mí la más importante. El espectador se encanta, se divierte como en un Penetrable de Soto.”

El Eugenio que presenta esta obra se ha flexibilizado y reconciliado con el espectador; e incluso con el Soto de los Penetrables; está más cerca de ambos, comprende mejor sus debilidades y admira sus aciertos. Esta versión nueva del Impenetrable abandona o modifica su proyecto pedagógico original. O quizás enseña de otro modo; utilizando para ello la experimentación y el juego. O quizás se ha dado cuenta de que los planos de las ciudades, los juegos de ajedrez, e incluso el espacio-tiempo no son tan resistentes a los efectos de las influencias externas como lo era su cuadrícula impenetrable y flotante. Todo lo contrario, decenas de factores en la sociedad hiperconectada de la posmodernidad alteran los ángulos ortogonales de la cuadrícula de Durero y sus múltiples metáforas. En la metáfora urbana, la cuadrícula formada por calles y avenidas perpendiculares entre sí, propias del centro fundacional, se va deformando, sus calles torciendo o curvando; sus intersecciones cruzandose en ángulos obtusos o agudos. Sus límites son violentados, excedidos, se derraman mucho más allá de lo deseado o planeado. Y en la medida en que procede este avance de la ciudad, se pierde u olvidan la ortogonalidad y el orden, porque ese crecimiento radial de la ciudad hacia los suburbios ocurre de una forma poco o nada planificada, en la que el azar y el caos (y con frecuencia también la violencia) imperan o negocian, desde una posición de dominio, con cada vez más débiles oficinas municipales de planificacion urbana. Y así, vistos desde el aire, los suburbios nos recuerdan modelos de reticuláreas flexibles, de líneas curvas o cuasi rectas, que se empatan con otras, formando ángulos obtusos o agudos, como si fueran una escultura de Gego proyectada sobre un terreno que en muchos casos ha dejado de ser plano e impone a la realidad urbana las deformaciones propias de la caprichosa topografía irregular propia de los cerros que rodean la ciudad, como es el caso de Caracas, de Río de Janeiro, y de tantas otras ciudades latino americanas.

“En el piso las líneas no es que se destruyen sino que se desorganizan y al desorganizarse se produce el caos visual, que hicieron los espectadores, y es divertido para ellos. Y se produce algo que no controlo. He hecho el registro fotográfico y filmado de todo eso”.

Y mientras escucho a Eugenio contar sobre esas experiencia pienso cómo ha evolucionado y aprendido a trabajar en equipo con los espectadores. A tener empatía con la necesidad de ellos de interactuar con la obra como si fuera ésta una madre y ellos unos niños. Pienso aquí en esa función del Arte de reconectarnos con nuestras identidades (aspectos de ellas?) más antiguas, puras, ingenuas, vulnerables. De retrotaernos a nuestra niñez. Y al hacer esto, Eugenio se abre y alimenta las posibilidades de empatía de los espectadores con su obra. Lo hace sin la severidad de antaño; recordando que en el fondo él y ellos son niños.

“Aquí mi reacción es la de que no me preocupa lo que el público haga con mi obra, porque ésta es un concepto, un material que no es definitivo; un proceso. Quizás lamento que la gente no vaya hasta el fondo, pero reconozco que no puedo controlar. Hay un desconocimiento y un no control. Esto me recuerda a Milwaukee, donde hice una obra que titulé Picnic Étnico. Se trataba de una especie de mantel de picnic con una cuadrícula impresa encima. La gente llevaba su botella de vino, comía, eran estudiantes de Arte, gente de la calle. La obra se llamó étnica porque pasaba todo el mundo y esa obra el día que terminó la recogimos y quedó manchada de comida, luego se mostró un video de lo que pasó. Era otra expresión, otra forma de ver el ser impenetrable. Ahora tengo una actitud más amistosa con el público, no lo rechazo. Yo tenía un gran interés en el vacío del espacio, no era solamente para repasar la obra. Cuando hice el Impenetrable buscaba trazar este espacio adentro y solidificar esa materialidad con la cuadrícula. Al no crear un espacio estaba creando una condición social, estaba impidiendo la entrada, tanto que ni yo mismo podía entrar. Hubo incluso una paralización del disfrute de la obra de Arte.”

Ciertamente todo esto representó un costo, una restricción, una limitación que el artista le imponía a los espectadores y se imponía a sí mismo. Pero también fue un logro. Eugenio logró que la representación convencional del vacío se hiciera tan sólida como para impedir la entrada de cualquiera. El vacío se había hecho denso, duro y sólido. Eran tiempos insoportablemente graves, en los que hasta la levedad del espacio era sólida y restrictiva. Y el artista se había disfrazado de dictador en su breve dominio. O de un severo maestro zen—que en ocasiones se asemejan el uno al otro—quizás porque no podría haber satori en una cultura democrática.

“El público parece haber cambiado a lo largo de los años. “Hoy en día, creo que cuando la gente ve el Impenetrable, reacciona pensando: ¡Ah!, éste es el Impenetrable”. El público acude a una de esas exposiciones preparado, y se quedan afuera, toman una foto y ya. A mí me interesaba, en aquella época, la afirmación por medio de la negación. La ley de Chagall es la ley de la actividad del rechazo de la realidad sobre su propia estructura. Entonces sus cuadros son un cuadrado negro sobre blanco. Chagall decía que no quería la realidad dentro de sus pinturas, sino otra realidad. Para él, el color negro era negatividad y el usaba la negación para afirmar. Yo afirmé mi espacio con ese Impenetrable. Y creo que esa obra todavía tiene posibilidades.”

Final
Algunos críticos han leído este proceso de recurrente revisita de su antigua obra como un proyecto de duplicación; como la creación de un doppelgänger(4). Pienso más bien que se puede leer su obra más reciente como una larga meditación sobre la representación que va: desde el espectador, al instrumento de representación, y de ésta a lo representado y de éste último al artista. A lo largo de este camino se debilita gradualmente la concepción de un espacio ortogonal claramente delimitado (el bastidor se quiebra, pliega, dobla y derrama saliendo de sus bordes; lo hace como si fuera espejo de la ciudad, que se expande sin fronteras ni control; o del espacio cartesiano, que desde Descartes se ha curvado, torcido, bifurcado, multiplicado en infinitos espacios y universos que el artista, y algunos poetas, pueden confundir con sus sueños, visiones o alucinaciones. Luego de todo esto no es extraño que se retire el artista de la obra, de sul rol de creador absoluto de la ilusión y se metamorfosee en artesano que construye, lenta y recurrentemente-con la participación de los ejercicios, más bien lúdicos y pragmáticos que intelectuales), experiencias y sensaciones de los espectadores-ese estímulo e ilusión multisensorial, a la vez que intelectual, que es el arte contemporáneo y que reune en una gran obra, a ambos, al artista y al espectador.

Por otra parte, uno siente que ha tenido lugar un proceso de introducción de levedad en la obra de Eugenio. En el origen, cuando en 1972 exhibe el Impenetrable, Eugenio realiza sobre el espacio una operación de solidificación, que lo hace grave y espeso, tan denso que le impide al espectador ocuparlo. Pero luego inicia un proceso alquímico de rarificación en el espacio artístico. Lo lúdico y lo participativo son, respectivamente, oportunidad y signos de esa levedad. Pero esa exhibición última en la Sala Mendoza, en la que la serie de obras tituladas Sostenidos, están pintadas directamente sobre la pared, y se han hecho perecederas y livianísimas, llevan a un nuevo nivel la levedad (debilitan la impenetrabilidad). Artista y espectador sabemos cómplicemente que aún si quitamos los puntos de apoyo (pies de amigo, torres de libros, sillas o banquitos), las obras pintadas sobre la pared se sostendrán, no caerán. De hecho, son peredeceras no porque se puedan caer y quebrar, ni por ser frágiles. Sino precisamente por esa extrema delgadez que las hace leves. Están aun paso de haber sido solo proyectadas sobre esas mismas paredes. O incluso proyectadas intermitentemente, mediante un sistema que alternase entre la proyección de la obra y la no proyección. Y aún así, nuestro ojo, construiría la obra en nuestra retina. Y nos haría sentir que la obra existe, no que existe a medias (aun cuando en rigor pudiera afirmarse tal cosa). Y si la miramos por tiempo suficiente, tendríamos la posibilidad de soñar con ella. Recordarla con la nitidez con que se recuerdan las imágenes de un espejismo visto fugazmente bajo el mediodía del desierto, al final de ese día, durante la noche, poco antes de conciliar el sueño, agotados y deshidratados luego de un día de camino bajo un sol abrasador y encandilante. Esto define otro modo de relacionarse la obra y el artista con nosotros como espectadores. Una trayectoria que parte de un acto de prohibición de la entrada a un espacio denso y sólido y que llega a una obra que, con voluntad y empatía, y mucha seducción de parte de la obra, nos invita a que la dejemos colarse(por decirlo así) en lo más profundo de nuestra retina. Lo que es sólo un paso anterior a su dormitar chispeante en nuestra memoria.

Porque el Penetrable de Soto no está (solamente) en las varillas y los sonidos que hacemos al chocar con ellas nuestros cuerpos (lo que decía Eugenio), sino en el juego fugaz e inasible de luces y sombras, destellos y reflejos rutilantes, que están y no están, en nuestra retina. Que aparecen y se desvanecen, como si fueran ondas, formas sinuosas que nos recuerdan las del fuego, las del agua, las de la luz en el aire claro de la mañana; esas imágenes tenues que creemos advertir como flotando frente a nuestros ojos.

Notas
1. Las obras de la exposición Aluminados y Sostenidos estuvieron expuestas en la Sala Mendoza, localizada en la PB del Edificio Eugenio Mendoza Goiticoa, en la Universidad Metropolitana, en Caracas, entre el 14 de junio, día de la inauguración y mediados de agosto de 2009.

2. Esta idea del Impenetrable como gesto aparece en dos trabajos de Ruth Auerbach, Directora de la Sala Mendoza: “Eugenio Espinoza, La experimentación re-construida”, fue texto del catálogo de Inova; el segundo es: “Eugenio Espinoza, desplazando geometrías, Aproximación cronológica a una obsesión pictórica”, que fue publicado en el catálogo de la exposición del artista en CIFO en 2007, en Miami.

3. El concepto de juegos de lenguaje lo desarrolla Ludwig Wittgenstein en sus obras tardías, Investigaciones Filosóficas y Los Cuadernos azul y marrón. En estas obras este filósofo relaja su censura inicial de los lenguajes naturales y ese proyecto de formalización del lenguaje que recorre el Tractatus logico-philosophicus.

4. Se ha escrito que el Impenetrable es una obra recurrente a la que el artista retorna una y otra vez, como si fuese un proyecto auto-arqueológico que produce un doble. Esa idea está sugerida en el texto: Play it again: Geometric abstraction and the remake, que aparece sin firma en el url: http://www.re-title.com/artists/eugenio-espinoza.asp.

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After Dark, una historia de la oscuridad

Publicado por Lorenzo Davalos en Octubre 7, 2009

Narrada por un voyeur

Ya desde la primera página uno siente algo en la narración, una cierta extrañeza en el ambiente narrado y en el modo en que se desarrollan los hechos, que nos recuerda ese estilo único del escritor japonés Haruki Murakami, quien posee una capacidad única para mezclar en sus historias, con completa naturalidad, lo humano y lo mágico, lo real y lo surreal.

After Dark, presentación

After Dark, presentación

Muy cerca de la media noche, exactamente a las 11 y 56 minutos, una chica está sentada en Denny´s, un restaurante de Tokio, donde toma una taza de café y lee muy concentrada un libro que el narrador nunca nos dice cuál es cuando, repentinamente, un chico que pasa la reconoce de cuando una vez tiempo atrás habían salido juntos con la hermana de ella y un amigo en una cita doble. Luego de pedirle permiso para sentarse en su mesa, Takahashi, que así se llama el chico, comienza a conversar con ella. La chica se llama Mari y es hermana de Eri. Takahashi le busca conversación a Mari, cuya parquedad es estricta, aunque sabe escuchar. Luego de conversar un rato se para y se va pero quedan en verse más tarde en ese mismo lugar.

No pasará mucho tiempo antes de que alguien entre a Denny´s buscando a Mari para pedirle un favor. Se trata de Kaoru, una prostituta amiga de Takahashi. Aunque sorprendida al principio por la petición que le formula, Kaoru convence a Mari de que su presencia puede ser de mucha ayuda en Alphaville, un motel en el que ha ocurrido algo grave a una chica que sólo habla chino, lengua en la que Mari se defiende. Éste será el primero de una serie de incidentes diversos e inesperados que le ocurren a Mari y que interconectan su vida con la de Takahashi y otros personajes. Todo ellos aparecen relacionados a curiosas historias, típicas de la noche.

Mientras tanto, en la habitación de Eri, quien duerme plácida y demasiado profundamente, las cosas pasan de un modo muy raro y la ficción y la realidad se confunden, trocan de lugar y lo que debía estar en un lugar aparece en el otro. Como en La Rosa Púpura del Cairo de Woody Allen, donde el personaje sale de la pantalla de un cine, en la habitación de Eri ocurre algo similar pero al revés. La oscuridad de la noche crea la oportunidad para que ocurran cosas de este tipo. O quizás más bien para que el observador, que es el narrador, crea que ocurren cosas de este tipo. Éste sugiere algo por el estilo cuando afirma: “Todo, finalmente, se desarrolló en un lugar que asemejaba una fisura profunda e inaccesible. Tales lugares abren accesos secretos en la oscuridad en el intervalo entre la medianoche y la hora en que el cielo se ilumina de nuevo. Ninguno de nuestros principios tienen efecto ahí. Nadie puede predecir cuándo o dónde tales abismos van a tragar a la gente o escupirla” (p. 215).

Esta afirmación de un vale todo para las leyes del Universo en el cuarto de Eri, en medio de la oscuridad, nos recuerda el Corazón de las Tinieblas, de Conrad. También hay un vale todo en el corazón de la selva, donde reina Kurtz, ahí dónde se llega cuando se ha remontado el río y se han olvidado las leyes que fundan la civilización. Como si fuese la luz de cada día la que protege a la conciencia de los monstruos de las tinieblas, que no son otros que los monstruos del inconciente, que habitan dentro del corazón del hombre.

After Dark, Introducción de capítulo

After Dark, Introducción de capítulo

Ests libro me recuerda también la trama de After Hours (1985), aquella película de Martin Scorsesse en la que un neoyorquino, Paul Hackett se encuentra en un café con una chica, Marcy Franklin (Rosanna Arquette), y luego de conversar un rato descubren que ambos admiran a Henry Miller. Desde ese instante, a Paul le sucederán múltiples accidentes e incidentes, y tendrá encuentros y desencuentros con diversos personajes, que entre todos contribuyen a impedirle regresar a su casa rápidamente y sin desvíos como tenía previsto. Al amanecer, Paul se da cuenta de que esa secuencia improbable del azarosos sucesos lo condujo directamente a las puertas de su trabajo sin haber podido regresar nunca a su casa durante la noche.

Quizás lo más interesante de After Dark es el recurso técnico del autor, de construir un narrador que no está autorizado para intervenir en las acciones que tienen lugar en la novela. De hecho, el narrador sólo puede mirar. Es voyeur e intérprete de las historias de la noche que comparte sus conclusiones con el lector. Democráticamente, se pone a la altura del lector en su ignorancia sobre: el futuro de los acontecimientos, las explicaciones de ciertos fenómenos que observa, o los motivos de las acciones que narra. After Dark parece narrada desde una cámara de video que hubiese sido montada sobre un diminuto helicóptero silencioso e invisible, manejado a control remoto. Los ángulos de observación cambian a lo largo de una escena, la imagen se acerca en zoom o se aleja. Pasa de una toma cenital a una toma en picado en cuestión de líneas dentro de un párrafo. Pero nunca el observador interviene en la trama de la novela.

After Dark, página 225

After Dark, página 225

Asépticamente, como un dios literario que todo lo ve y lo juzga pero sin impedir ni propiciar acción alguna, el narrador nos cuenta una historia. Al final, uno queda con la duda de si el autor no habrá querido, también, presentarnos una parábola sobre la relación de Dios con el hombre. Como si Murakami nos dijera que Dios parece por momentos actuar sólo como observador, y narrador otras veces, de un universo cuyos habitantes (como si fueran los personajes de esta novela) no lo logran ver. Un universo cuyas leyes pueden quebrarse durante los breves instantes en que se abren fisuras profundas e inaccesibles en el tejido luminoso de la realidad.

Afortunadamente, tambien se pueden abrir fisuras, quiebres en el espacio–tiempo, en la textura uniforme de lo real por las que escape el resplandor de una luz encandilante. Esto equilibra el caos producido por esas otras grietas por donde mana la más sombría oscuridad.

After Dark
Haruki Murakami (2007)
Vintage International, New York
pp 244

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Apuntes para imaginar el futuro, 3

Publicado por Lorenzo Davalos en Octubre 6, 2009

Ambiente y apocalipsis, primera parte

Una de las formas más comunes que ha tomado a lo largo de la historia la imaginación del futuro ha sido la que se inspira en el Apocalipsis de Juan el Evangelista, donde se profetiza que, luego de haber estado durante mil años condenado en el abismo, el Diablo regresará a la Tierra por corto tiempo para levantar contra Cristo las naciones de Gog y Magog. El libro profetiza que el Mal será derrotado una vez más y luego de su derrota por parte de Cristo, vendrá el Juicio Final, cuando se arrojará al fuego a los impíos. Será entonces cuando tendrá lugar el final de la historia.

Aun cuando solemos creer que en nuestros tiempos gobierna la razón, y que lo que dice el Apocalipsis debería leerse en un sentido simbólico y menos literal, la fuerza de la narrativa apocalíptica es muy poderosa y a los seres humanos nos cuesta inhibirnos de entregarnos cada cierto tiempo a las redes irracionales de una nueva variación de la misma. Es suficiente con que uno de los narradores señale una nueva encarnación del Diablo (sea éste: la ciencia, el Islam, el comunismo o el capitalismo, la técnica o la internet, la nanotecnología o lo smedios de comunicación) para comenzar a contarnos a nosotros mismo la misma historia, con nuevos personajes, pero idéntico final. El guión nos atrapa y nos cuesta salir de él para ver la realidad: que a lo largo de la historia ha sido más inocua de lo que temíamos, menos satánico aquello que habíamos identificado como un nuevo rostro del Diablo, y casi del todo falso que el fin de los tiempos estuviera tan cerca como nos lo querían hacer creer. El reverso de la conciencia de nuestra propensión a caer en la ilusión de esa ficción milenaria es que, como en el caso del lobo y las ovejas, podemos creer que toda presunta encarnación del Diablo es ficción. Y en algunos casos pudiera no serlo (o si no del Diablo, al menos de lo peor que puede crear al hombre, que es casi igual de malo. O peor. No lo sabemos.

Quines se preocupan activamente por la calidad del ambiente son poderosos y convincentes narradores de una versión contemporánea del Apocalipsis. Algunos de ellos han demonizado los mercados, el capitalismo salvaje, la tecnificación de la sociedad, el consumo irresponsable de recursos, y le han advertido a los responsables de defender todas estas presuntas encarnaciones del Demonio que de continuar haciendo lo que hacen la Humanidad llegará a un punto de no retorno. Quiero en este texto revisar algunas de estas profecías apocalípticas del ambiente. El texto no concluye porque será continuado en una próxima entrega (entrada).

1.Malthus y otros profetas del desastre

Nociones del concepto de capacidad de carga han servido a lo largo de los siglos para sustentar advertencias formuladas por quienes dicen conocer la capacidad de carga de nuestro planeta (sin duda un ecosistema muy grande y complejo) de que la humanidad tomada en su conjunto está muy cerca de ese límite. Uno de los primeros que hiciera una advertencia sobre el riesgo estructural que amenazaba a la humanidad fue Thomas Robert Malthus (1766-1834), célebre economista y demógrafo británico. El axioma sobre el que Malthus basó su pesimismo acerca del futuro de la vida del hombre sobre el planeta decía que el poder de la población era infinitamente más grande que el poder de la Tierra de producir subsistencia para el ser humano. La población sin control crece geométricamente, en tanto que la capacidad de la Tierra para garantizar la subsistencia del hombre crece a una tasa aritmética. La diferencia entre estas dos tasas crea una razón para pensar en límites o por lo menos para ser pesismistas en cuanto al futuro de la Humanidad. Este pesimismo refutaba una visión optimista de la Humanidad inspirada en la Ilustración, y en las ideas de filósofos como el marqués de Condorcet (1743-1794), quien era un firme creyente en la capacidad del hombre para progresar indefinidamente mediante la producción y acumulación de conocimiento y en particular de la ciencia. Malthus pensaba que esta diferencia matemática entre los procesos que regulan el crecimiento de la población y los que regulan la producción de alimentos creaba una escasez estructural y creciente en la Humanidad que, de continuar sin cambios en el futuro, podría engendrar una catástrofe. A esto se ha llamado la catástrofe malthusiana.

Neomalthusianismo

Durante la segunda mitad del siglo veinte, cobraron de nuevo auge algunas ideas neomaltusianas. Casi todas provenían de la izquierda; el activismo ambiental capitalizó las energías de muchos que estaban descontentos con el capitalismo y la sociedad industrial y que antes habían participado en las masivas movilizaciones contra la Guerra de Vietnam. Uno de los libros de culto fue The Silent Spring (1962) de Rachel Carson; éste era un alegato contra la sociedad industrial que sostenía que el uso indiscriminado de DDT y otros pesticidas estaba afectando y matando a animales, pájaros y seres humanos. Seis años más tarde, Paul Erlich, profesor de entomología de la Universidad de Stanford y su esposa Anne publicaron The Population Bomb (1968), donde defendían la idea de que la humanidad estaba al borde una inminente explosión demográfica que traería hambrunas a millones de seres humanos en una Tierra cada vez más poblada. El tono del libro de los Erlich se alejaba del de un discurso académico objetivo y desapasionado y se parecía más al de una enérgica advertencia que por supuesto criticaba la lógica de un capitalismo que no cerrara los ojos a la necesidad de controlar la población y la contaminación, que era concebida como una consecuencia o factor colateral del aexplosión demográfica.

Quizás el alegato más profundo contra el modo irresponsable de hacer las cosas en la sociedad industrial posterior a la Guerra de Vietnam fueron los documentos publicados por el Club de Roma, think-tank con preocupaciones ambientalistas fundado, entre otros por Aurelio Peccei. Esta organización no gubernamental encargó una investigación ambientalista a Jay Forester en MIT cuyos resultados se recogieron en Limits to Growth (1972). La influencia de esta obra fue mayor de lo que predijeron sus autores. A la fecha, ha sido traducida a 30 idiomas y se han vendido de ella unos 30 millones de ejemplares, lo que la convierte en el libro de ambientalismo más vendido en la historia de este movimiento. Limits to Growth constituía el Primer Informe presentado al Club de Roma, por un equipo dirigido por Donella Meadows, quien trabajaba en el MIT en el desarrollo de un modelo computarizado del mundo (World3) que buscaba predecir las consecuencias de las interacciones entre la Tierra, sus ecosistemas, y sus diversos yacimientos de recursos renovables y no renovables, si continuaban las tendencias observadas en el futuro.

En un resumen del libro escrito por los autores, éstos afirman que: “si las tasas de crecimiento de la población mundial, contaminación, producción de alimentos, y explotación de recursos continuaba sin cambios, se llegaría a los límites del crecimiento del Planeta dentro de un plazo no mayor de 100 años. La consecuencia más probable sería el repentino e incontrolable declive en la población y la capacidad industrial.” “Sin embargo—proseguían ellos—así como hay razones para preocuparse las hay también para la esperanza. Limitar deliberadamente el crecimiento sería difícil pero no imposible. El modo de proceder es claro y las etapas necesarias, aun cuando son nuevas para la sociedad humana, están dentro de las capacidades de la Humanidad. El hombre posee, por un momento en su historia, la combinación más poderosa de conocimiento, herramientas y recursos que el mundo ha conocido. Tiene todo lo que es físicamente necesario para crear una forma nueva de sociedad humana, una que sea construida para durar por generaciones. Los dos ingredientes faltantes son: un objetivo realista de largo plazo que guíe a la humanidad a una sociedad de equilibrio, y la voluntad humana para lograr ese objetivo.” De modo que si la humanidad se comprometía con ese objetivo y tenía la voluntad de hacer lo que debía hacer se salvaba; de lo contrario, sufriría la catástrofe. Al primer informe le siguió un Segundo Informe, Mankind at the Turning Point (Mesarovic y Pestel, 1974), y luego de varias décadas un par de actualizaciones——Beyond the Limits (1993), una actualización del documento original publicada 20 años después, y Limits to Growth: the 30 year Update (2004), publicada 30 años después—; estos dos últimos títulos que tuvieron mucha menor difusión que la obra original.

A pesar del cuestionamiento de las cifras y de los fundamentos del modelo del mundo desarrollado por Forester, las ideas del informe original siguen teniendo vigencia y sirivieron como combustible único o combinado de nuevas movilizaciones de grupos ecologistas y ambientalistas. En el año 2008, Graham Turner, investigador de la Commonwealth Scientific and Industrial Research Organisation (CSIRO) en Australia publicó un artículo titulado: “A Comparison of `The Limits to Growth` with Thirty Years of Reality”, donde examina las cifras reales de los últimos treinta años con las predicciones derivadas del libro y concluye que si no se hace nada, las tendencias de crecimiento demográfico, explotación de recursos y problemas sociales conducirán a un colapso de la Humanidad antes de termine el siglo 21. Es decir, que se verificarán las predicciones apocalípticas de los neomaltusianos vinculados al Club de Roma.

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