La sonrisa del teniente

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Para MC Machado, diputada venezolana

I

Como cinéfilo que soy, me hubiera gustado que una nota con este título tratara sobre aquella película titulada The Smiling Lieutenant (1931), que fue una de las obras maestras del director de origen germano- americano Ernst Lubitsch. En ella, la princesa Anna (Miriam Hopkins) capta al vuelo y de modo fortuito la sonrisa de un encantador seductor, el teniente Niki Von Preyn (Maurice Chevalier), quien realmente se la había dirigido a su amante, la bella y pícara Franzi (Claudette Colbert). Como las sonrisas tienen un poder seductor que poetas sin talento intentan en vano que lo emulen sus versos, la princesa piensa que la sonrisa estaba dirigda a ella, y se enamora perdidamente del teniente. Y tal es su capricho que no descansa hasta casarse con él. Pero el teniente no iba a olvidar fácilmente a su amante y, una vez casado, se reencuentra con Franzi e inicia un affaire. Hasta que un día la princesa urde una trampa para atrapar in fraganti a la hermosa Franzi, y la espera en la alcoba en la que ella esperaba encontrarse con su amante. La escena de la película en la que se relata el encuentro entre la esposa y la amante (para verla pulse aquí)  tiene una frescura, picardía e inocencia que es difícil encontrar en la comedia actual. Lo que le confiere el toque de Lubitsch a esta película es precisamente el modo como sale la ingeniosa Franzi de este problema: se acerca al piano, lo acaricia deslizando sus dedos por el teclado de un lado al otro, se sienta, y de súbito comienza a tocar y cantar la canción “Jazz up your lingerie”, que funcionará para Anna como un divertido manual de iniciación a los secretos de la seducción y el sexo en el matrimonio, que al final logra los resultados esperados por Anna. Así, la película tiene un final feliz, aunque con la mujer equivocada.

Desafortunadamente, no es sobre el teniente Von Preyn y su sonrisa seductora que lo mete en problemas sobre lo que quiero escribir hoy, sino más bien sobre otro teniente y otra sonrisa que resultó ser más bien aterradora que seductora. Me refiero a la historia de la agresión brutal que sufrió la tarde del pasado martes 30 de abril la diputada de oposición María Corina Machado. A muchos les puede haber resultado extraño que la diputada Machado denunciara, cuando aún se encontraba visiblemente alterada por el ataque que había sufrido por parte de la diputada del PSUV Nancy Ascencio, que mientras ella era atacada, el presidente de la Asamblea Nacional, el teniente Diosdado Cabello, sonreía.

Basado en la descripción de la diputada, imagino al teniente Cabello contemplando lo que ocurría y, sin hacer (aparentemente) esfuerzo alguno por impedir que ese ataque se perpetrara, o que continuara hasta tener las consecuencias que tuvo (siete diputados heridos en la banca opositora más cuatro en la oficialista, incluída la diputada Machado, que tuvo fractura nasal),  esbozar esa sonrisa que dejó perpleja a la diputada Machado. ¿Cómo es posible—seguro no ha faltado quien se pregunte—que en medio del dolor que le deben haber producido los golpes que recibía, que en medio del fragor de ese caos producido por el ataque violento perpetrado por los diputados oficialistas sobre los opositores, la diputada Machado tuviera el tiempo y la capacidad parareparar en ese detalle, darse cuenta de que el teniente Cabello sonreía?

Una respuesta rápida a esa pregunta es que la sonrisa del teniente se distinguía y destacaba de todo lo que lo rodeaba por ese contraste radical con la atmósfera que imperaba en la Asamblea. Esa sonrisa era una suerte de objeto fuera de lugar que no guardaba relación alguna con nada de lo lo que ocurría alrededor del teniente. Era una sonrisa a contracorriente. Había rostros amenazantes que inspiraban terror, y que revelaban su odio o su ira; eran esos rostros que típicamente se expresan en los miembros de una masa que se dirige a atacar en cayapa (para usar un término poco familiar al buen Canetti) a una minoría (los diputados de oposición son menos que los del oficialismo). Pero esos rostros de la masa iracunda no eran ajenos a ese caos y esa violencia, eran abominables pero característicos de ella. Por el otro lado, también se podían distiguir esos otros rostros, los de los diputados de oposición, que ante lo que ellos calificaron como emboscada revelaban estupefacción, sorpresa, miedo, o esa suspensión de la acción propia de quienes evalúan atropelladamente sus opciones frente al agresor.

La inadecuada e impertinente sonrisa del teniente definía un hecho incoherente y difícil de comprender o interpretar. No era la sonrisa de un miembro de la masa; ése es un  aspecto que la hacía  peculiar, sino la de un individuo aislado de la masa, quieto, e inquietante en su actitud.El otro aspecto que diferenciaba y hacía aterradora a esa sonrisa (es evidente que ella le produjo miedo—además, de decepción, tristeza, ira o impotencia—a la diputada Machado) es que revelaba una ausencia total de empatía con el dolor, terror, temblor, e incluso llanto de los atacados. Esa indiferencia frente al dolor que experimentaba la diputada Machado y sus compañeros (todos seres humanos, sus iguales) que el teniente presuntamente pudo apreciar, porque la miraba a ella y a sus compañeros de facción cuando eran atacados, debe haber sido aterradora.

Luego de hacer esta reflexión regreso sobre el aspecto perceptivo. Para los que pudieran preguntarse si la diputada Machado fue exacta en su calificación del gesto del teniente como una sonrisa, traigo a colación evidencia producida en investigaciones sobre la psicología de la percepción que sugiere que las caras que sonríen son menos ambiguas que las caras tristes. Hay poca ambigüedad en clasificar una cara con una sonrisa como una cara sonriente. Complementa esta apreciación esa otra hipótesis, denominada la ventaja de la cara feliz (the happy face adavantage), que de acuerdo con el trabajo de Kirita y Endo (1995),  sugiere que las caras felices se reconocen con mayor facilidad que las tristes. Claro que se puede contra-argumentar que la sonrisa del teniente expresa todo menos alegría sincera. Porque una sonrisa que nace del placer que produce la contemplación del dolor niega esa levedad insoportable de la sonrisa y de su posible secuela, la risa, que tan a menudo son engendradas por la alegría. Pero lo que sugiere la evidencia analizada en estos estudios es que, aparentemente, los seres humanos estamos diseñados para reconocer con mucha facilidad, gracias a cierta codificación genética de nuestro sistema perceptivo, la sonrisa más que la alegría (que es un aspecto abstracto y no visible) que la produce (debiera producir).  Este sesgo hace más probable que la diputada Machado haya en efecto sido capaz de identificar con exactitud una sonrisa, y no una expresión distinta, en el rostro del teniente.

Pero esta historia no debe ni puede terminar en esta distinción patética e inútil (para efectos sociales) entre aquellas sonrisas que surgen de una condición de alegría insoslayable, y esas otras sonrisas, que son graves, y que nacen de recintos oscuros dentro del corazón humano. Quiero aprovechar esta nota para reivindicar y recuperar ese poder mágico que tiene la sonrisa; un poder capaz de transformar desde afuera hacia adentro al ser humano. Y con este fin tomo un camino argumental meándrico.

II

Estoy seguro de que ese psicopata perfecto que era Hannibal Lecter, si hubiese estado presente en la Asamblea aquella tarde, expuesto al fragor de esa violencia salvaje, podría también haber esbozado una sonrisa. Y es posible que lo hubiera hecho al mismo tiempo que reflexionaba (salivando) sobre cuál de los diputados de oposición podría tener mejor sabor si lo condimentara adecuadamente, como si fuera un cordero, y le agregara romero, sal y pimienta al gusto. Pero Hannibal podría también (no lo descarto) haberse conectado con la diputada Machado (y no pensar en comérsela) de un modo semejante a como en El silencio de los corderos se conectó con la investigadora Clarice Starling (Jodie Foster). Si fue verosímil para los espectadores el hecho de que el viejo Hannibal estableciera esa empatía perfecta con la bella, persistente y aguda  Clarice en cuestión de segundos (durante ese acto genial en el que leyó con su olfato, en las trazas del perfume con que se había rociado Starling el dia de su primer encuentro con él, la escencia de su drama familiar y se la narró de inmediato con breves y punzantes frases), la que derivó rápido en una emoción cercana al amor, ¿cómo podemos ser tan poco imaginativos como para no concebir como algo perfectamente verosímil que el teniente Cabello, y cualesquiera otros diputados oficialistas, de formación militar o civil, puedan metamorfosear sus sonrisas graves y no empáticas, sus gestos de indiferencia o de odio, en gestos de amor, empatía y solidaridad? Uno debe concebir esa posibilidad como germen de un diálogo futuro. Es decir debemos,  malgre tout, tener esperanza y fe en la humanidad. Lo contrario significaría que estamos condenados a avanzar inexorablemente hasta el borde del abismo, y arrojarnos todos juntos, los venezolanos, hacia un vacío oscuro del cual todavía no imaginamos su fondo.

Aun cuando enredados en el argumento, hemos querido mostrar que hasta un psicópata asesino y caníbal como Hannibal, que no sólo desprecia la vida de los seres humanos, sino que siente placer en devorar trozos de carne de los cuerpos que hacen posible que un ser humano viva o que lohaga de un modo íntegro (porque su canibalismo pudiera no concluir necesariamente en la muerte del atacado), puede tener un evento de conexión empática y profunda con otro ser humano, esa conexión, esa suerte de amor incondicional que llega a sentir Hannibal por Starling (que en una secuela de la película referida lo conduce a sacrificar su brazo), no lo salva moral, social, ni espiritualmente. Estoy seguro de que, por el contrario, igual el alma de Hannibal será condenada al fuego eterno y lacerante del Infierno.  Socialmente, no podemos ser empáticos con unos y no serlo con los otros. Esta exclusión de uno, diez, mil o millones de seres humanos de la esfera de aquéllos cuyo sufrimiento o dolor puede activar nuestra empatía es abominable y condenable. Solo es posible construir una sociedad duradera y sólida sobre la base de una empatía incondicional y universal, que no se base en ningún tipo de selección o condición a grupos determinados de seres humanos.

III

La tarde del martes 30 de abril de 2013, la Asamblea Nacional, en Venezuela, vivió uno de los eventos más tenebrosos de su historia. La facción de diputados de la oposición tuvo que esperar más de tres horas a que llegara la bancada del oficialismo para instalar la sesión del día. Una vez que la sesión comenzó, su presidente, el teniente Diosdado Cabello, ratificó lo que había declarado en una ocasión anterior, que no le daría derecho de palabra a ningún diputado de la oposición que no reconociera a Nicolás Maduro como Presidente Constitucional de Venezuela. En acto de protesta ante esa muestra de ejercicio no democrático y no constitucional de su cargo como presidente de la Asamblea, los opositores optaron por manifestar con pitos, cornetas y pancartas, solicitando una modificación de la orden del día y un derecho de palabra. Esta manifestación irritó a los diputados oficialistas quienes se abalanzaron con violencia sobre la bancada opositora. He visto clips y videos que muestran ángulos, instantes, fragmentos de ese acto violento que profana lo que debiera ser un templo de toda república democrática, en el que las diferencias de opinión y puntos de vista deben ser dirimidas solamente con argumentos mediante debates entre pares. Lo que significa que la Asamblea es un ámbito horizontal, dentro del cual todos son iguales; lo son ante el pueblo que los eligió como sus represetantes, y lo son ante la Ley. El presidente de la Asamblea no es Primus inter pares, es tan solo otro igual en quien los miembros de la Asamblea han delegado, circunstancialmente, ciertas prerrogativas con el fin de que ésta funcione del mejor modo posible. Es éste el propósito que tienen el reglamento de debate, el orden del día, el derecho de palabra, son recursos que ha ideado la tradición legislativa de las sociedades democráticas para regular y civilizar la deliberación entre representantes de facciones del pueblo que tengan concepciones particulares y diferentes del Bien Común y la Buena Vida. De un modo semejante a como las reglas de conducta en la mesa serían brutalmente violadas en su espíritu si a un comensal se le ocurriese prohibir comer a todos aquellos comensales que piensen de un modo determinado, atenta contra lo más escencial de la democracia prohibirle hablar a alguien que piensa de un modo distinto. Lo importante a tener en cuenta es que los diputados son la voz del pueblo, y ninguno es más que otro, nadie tiene el poder ni el derecho de prohibirle la palabra a otro. Los reglamentos de debate y las reglas de conducta en la mesa, como tantas otras prácticas e instituciones, son instrumentos civilizatorios, que fueron concebidos con el fin de facilitar la comunicación y la convivencia pacífica en la esfera pública o en la esfera privada.

IV

Me preocupa el efecto demostración que tienen la actitud o la conducta de los jerarcas del regimen cuando están próximos a una violencia que pueden o nohaber provocado. Respecto a la denuncia de la diputada Machado sobre la sonrisa del teniente, un tuit que leí decía: “Si yo hubiese estado allí mirando cómo le pegaban, no solo me hubiera sonreído, me hubiera muerto de la risa”. Otro decía: “Se lo merecía”. Algo así. Comentarios que producían náusea. Y hubo muchos más que no leí, y no eran broma. Y pensé que de ese modo opera la construcción del odio. Se construye odio cuando se llama al otro mediante un epíteto como, derecha, apátrida, oligarca, etc; todos ellos adjetivos que minan la cohesión social y previenen la empatía; que están dirigidos a crear un cisma, una grieta, entre unos y otros.Pero un líder puede también construir colectivamente el odio de modos más sutiles. Uno de esos modos son lo que llamo los gestos del odio: Una mirada de desprecio abierto o de indiferencia al Otro, una sonrisa ejecutada en el momento inadecuado. Instrumentos casi invisibles que buscan acentuar, profundizar, perpetuar una polarización de la que el pueblo venezolano está cansado. Y sin embargo, habrá quienes no están cansados. Habrá algunos a quienes esas palabras y discurso,  esos gestos, esos otros instrumentos sutiles, alienten, legitimen, les otorguen excusas o justificaciones para la violencia, la crueldad, las atrocidades. La probabilidad de tales consecuencias convierte en trágico a un discurso o a una palabra, e incluso a una sonrisa producida en el momento y lugar inadecuados por razones que son inaceptables consideradas desde un punto de vista: político, social, cultural y moral. Y estos elementos, los visibles y los casi invisibles, con los que se construye el odio, los debemos censurar y denunciar sin descanso.

La subasta de objetos sagrados de los Hopi en Francia

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O de si los objetos sagrados son bienes transables

Entre los titulares principales de algunos de los más importantes diarios del mundo vemos una noticia peculiar sobre una sentencia de un juez francés que, aun cuando reconoció el carácter sagrado de un conjunto de máscaras y otros objetos de la etnia Hopi que forman parte de un lote de objetos que iba a ser subastado por la casa francesa de subastas Neret-Minet Tessier & Sarrou, sostuvo que la legislación francesa no podía limitar los derechos de propiedad a aquellos propietarios de objetos sagrados que hayan sido adquiridos de manera legal, puesto que el carácter sagrado de un bien no los convierte en intransables (“incessibles”) (ver la nota del NYT aquí).

El abogado de la causa de los Hopi, Pierre Servan-Schreiber, considera esta contienda  como el comienzo de una toma de consciencia real, por parte de la opinión pública, para que se dé cuenta de que no todo puede ser comprado y vendido, sobretodo, objetos íntimos y sagrados como ese lote de máscaras. Las notas que han hecho los medios sobre este asunto destacan cómo luego de esa sentencia, la subasta se llevó a cabo y el lote fue vendido por poco más de 1.2 millones de US dólares. Esto sucedió a pesar de la presencia de activistas, dentro y fuera de la sala de subastas, que manifestaron su oposición de fondo y forma a ese evento comercial. El actor y director Robert Redford se había sumado a aquellos que pedían que la subasta no tuviera lugar. Incluso el Embajador de Estados Unidos en Francia, Charles H. Rivkin, tomó parte en esta disputa. Le Monde publica el twitter del Embajador en el que manifiesta su pesar por el hecho de que la subasta se haya llevado a cabo: “Je suis attristé d’apprendre que des objets culturels sacrés #Hopi soient mis aux enchères“. Y sin embargo, no todo estuvo contra la causa de los Hopi. hubo un benefactor, Alain Giraud, quien compró uno de los objetos que se subastaban en 3.700 euros, que declaró que lo iba a restituir a los Hopi.

Esta polémica ocurre no muchas semanas después de que, el Primer Ministro británico David Cameron respondiera en una entrevista televisada que le hicieron cuando visitó India, en febrero de 2013, que el diamante Koh-i-noor de 105 quilates, que fue tomado a la fuerza por los británicos y llevado a Gran Bretaña en 1849, y que actualmente adorna la corona de la Reina Madre, no sería devuelto a la India (Asked later whether he would respond to Indian calls for the return of the Koh-i-Noor – Cameron said: “I don’t think that’s the right approach Y luego agregó que él no creía en la política de las devoluciones (returnism en inglés). De esta afirmación se infiere que Cameron considera que los museos de Gran Bretaña cuidan muy bien joyas como esas, algunas sagradas y otras no tanto, aunque no menos bellas, capturadas hace siglos mediante tácticas pocas veces gentiles y corteses, por los británicos y otros exploradores europeos en antiguas colonias como India.

Creo que lo que revelan estas dos polémicas, quizás breves pero de gran impacto mediático global, es una contradicción y una limitación que han sido reveladas o, al menos puestas en evidencia, por las redes sociales y la tecnología de información, en general. Existe una contradicción  entre  el discurso occidental y civilizado que pide que se respeten los derechos humanos (entre ellos los derechos de propiedad colectivos que tienen los miembros de un grupo cultural a disfrutar de la propiedad de un bien único que consideran forma parte de su patrimonio colectivo. Lo contrario a esto sería defender prácticas superadas por Occidente, propias de la barbarie, como por ejemplo: el saqueo, la violación, el rapto, o el esclavismo.

El otro aspecto que revelan estos dos eventos polémicos es la limitación que tienen las instituciones del mercado para reconocer que el carácter sagrado de un bien impone restricciones a su transabilidad. Sin embargo, uno podría pensar que un único factor explica la sentencia a favor de la subasta de los objetos sagrados Hopi y la legitimidad de una frase como la de Cameron que declara categóricamente que un diamante malhabido se queda en manos de quien lo sustrajo a su propietario original. Me refiero a lo difícil que parece ser desarraigar los valores y los modos que en el pasado estuvieron asociados al Poder y al Imperio. Éstos todavía sesgan la razón y el juicio de quienes en el presente combaten por la democracia y los derechos humanos. Otra consecuencia de estos eventos, aun muy temprana pero que se puede hacer más importante con el paso del tiempo, es que podrían generar demandas contra objetos de arte que se expongan en los museos del mundo que hayan sido obtenidos por medios de dudosa legalidad. Habrá que esperar para ver qué pasa en este aspecto. Una tendencia de este tipo podría minar la razón de ser de algunos museos. O quizás éstos debieran llegar a acuerdos nuevos con aquellas culturas de los que provienen los objetos u obras expuestas.

En suma, se me hace claro que el cambio técnico, las redes sociales basadas en la TIC´s, la democratización que ellas hacen del hecho noticioso, contribuyen de manera significativa a revelar las contradicciones que hemos señalado. La sociedad no puede ser transparente gracias a la tecnología de información y, al mismo tiempo, ser cínica e hipócrita. No veo que vayamos a abandonar los mercados, ni la democracia, ni la libertad. Creo más bien que  será la propagación masiva de los mercados, la democracia y la libertad lo que producirá los ajustes a algunas inconsistencias actuales. Aun cuando también es muy probable que aparecerán nuevas inconsistencias y nuevos desequilibrios. Pero será tarea de los intelectuales, medios y activistas del futuro señalarlos y criticarlos.

Kim Jong-un y su vocación por el apocalipsis

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No pareciera ser uno de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Carece de cualquiera de los rasgos que a uno le infundirían el respeto que nos infunde la iconografía que ha representado a estas figuras de la tradición cristiana. Pero quizás en la intimidad de los recintos que habita el joven líder Kim Jong-un, el temible dictador de Corea del Norte, se mira de frente en el espejo y, en lugar de ver su sobresaliente barriga, se siente con la hidalguía suficiente como para montar  el aterrador Caballo Rojo, aquel que simboliza la guerra en el Apocalipsis. No es un jinete del Apocalipsis pero igual Occidente no termina de creer, quizás no quiere creer, que este joven que comanda un ejército de 1.1 millones de soldados puede ser una amenaza seria a la paz mundial. Sin embargo, aun cuando pensar lo impensable es un ejercicio que algunos sienten inútil, este caso parece diferente. Algo aprecian los conocedores, en la retórica de este líder megalómano, que les hace pensar que pudiera atreverse a hacer algo de lo que que promete hacer. No quedarse en las palabras, las amenazas, el ruido de sables. Algunos analistas dicen que este líder puede ser inestable, y que eso lo hace impredecible; otros como James Clapper, Director de Inteligencia Nacional (USA), declaró durante otra interpelación ante el Congreso que el sñor Kim era: “impetuoso” y que eso lo hacía impredecible. Clapper agrega que el padre de Kim, podía tener una retórica provocativa pero terminaba retractadose. Esto último no es algo que su hijo haya mostrado todavía. Y esta inestabilidad se hace terriblemente peligrosa cuando se toma en cuenta lo que ha revelado recientemente un informe de la Defense Intelligence Agency (DIA), del cual se ha dado a conocer al público un segmento que ha sido desclasificado. En éste se establece con confianza moderada que Corea del Norte tiene actualmente armas capaces de ser adaptadas para su lanzamiento a un mísil balístico. Lo que no especifica el segmento publicado es el alcance de los misiles en los que podrían adaptarse esas bombas. Sin embargo, agrega el informe, la confiabilidad es baja.” Esta información es suficiente para producir un escalofrío.

A propósito de una de las tempranas entradas a este blog, la que trataba sobre ese maravilloso acto poético del artista Yves Klein recogido en la obra Le Saut dans le Vide (el Salto en el Vacío), he reflexionado sobre cómo y cuándo, un ser racional o una nación, cuyos habitantes se supone que son seres racionales, deciden arrojarse al vacío. No me refiero a la interpretación poética o mística de este acto, que para el artista es un camino al conocimiento de la levedad. Ésta es la que realiza el artista francés y fue registrada en la célebre foto de Harry Schunk. Me refiero a la interpretación realista y prosaica de ese acto de arrojarse al vacío, la que está regida plenamente por las leyes de la gravedad y que por tanto no persigue la levedad.

Por ejemplo, es esta versión grave y prosaica del salto al vacío, la que interpretan los lemmings cuando se arrojan a un torrente fluvial que los ahoga en minutos. Es también semejante, este acto de suicidio de los lemmings, la que perpetra una nación como la Alemania de Hitler, cuando siguió a ciegas a un líder que se lanzó de bruces a la más tenebrosa oscuridad.

Lo que Hitler tenía, y lo que líderes como Chávez tomaron de Hitler, fue la construcción de una cultura del odio.  Porque el odio forma el vacío de la gravedad de un modo análogo a como las nubes y el espacio forman un vacío de la levedad. Es trágico en el discurso del odio que elude hablar o saber de justicia y de paz porque ambas le son antagónicas y lo combaten hasta erradicarlo. Al odio le es ajeno el concepto de cierre de una querella judicial que se produce con la sentencia. Porque no es justicia lo que persigue la cultura del odio sino venganza perpetuada y recurrente, teñida de un toque de Sísifo. Una venganza que alcanza una cima (un máximo) y luego rueda cuesta abajo, como si fuera una piedra, para volver a repetir el mismo ciclo en un tiempo futuro. O una venganza con un sabor al castigo que le imponene a Prometeo, porque muerde y devora el hígado de los presuntos victimarios por la noche y deja luego que ese hígado renazca para volverlo a morder con sus voraces y feroces fauces al día siguiente. Una y otra vez en un eterno retorno perpetra esta venganza. Porque ésa es la única lógica consistente con un verbo de odio como el del nazismo, que alimentaba insaciable, una y otra vez, el odio, en lugar de buscar una solución y con ella la paz y la armonía social. En realidad la llamada solución final nunca fue tal cosa, porque esa cultura siempre iba a identificar nuevas categorías sociales a las que había que odiar y, por tanto, que exterminar como se hizo con los judíos, gitanos, y otros. Este odio sostenido se prolonga hasta que el regimen desaparece porque el pueblo despierta, sale de la caverna platoniana (sic) en la que ha estado preso o, por el contrario, hasta que el regimen y su pueblo enceguecido, arrastrado o contaminado por ese odio, e ignorante de cómo inmunizarse contra su ponzoña, se arrojan juntos en el vacío apocalíptico de una conflagración, de un acto inmenso de autodestrucción, de absoluta y absurda irracionalidad. Y al hacerlo, en el caso de un Kim Jong-un, pueden poner en riesgo el equilibrio (frágil) de toda una región e, incluso del mundo.

Súbitamente, Occidente se encuentra, en la actual crisis con Corea del Norte, ante el peculiar caso de un pueblo que se ha aproximado peligrosamente al borde de un abismo y está (o representa el papel para parecer que está) a punto de arrojarse al vacío . Digo súbitamente porque Occidente no quería leer este acto, liderado por el joven Kim Jong-un, nieto e hijo de tiranos, con este marco de salto al vacío. Lo quería leer como declaraciones que tenían objetivos geopolíticos estratégicos y plenamente racionales realizadas por un jugador de ajedrez, que juega anunciando en voz alta sus jugadas. Pero de repente, durante estos últimos días, Estados Unidos, Corea del Sur y sus aliados, se han dado cuenta de que el joven dictador actúa de acuerdo con una lógica que no entienden. Porque, ¿cómo se puede comprender el suicidio de una nación? ¿Cómo entender un acto de provocación del apocalipsis? ¿Que clase de objetivos maximiza el contendor?¿ Qué persigue?

Luego de dos mil años después de que Cristo diseminara su mensaje de amor, aún nos cuesta practicarlo y saber cómo se diseñan valores, sistemas de gobierno e instituciones, consistentes con el amor que no limiten el libre albedrío, aquello que tanto protegiera Jesús cuando fue tentado en el desierto por el demonio. ¿O no es la libertad, esa libertad que Jesús deseaba para el hombre, aquello que el Gran Inquisidor le reclama a Jesús en ese relato fantástico que Dostoievski inserta en Los Hermanos Karamazov? Lo que nos queda del discurso del Gran Inquisidor, es que si Jesús demostraba al mundo con su magia que era el Hijo de Dios, que tenía poderes inconmensurables, el hombre no lo iba luego a seguir libremente por fe y amor sino por temor y temblor. Por eso le dejó al hombre la duda y la libertad.

Y sin embargo, ocupados a los largo de estos dos mil años, pensando cómo traducir del mejor modo posible, ese mandamiento del amor, cómo insertarlo en nuestros valores, instituciones, sistemas de gobierno (por supuesto, siempre ayudados con la razón), hemos olvidado la otra tarea que teníamos pendiente: evitar que el odio permeara la esfera pública, y contaminara los valores, las instituciones, los sistemas de gobierno. Kim Jong-un no es irracional. Es un patético producto de un sistema contaminado por el odio (por supuesto ayudado por técnicas de lavado de cerebro) que pudiera arrojarse al vacío (y arrastrar a su pueblo a ese vacío) porque el odio es grave, oscuro, restrictivo del mismo modo que el amor es leve, luminoso y libre.

Y concluyo esta reflexión con la traducción de la opinión del ex embajador del Reino Unido en Corea del Norte, John Everard, publicada en el diario The Independent, el pasado 8 de abril: Corea del Norte nació como un monstruo. (…) Fue creada por oficiales del Ejército Soviético que no parecen haber tenido idea alguna sobre cómo se funda un Estado. Ellos convirtieron a Kim Il-sung en un líder. Pero cuando se dieron cuenta de que no infundía suficiente respecto en su gente, construyeron alrededor de él un culto stalinista a la personalidad, de manera que el país terminó siendo gobernado por un rey dios, parecido a los antiguos reyes de Corea (los que reinaban antes de la ocupación japonesa).”

Notas

Recomiendo seguir por twitter a Steve Herman(@W7VOA),  jefe y corresponsal de la Voz de América en la Oficina del Noreste de Asia, quien cubre asuntos en Corea y Japón. Es una fuente de información actualizada y objetiva de la crisis con Corea del Norte.

El Informe que dice que Corea del Norte puede tener la capacidad de adaptar un dispostivo nuclear a un misil fue presentado por Doug Lamborn, representante republicano de Colorado, durante una interpelación que le hiciera el Congreso durante el día de hoy, 11 de abril. Se puede revisar directamente la nota que publica el Secretario de Prensa del Departamento de Defensa de Estados Unidos pinchando aquí.

El Volcán 3, Contemplar las ciudades

Caracas de noche desde la subida hacia el Volcán, foto tomada el 25 de febrero de 2013.

Caracas de noche desde la subida hacia el Volcán, foto tomada el 25 de febrero de 2013.

Una disgresión sobre la mirada como aprobación

I

Creo que es algo que ocurre siempre con las ciudades. Uno quiere subir a un sitio elevado que te ofrezca una vista privilegiada y panorámica de la ciudad, y desde alli contemplarlas. Hay un placer en esta contemplación asociado a la belleza de la ciudad que se mira. Pero este placer no es solamente estético; es un disfrute más complejo. Es cualitativamente diferente del placer que se deriva de la contemplación de una obra de arte, o el que derivamos de la contemplación de una mujer hermosa (donde pudiera haber un deseo implicado y, junto con ese deseo, la promesa de que en alguno de los infinitos mundos posibles, aquello que se observa podría llegar a estar absolutamente próximo a nuestro cuerpo y dejar de ser objeto de deseo y contemplación para ser objeto que se experimenta de otro modo con otros sentidos). En la belleza de una ciudad no hay tal promesa. Es cierto que, de un modo clásico, podemos afirmar que la belleza de una ciudad mirada desde lejos es producida por la armonía y el equilibrio que se advierten en el modo como está dispuestos sus elementos entre sí. Cómo, dentro de la multiplicidad de edificios, casas y monumentos, parques y plazas, calles y avenidas, de esa ciudad, el observador— desde el ángulo en que está localizado—, percibe un juego armónico de: oposiciones y conjugaciones, luces y sombras, alineaciones y rupturas de esas alineaciones, espacios llenos y densos  y espacios vacíos y rarificados, áreas de edificaciones muy altas opuestas, adyacentes o, por el contrario, deliberadamente alejadas, de otras áreas en las que predominan edificaciones bajas. Pero junto a esta belleza producida por la observación del juego de armonías, contrastes y balances, en la contemplación distante y panorámica de las ciudades el observador realiza una suerte de aprobación de ese todo que es la ciudad. Ésta es una operación que parece dirigida  a contrastar la experiencia inmediata que podemos tener de una ciudad (el modo único como hemos vivido la ciudad, sus sonidos, melodías, ruidos y silencios; los olores y sabores de los platos que hemos comido en sus cocinas y las bebidas que nos han servido en sus bares, o las esperiencias qu ehemos tenido de esa ciudad desde nuestras casas; las texturas, dureza, suavidad, tersura de todo lo que hemos tocado, incluidos los cuerpos, los colores de la ropa, de los edificios, de la piel, labios, ojos de la gente que la habita, las palabras de amor, odio o indiferencia que nos han dicho o hemos oído de boca de sus habitantes, etc), con la experiencia lejana, aquella en la que todos los otros sentidos con excepción de la vista dejan de ser importantes. Y cuando uno realiza ese contraste, cuando compara una cosa con la otra, inevitablemente uno produce un juicio. Y puede ser que aquello que se ve desde lejos case (calce, sea congruente, consistente) con lo vivido de cerca o que, por el contrario, sea disonante. Llamo aprobación a esa sensación de semejanza, de equivalencia entre las dos experiencias. Es una aprobación que produce un placer que se solapa a menudo con el placer puramente estético de esa vista lejana de la ciudad.

Vistas del este y sureste de Caracas desde El Volcán, durante la tarde del 25 de febrero de 2013.

Vistas del este y sureste de Caracas desde El Volcán, durante la tarde del 25 de febrero de 2013.

II

Encuentro una equivalencia entre esa operación de aprobación que se basa en esa mirada lejana y panorámica de la ciudad y ese acto de contemplación que realiza el creador de su obra, que no es la ciudad sino el Mundo o la totalidad del Universo. Pienso ahora en el Génesis, en el acto que Dios realiza el sábado en la tarde, el sexto día de la Creación, que en Génesis 1:31 está descrito así: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.” Ese disfrute que dice la Biblia que le produce a Dios el acto de contemplar la obra que ha creado es propio de los creadores (¿Cuando crean los invidentes algo que solo pueden mirar otros, ven ellos, los creadores, su propia obra en su mente?).

Esa contemplación es una satisfacción que comparte con Dios el gobernante, que contempla sus dominios con orgullo, pero que tiene también (seguramente) el placer de saber que algo de lo que mira ha sido hecho (no solo controlado, gobernado, comandado) por él. Quizá unos jardines o unos parques, unos palacios o unos templos a los dioses de la ciudad; quizá incluso una ciudad, como las que fundan Alejandro Magno o el emperador Adriano, quienes en algún momento se deben haber detenido a contemplar esas obras desde la distancia (o quizás solo las imaginaron desde la distancia, porque, por ejemplo, Alejandría la fundó Alejandro El Grande en 331  a. C.; pero partió pronto de ella y nunca más regresó), para confirmarse a sí mismos que lo que habían hecho estaba bien hecho. Podría entonces afirmarse que el mirar es equivalente, en algunas ocasiones, a una operación de relectura de la misma obra que ya se hubo leído una vez, pero en otro lenguaje. Por ejemplo quien experimenta la cotidianidad de una ciudad de un modo tormentoso, violento, turbulento, pudiera leerla, desde la lejanía, como un lugar plácido, gracias a ese acto de contemplación. Ese contraste entre la experiencia cercana y la lejana podría tener, con el tiempo, un efecto dulcificador de la primera.

El abra del noroeste, la que permitiría mirar el mar  desde Caracas. Fotografiada la tarde del 25 de febrero de 2013.

El abra del noroeste, la que permitiría mirar el mar desde Caracas. Fotografiada la tarde del 25 de febrero de 2013.

III

Paso ahora a una mayor generalización. Afirmar que el mirar valida o modula la experiencia es equivalente a decir que el mirar (que se realiza con el sentido de la vista) puede ser importante para el hacer (la mano, porque con ella ejecuto mi experiencia o al menos simboliza el modo humanoo de abordar la experiencia). El mirar (para el que crea, para el que fabrica, para el que vive una experiencia, para el que gobierna) podría tener la función de revisar o repasar lo que se ha creado (hecho, vivido, gobernado) con el fin de construir un mejor juicio.  Es decir, sería equivalente a salir del bosque para ver mejor los árboles. Pero aquí no es solo la distancia (visión panorámica) el atributo que ayuda a que se forme este juicio superior sino que la distancia anula al resto de los sentidos e instaura una hegemonía de la vista. Cuando el Génesis nos dice que al final de cada jornada de creación, Dios miraba que lo que había hecho estaba bien hecho. Y si Dios no hubiese mirado su creación, ¿sabría que lo hecho estaba bien hecho? ¿O le quedaría alguna duda? Pero Dios es omnisciente y esa duda está descartada por principio. Aún si Dios fuese invidente, sería capaz de saber que lo que El creó estaba bien hecho. Pero el mensaje del Génesis es entonces para el hombre. Es como si la Biblia nos dijera que cuando el hombre cree (fabrique, haga en el sentido más amplio de la palabra), vale la pena que haga un alto y mire. Que recurra a su sentido de la vista y vea si lo que hizo le luce coherente y (además) bello. Lo curioso sin embargo es que la vista opera como una suerte de criterio de verificación de la calidad de la acción. Como si Dios dijera: “Mira siempre lo que hiciste durante el día. Revisa. Repasa. Recuerda lo que hiciste; trata de visualizarlo, y piensa al mirar de nuevo en tu memoria, si eso que hiciste estaba bien hecho. Fórmate un juicio. Usa la vista para revisar el pasado. Que es equivalente a un desandar, a un recorrer de nuevo. Y lo más curioso de todo es que al principio, en Dios está Logos, la palabra, pero en el hombre, está la imagen, o una idea de esa imagen, que el hombre prefigura en su imaginación (sin duda en el poeta, que es casi siempre visionario, y en el profeta, en el principio está la imagen). De modo que ese mirar lejano pudiera no ser otra cosa que un cotejar entre aquella idea primigenia, esa imagen tenue de lo que se quiere hacer, esa imagen que anticipa lo que se va a hacer y lo realmente hecho. Y esto que se dice del hacer es válido también para el vivir. Se prefiguran una vida, un viaje o un proyecto, y luego, una vez que se ha vivido la vida, realizado el viaje, ejecutado el proyecto, se los mira desde la distancia. Y así se cierra un ciclo que comienza con una imagen y termina con una imagen. Comienza con un mirar lo que está dentro gracias a la imaginación y termina con un mirar lo que el creador ha sacado afuera, con su capacidad de fabricar o hacer.

El abra del noroeste, con nubes al atardecer.

El abra del noroeste, con nubes al atardecer.

IV

Recuerdo ese pasaje en la Insoportable Levedad del Ser, del escritor checo Milan Kundera, cuando Teresa asciende caminando lentamente por la ladera de la colina de Petrín hasta la cima; y al llegar mira hacia abajo la fila de santos que descansa en el Puente de Carlos y se recuerda a sí misma que Praga es la ciudad más bella del mundo. Recuerdo cuando viví en Londres, hace más de 10 años. Vivía en una casita vecina a Lions Gate, una de las puertas de Kew Gardens,los fantásticos jardines botánicos de Londres, que además estaba a pocas cuadras de otro parque,Richmond Park. En ese parque hay una colina a la que solía llegar en bicicleta desde mi casa,  y  desde ella, en días claros podía ver la cúpula de la Iglesia de Saint Paul y otros hitos de Londres. Es maravilloso saber que ésa es una vista protegida, lo que significa que nadie puede construir ningún edificio que le impida a un observador parado en esa colina divisar la cúpula de esa iglesia. Y al pensar en la noción de vista protegida, pienso en que la contemplación es sin duda un acto civilizatorio, así como un indicador de civilidad. Mirar la ciudad desde lo alto, es también lo que uno hace al llegar a París, subiendo por ejemplo a la torre Eiffel y mirando alrededor. Viendo a los cuatro puntos cardinales e imaginandp cómo sería esa ciudad cuyos límites casi que divisas, si la miraras desde muy alto con una vista cenital.

V

El deseo de mirar Caracas desde un punto de vista elevado (como las alturas de la subida hacia el Volcán) también nos asalta ocasionalmente a quienes vivimos en Caracas, donde es mucho más fácil que en ciudades planas tener una idea de hasta dónde llega la ciudad. Pero a veces no es ese límite externo lo que uno quiere ver sino simplemente ampliar el horizonte. Por ejemplo, quizás el que sube hacia la cima de El Volcán busca contemplar la ciudad desde un sitio elevado para comprobar si, mirando hacia esa abra situada en el noroeste de Caracas, ahí donde declina hasta un mínimo la  elevación de las cimas más occidentales del Ávila, puede divisar el mar.

Yo mismo he tratado de divisar la línea del horizonte marino mirando hacia en el sentido señalado los días en que el aire es más transparente y no he logrado ver el horizonte. Aunque sé que esta ahí. Quizás está situado un poco más abajo del punto virtual donde lo busco con la mirada. Quizás está situado en un punto que no podría divisar desde la altura y lugar en que estoy parado por culpa de la redondez de la Tierra. Pero igual insisto. Persevero en mi intento. Construyo un nuevo argumento para explicarme por qué no logré ver el mar o al menos el horizonte la vez anterior para regresar con nuevas ganas la vez siguiente. Tengo la esperanza de ver esa línea del horizonte algún día. E imaginar el resto de esa superficie azul de la que el horizonte es el límite, que sé que tendría un tono de azul o de verde que, mirado desde esta distancia, todavía no puedo anticipar.

Vista panorámica de Caracas desde El Volcán

Vista panorámica de Caracas desde El Volcán

VI

Una de las conclusiones que saco de las reflexiones anteriores es que el mirar desde lejos puede tener un efecto civilizatorio por ese mecanismo de adecuación de lo que se contempla desde lejos con lo que se vive de cerca; es decir, por ese mecanismo que busca casar lo sublime y casi silencioso de una visión de la ciudad desde la lejanía con la intensidad y riqueza multisensorial de la experiencia cercana, cotidiana, intensa y violenta que todos tenemos de una metrópolis como Caracas. Mantengo esta idea aún si ese personaje de J.M Coetzee en Tierras de Poniente, el colono boer Jacobus Coetzee, sostiene lo contrario: que el acto de mirar a lo lejos en la vasta soledad del desierto, al haber eliminado de la experiencia el resto de los sentidos, puede propiciar y legitimar el crimen y la barbarie.

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El Volcán 2, La Virgen

Subiendo hacia el Volcán, hay tres antiguos pinos que han resistido sequías, otros rigores del clima e incendios. Como si se quisieran proteger el uno al otro, se mantienen ahí, como tratando de parecer inermes al paso de los años. Sobre la corteza de uno de esos pinos hay una imagen de un Virgen y el Niño. Ignoro quién o cuándo fue hecha esa talla. Uno la ve hoy y puede apreciar que el tallista fue aplicado y la hizo con amor. El último incendio fuerte no tocó el rostro de esta Virgen. Pero lo que no destruyó el fuego pareciera que a un ritmo lento pero inexorable carcome la polilla. Y así,  cada mes esta imagen está más delgada. Pienso si es esta Virgen la que alguien quiso tallar en homenaje al nombre de la selva nublada aledaña llamada el Bosque de la Virgen. Sea una Virgen o una diosa de este cerro que invisible protege a los que pasean por esta colina mistica, sería fantástico que a un nuevo tallista se le ocurriese hacer una nueva imagen, una interpretación libre de la imagen anterior, o de lo que cree es la forma de esta dama que cuida este cerro. Comparto unas vista de esta hermosa aunque ya maltrecha Virgen para disfrute de mis lectores.

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Virgen del Volcán. Foto tomada en mayo de 2012, a eso de las 4 pm.

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Virgen del Volcán. ¿Es Eli el nombre de quien talló esta Virgen? Es esa figura circular parte de la imagen de la Virgen? Esta foto fue tomada el mismo dia que la anterior.

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En esta imagen, tomada en enero de 2013, se aprecia mejor la figura circular ubicada en el lado superior derecho. Parece un ángel rezando.

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Ramos de flores dejados como ofrenda o pago de promesas a la Virgen del Volcán. Foto tomada en febrero de 2013.

El Volcán 1, sol y sombras sobre Caracas

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En una ocasión en que conversaba con Piero Maria Castiglioni, arquitecto italiano (sobrino de los famosos Achille y Pier Giacomo Castiglioni, quienes  diseñaron la icónica lámpara <em>Arco</em> en 1962), experto en iluminación, que estaba de visita en Caracas (publicamos una nota sobre él en la edición19 de la revista GP), éste me decía que el bosque era el lugar en el que la iluminación era ideal. “Es la luz que encuentro más bella para el hombre; porque en el bosque hay fuertes contrastes, no hay homogeneidad, hay un contrapunteo entre luces y sombras. Y es que la homogeneidad es un sinónimo de monotonía, y ésta genera ansiedad y no tranquilidad”. Desde la subida hacia el Volcán, colina situada en el sureste de Caracas, en el municipio El Hatillo, se puede disfrutar de una de las mejores vistas de Caracas. Y lo que actúa como complemento perfecto de esta vista de la ciudad es que uno puede admirar la belleza siempre cambiante del cerro El Ávila, montaña que se erige a lo largo del lindero norte de Caracas como una muralla protectora contra los eventos climáticos extremos (en ocasiones, a alguna hora del atardecer, he creído distinguir en el contorno de esta montaña la forma de una mujer embarazada que se apresta a parir, en otros momentos más prosaicos y lúdicos, el contorno del cerro me ha recordado a aquella boa de El Principito que se había devorado a un elefante). Pero así como el contorno de la montaña puede ser: boa, madre o incluso águila a punto de alzar el vuelo, las faldas de la montaña no son menos cambiantes. Cambian sus colores a lo largo del día y según avanza el año (por ejemplo, porque florece el capín melao, una de las gramíneas más conspicuas que crecen en las colinas que rodean a la ciudad); dibujan sus sombras figuras fantasmales que mutan a lo largo del dia, creando la ilusión de que sobrevolaran leves sobre los valles y ensenadas que definen el relieve de esas laderas, es el efecto de una luz del sol (cuyo ángulo de incidencia varía a lo largo del día) modulada por las nubes.

Sin embargo, sé que este aspecto proteico de El Ávila es de muchos conocida. Basta mirar la diversidad de versiones que han hecho de este cerro los pintores que lo han retratado obsesivamente (desde Cabré a Campos Biscardi). Este aspecto se aprecia muy bien desde El Volcán, pero también se puede apreciar desde otros sitios de Caracas. En cambio, solo desde esta colina, y otras contadas colinas con una altura comparable a El Volcán, localizadas en el sureste de la ciudad (porque agregan a la vista que te ofrecen de Caracas la vista mágica del Ávila), es posible recorrer con un rápido giro horizontal de la vista la casi totalidad de la longitud de Caracas, que ha crecido desde su centro original en lo que es hoy el Casco Antiguo, principalmente hacia los extremos occidental y oriental. Y al ver la ciudad puede uno descubrir que en esos días nublados la iluminación que recibe la ciudad está lejos de ser homogénea.

Hice referencia a Castiglioni y su idea de la iluminación que produce la luz del sol al filtrarse a través de la canopia del bosque, creando esa distribución siempre cambiante y poco predecible de luces y sombras (éstas últimas se pueden mover continuamente por efecto del viento), porque las nubes, cuando cubren irregularmente la ciudad, y no son totalmente compactas, pueden actuar de un modo análogo a como lo hace la canopia en el bosque y crea runa iluminación heterogénea, parcelada, sobre la ciudad. Y así, uno puede encontrar al mirar la ciudad algunas  áreas perfectamente delimitadas que parecen haber sido iluminadas teatral y dramáticamente. Y de tal manera se enfocan esos haces de luz solar sobre algunas áreas de la ciudad, que al mirarlas se tiene la impresión de estar viendo el escenario de un teatro.E incluso uno espera que de las ventanas de las casas y edificios (encima de los cuales caen los rayos del sol por hoyos que se forman en las nubes) asomen la cara o el torso completo alguno de sus ocupantes y declamen un poema de Eugenio Montejo. Uno podría igual esperar ver la representación de la escena final de Doña Bárbara en la terraza de uno de los edificios enigmáticamente iluminados. Y es que esta luz filtrada por la <em>canopia</em> (techo) de nubes de la ciudad parcialmente nublada, convierte a áreas seleccionadas de la ciudad en escenarios, crea actos, que forman parte de historias que todos o nadie han escrito. En esto reside parte de la belleza de esta luz azarosamente distribuida sobre la ciudad. Es literaria, plástica, dramática o incluso trágica. Pero siempre hermosa.

O pudiera ser mística. E interpretar nosotros estas luces enfocadas en parcelas delimitadas, como alegoría de los actos de un Dios cuya lógica nunca la comprenderemos pero que sabemos que para mantener el balance en el mundo, Éste hace sombra sobre unos y sobre otros hace la luz, de un modo semejante a como rigen las Parcas el destino de los hombres, como eligen éstas el lugar y hora de de su muerte.

Y aquí abajo comparto alguna vistas de esta serie de escenarios teatrales que edifican para nosotros las nubes y el sol sobre la ciudad.

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Esta foto tomada el 28 de febrero de 2013, muestra ese modo sinuoso como el sol baña algunas áreas de Petare y otros sectores populares del municipio Sucre, ubicado en el extremo este de la ciudad.

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La foto muestra una parte del municipio Chacao. LO que le da ese carácter tenebroso es la penumbra en que se ecuentran las laderas de la montaña, presumo que por un cúmulo de nubes en él área centro norte de la ciudad, y el contraste de esa oscuridad con la luz que baña los edificios.

La foto muestra una parte del municipio Sucre. Lo  que le da ese carácter tenebroso a la imagen son los contrastes entre, por un lado, la penumbra en que se encuentran las laderas de El Ávila oscurecidas por densas nubes justo arriba, en él nordeste de la ciudad junto al cerro, y por el otro,  la intensa luz solar que baña los edificios.

En esta imagen lo que se ve desde El Volcán, mirando casi perpendicularmente, es parte del municpio Chacao. Son conspicuos la serie de edificios masivos entre Parque Cristal y el Caracas Palace en Altamira, que conformanun límite inferior al casco de edificios de este municipio. Aquí no hay gran heterogeneidad porque ese dia no estaba particularmente nublado. De hecho las laderas de El Ávila se disitnguen bien en su relieve. Esta foto no sigue el patrón del resto. Pero me pareció interesante y la incluí.

En esta imagen lo que se ve desde El Volcán, mirando casi perpendicularmente, es parte del municipio Chacao. Es conspicua la fila de edificios masivos entre Parque Cristal, en Los Palos Grandes, y el Caracas Palace, en Altamira, que conforman un límite inferior (por el sur del municipio Chacao) de los edificios de este municipio. En la foto no veo gran heterogeneidad en la iluminación porque ese dia no estaba nublado. De hecho las laderas de El Ávila se disitnguen bien en su relieve. Aunque la foto no sigue el patrón del resto, me pareció interesante y la incluí.

Bucare de La Guairita

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Hay muchos bucares (Erythrina poeppigiana) en el municipio Baruta, en El Hatillo, y en las zonas vecinas. Y en esta sequía que ha vuelto a traer la calima al aire de Caracas, algunos árboles han florecido con una lujuria cruel cuya belleza llega a producirles dolor a algunos espectadores. Lo insólito son los lugares que escogen estos árboles para crecer y florecer de ese modo espléndido y generoso. Estás manejando tu carro y de repente, a la vuelta de una curva, inesperadamente, aparece una mancha, amarilla y maciza como la del araguaney que he retratado en múltiples ocasiones en años pasados, o como la de otros araguaneyes; o una mancha naranja, que en casos como los de este bucare que crece frente a la quebrada de la Guairita, cerca de una valla que publicita a Puma (diagonal a la entrada a Coracrevi), el tono es intenso, y la mancha, dibujada por la frondosidad de este especimen, literalmente asalta al conductor (hay muy pocos peatones cerca del árbol) y alcanza a provocar sobresaltos. Una amiga mía me contó que, hace un par de días, cuando se topó con este árbol, le salió del alma hablarle al árbol,  decirle que era bello en voz alta, luego de haber frenado su carro un poco, para mirarlo mejor, como en el cuento. No hay muchas más palabras que se puedan agregar. Su belleza habla sola. Manchas de color las de todos estos árboles que pintan juntas un cuadro conceptual que solo podría mirarse cenitalmente si todos los árboles de flores de esta ciudad florecieran simultáneamente y un fotógrafo con una cámara, desde un helicóptero, los retratara. Araguaneyes, bucares, guayacanes, tulipanes africanos, apamates, jacarandás, chaparros, entre otros. Esta suerte de pinceladas de colores intensos e inesperados que ha arrojado sobre la ciudad el azar, y la gente, forman parte de la colección de detalles que nos retienen, que nos atan a esta ciudad. Y aquí abajo, otras vistas de este mismo árbol.

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