El ruido de las cosas al caer, Historias del reino y el exilio

“Hay un grito entrecortado o algo que se parece a un grito. Hay un ruido que no logro, que nunca he logrado identificar: “un ruido que no es humano o es más que humano, el ruido de las vidas que se extinguen pero también el ruido de los materiales que se rompen. Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha“.
(p. 83).

Hay una melancolía de fondo en esta novela de múltiples capas, que la he querido leer como una versión contemporánea de la historia de la expulsión del hombre del Paraíso y su consecuente e irreversible caída en el mundo en que vivimos, donde nos tenemos que ganar el pan con el sudor de la frente. Una caída por otra parte que ha estado asociada con la pérdida de la inocencia (por haber comido del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal).

¿De cuántos de los protagonistas de la novela podríamos decir lo que le dice Elaine Fritts, la mujer de Ricardo Laverde, a su hija Maya, cuando ella se entera de que su padre, a quien creía muerto años atrás, todavía estaba vivo: “que todos eran unos inocentes (p. 247)”?. Elaine recurría a esta frase para defender a Ricardo, su gran amor, del juicio severo de una hija dolida que sólo lo había conocido cuando era una niña y que se resisitía a reencontrarse con él.

Quizás es cierto que allá por los setenta, cuando todo comenzó, muchos eran unos inocentes. Quizás es cierto que ninguno de esos chicos que (como Mike Barbieri, el amigo de Ricardo y de Elaine) trabajaban como voluntarios en agencias norteamericanas que buscaban mejorar la calidad de vida de los campesinos en Colombia y otroas países suramericanos, y que promovieron con su rebeldía, sus ideas utópicas, su idealismo hippie, el arranque de ese negocio (que en poco tiempo se convertiría en ese entramado de carteles de narcotraficantes que tantas vidas han destruido) se detuvieron a analizar las consecuencias de mediano y largo plazo de aquello que fomentaban o, al menos, no censuraban. Por culpa de esa miopía, el tráfico de drogas se convirtió muy rápido en un negocio abominable dirigido por gente mala, codiciosa e inclemente como Pablo Escobar, capo que dirigía un negocio que para existir o crecer dependía de la extorsión, del asesinato, del terror y de la corrupción de gente honesta.

El escritor bogotano Juan Gabriel Vásquez, en esta novela que obtuvo el premio Alfaguara 2011, pone de telón de fondo de múltiples historias de caída, la historia del ascenso vertiginoso y la estrepitosa caída de Pablo Escobar y, en general, del negocio del narcotráfico en Colombia. Pero el narcotráfico no es un telón de fondo pasivo. De una manera u otra, forma parte escencial de todas las historias de la novela tal como sucedía durante esos años con la vida real. Porque a semejanza de lo que hace la guerra, el narcotráfico colombiano durante los años de auge, durante esa época dorada en que un capo como Pablo Escobar podía construir un fantástico zoológico (cuyas ruinas visitan hacia el final de la novela el narrador, Antonio Yammara y Maya), fue una de esas realidades que exudaba una violencia ubicua que parecía que estuviera en el aire, una violencia que la respiraban los colombianos dentro y fuera de sus hogares, y que los hacía huir de los lugares públicos buscando el cobijo de los hogares. Así de desmesurada era la capacidad de esa violencia de minar las vidas de todos y cada uno de los colombianos que no eligieron el exilio.

Hay también un entramado transgeneracional de sincronicidades fatídicas en la novela. Como esa relación tortuosa de la familia Laverde con los aviones que, si uno lee alegóricamente, pudiera interpretar como un recurrente intento fallido de los miembros de esa familia, que son también los miembros de tantas otras familias colombianas y suramericanas, de subir y salir del nudo de restricciones que la pobreza les impone a sus vidas. Esfuerzo persistente y recurrente, generación tras generación, para ascender, llegar hasta las alturas. Para solo lograrlo por momentos, porque no saben cómo quedarse allá arriba, en el éxito o en la gloria. Lo que convierte a ese esfuerzo, a la larga, en el fracaso y, a veces, también, en tragedia.

Y así, se suceden una tras otra en la novela, historias trágicas relacionadas con aviones que súbitamente caen con consecuencias trágicas que dejan recuerdos indelebles y dolorosos. Está la historia del accidente del avión en la Tragedia de Santa Ana, del que fue testigo y afortunado sobreviviente Julio, el padre de Ricardo. Este accidente marca al primero de por vida con la cicatriz que le produce el aceite hirviendo que le saltó en el rostro, justo cuando el avión que observaban padre e hijo explotó en el aire, tan cerca de él, matando a ese piloto a quien tanto admiraban ambos.

Está también ese otro accidente en el que muere Elaine, el gran amor de Ricardo, de quien al final solo le queda a Ricardo (y luego a Antonio y a Maya, a quienes llega por caminos diferentes) el casette con la caja negra del vuelo 965, donde están grabados los últimos minutos de la conversación entre el capitán y el copiloto. Y es sorprendente cómo el escritor nos hace escuchar o imaginar el ruido de la tragedia (la novela toda es sonora, auditiva, traduce el dolor, la tragedia, en ruidos). Accidente que además es trágico porque en el vuelo 965 viajaba Elaine, la esposa de Ricardo, con quien éste se iba a reunir después de tantos años de haberse separado. Es la misma caja negra que luego escucha con estremecimiento y estupor Antonio. Experiencia que lo conecta inmediatamente con el dolor que sintió Ricardo la primera vez que la escuchó: “La grabación tuvo, además, la virtud de modificar el pasado, pues el llanto de Laverde ya no era el mismo, no podía ser el mismo que yo había presenciado en la Casa de la Poesía: ahora tenía una densidad de la que antes había carecido, debido al hecho simple de que yo había escuchado lo que él, sentado en aquel sofá de cuero mullido, escuchó esa tarde. La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos” (pp 84- 85).

Y a propósito de ese acto-y comento esto a modo de paréntesis en esta lista de experiencias trágicas con aviones- quiero distinguir entre esta conexión empática automática con visos de epifanía que relaciona a Ricardo y Antonio y la célebre experiencia epifánica de la magdalena sumergida en el tilo que describe el narrador de A la recherche du temps perdu, en el primer volumen de la heptalogía de Marcel Proust. Sin tener la mínima intención de comparar la calidad moral de estas dos experiencias, pienso que el segundo es un fenómeno circunscrito alrededor del ego, que funciona como conector automático entre aquel yo que somos en el presente con aquel yo que fuimos en el pasado. Es decir, constituye una experiencia esencial a la ilusión de que somos el mismo a lo largo del tiempo (la ilusión de la identidad). En cambio, la epifanía que se produce en Antonio al escuchar el casete que antes había escuchado Ricardo crea una conexión no menos fuerte con un otro, con un yo distinto de nosotros (que es la experiencia más pura de la empatía), con un otro que apenas conocemos o del cual ignoramos mucho. En esa frase final de ese párrafo, en la que Antonio define la experiencia como la simpatía hacia los dolores ajenos, Vásquez parafrasea la frase de Terencio que construye la solidaridad y empatía con el género humano: Soy hombre, nada de lo que sea humano me es ajeno (Homo sum; humani nihil a me alienum puto). En esta novela, esta epifanía auditiva (escucho lo que otro escuchó y logro sentir, súbitamente, lo que otro sintió) engendra la obsesión de Antonio por conocer el resto de la historia de Ricardo Laverde. Esta epifanía es el punto a partir del cual se desarrolla convolutamente la historia.

Y está la historia trágica relacionada con el inocultable talento de Ricardo para pilotear aviones. Un talento que en otras circunstancias, en otro tiempo y país, le hubieran permitido llegar a ser el feliz marido de Elaine y amoroso padre de Maya. Pero las circunstancias reales conspiran contra sus sueños. Le crean la ilusión de que puede hacer realidad sus sueños cuando la verdad es todo lo contrario. Y de este modo, para Ricardo, los aviones siempre fueron un vehículo de doble filo, que pudieron haberlo llevado hasta lo más alto, pero también, según reflexionamos los lectores al conocer el destino de Ricardo, un vehículo que lo podía conducir a la perdición, a la prisión, o a una muerte producida por despiadados sicarios. Porque originalmente el avión era un vehículo idóneo para la redención de los soñadores como Ricardo. Pero en los tiempos en que Colombia había sido tomada por el narcotráfico y la violencia, los aviones fueron secuestrados por ese negocio que encarna el Mal. Y así el ser un soñador y un hábil piloto fueron la condena de Ricardo.

La novela es también la historia de tres amores y una amistad. Del amor largo, tortuoso, y hermoso, persitente y desencontrado, de Ricardo por Elaine Fritts, la joven voluntaria que había llegado a Colombia para trabajar en el Peace Corps. Este es un amor que es recíproco y correspondido como suelen serlo esta clase amores. Del amor de Antonio por su esposa Aura y su hija Leticia, quienes soportan con gran paciencia (uno siente que hasta el límite de la paciencia) las secuelas del trauma que le ha producido a Antonio el hecho de haber sufrido él también las consecuencias de encontrarse en el lugar y tiempo incorrectos. Consecuencias que por mero azar, conducen a Ricardo al único puente que pudo haberlo vinculado con Maya, la hija de Ricardo y Elaine, quien le cuenta la parte de la historia de Ricardo que éste no tuvo posibilidad (o ganas o tiempo) de contar. Tiempo de narración que para Ricardo y Maya es también un tiempo, quizás muy breve, para encontrarse, para conocerse, y para amarse a su manera.

Y, cómo dejar de lado, la amistad, breve, de pocas palabras, pero construida seguramente sobre alguna empatía profunda que ambos intuían sin nombrarla, entre Ricardo y Antonio. Ricardo como alguien que no es lo que parece. Y el reto que plantea la intuición de que, detrás del silencio y del hombre que recien conoces hay palabras, sentimientos y una larga historia. Porque para Antonio, Ricardo fue desde el comienzo un enigma: “Este hombre no ha sido siempre este hombre. Este hombre era otro hombre antes” (p. 29). Y esta idea configura a la novela, también como la historia sobre cómo se puede conocer la historia de un amigo incluso después de que él ya no se encuentre a tu lado para contártela. Y cómo al conocer su historia, puedes recordar mejor a tu amigo, un poco como recordará el piloto a su amigo El principito cuando éste ya se haya marchado de regreso a su asteroide. Iría entonces más allá y hablaría de ese compromiso que adquieren los amigos cuando se quieren sentir sinceramente amigos, de conocer la historia del otro. Y cierro con esta idea del compromiso por conocer las historias de los otros, de aquellos a quienes amamos aunque conozcamos de ellos apenas fragmentos muy cortos de sus vidas, como una alegoría del camino que debe tomar una sociedad que ha estado permeada por la violencia, para reunirse con el otro, con los semejantes y los diferentes.

Hace memorable a esta novela esta trama narrativa de múltiples capas, que está como empujada, por así decirlo, por el deseo persistente y obsesivo de Antonio de reconstruir la historia de Ricardo, el amigo al que ha perdido irremediablemente; pero también el amigo con el que ha quedado conectado de por vida, entre otras cosas, por una cicatrtiz que no se borrará de su piel, y por una historia que difícilmente olvidará.

El otro proceso de Kafka, El amor, la ficción, la cita en Marienbad

Franz Kafka y Felice Bauer

La clase de indagaciones de la crítica literaria que más interesa a los lectores es la que investiga las fuentes de inspiración de obras maestras. Como si el lector pudiera, gracias a la ayuda del crítico, comprender cómo el escritor convierte su experiencia, la de aquellos que lo rodean, y todo lo que lee, siente, piensa o imagina, en ficción. No cabe duda de que esta expectativa es ilusoria. La máquina que se oculta en el interior de esa caja negra que es el alma o corazón de un gran escritor, no se nos revela fácilmente a los lectores o a los críticos. Quizás porque no es una máquina sino algo más sutil lo que fabrica la ficción. Pero si existiera tal máquina, deberíamos suponer que en Kafka ésta sería retorcida, sinuosa y meándrica en su arquitectura interna o en su diseño externo, porque nada en este escritor era directo, simple o lineal. Así como él narraba historias plagadas de recurrentes idas y venidas con rizos dramáticos, que mostraban el absurdo al que podía llevarnos una combinación de razón burocrática y poder, su vida y sus reflexiones se asemejan formalmente a esas historias. Andaba un trecho, luego desandaba ese trecho porque sufría un ataque de pánico. Luego se armaba de valor y volvía a caminar hacia adelante solo para darse cuenta de que debió avanzar más lentamente, o no avanzar del todo, y entonces se saboteaba porque carecía del valor para deshacer por segunda vez lo que ahora percibía como compromiso ineludible. Esta secuencia general podría describir un segmento de su historia de amor con Felice Bauer. Podría también describir decenas de otros momentos de la vida de Kafka que, a semejanza de un fractal, mostraba una impresionante autosimilitud en su lógica interna, pues ciclos como el descrito podían durar desde pocos minutos hasta varios años.

La obra que revisamos aquí, El otro proceso de Kafka, fue escrita por Elías Canetti, escritor y crítico literario nacido en Rustschuck, actual Bulgaria, en 1905, y quien es conocido principalmente por su ensayo Masa y Poder por sus extensos diarios. En El otro proceso de Kafka, Canetti analiza la gestación de algunas obras de Kafka mediante un proceso que tiene mucho de empatía. Luego de dedicar veinte años a escribir sobre el Poder, Canetti había desarrollado una sensibilidad muy particular, no sólo para detectarlo bajo sus múltiples rostros, sino también para reconocer esa misma sensibilidad en un maestro como el checo Franz Kafka, autor de obras como El Proceso, La metamorfosis entre otras.

Canetti sostiene que la lectura del corpus de 750 páginas que constituyen las cartas que Kafka le escribe a su novia Felice Bauer, entre los años 1912 y 1917, así como el proceso legal y público, que tuvo lugar el 12 de julio de 1914 en el Hotel Askanischer Hof de Berlín, y que tuvo como resultado la disolución del compromiso que había asumido Kafka con Felice, fueron el semillero y fuente de inspiración más probables de las obras mencionadas y de otras más.

Encuentro con Felice Bauer

Kafla conoce a Felice el 13 de agosto de 1912 en casa de su amigo Max Brod (el mismo al que le pide como último deseo que queme sus manuscritos cuando muera, petición que Brod afortunadamente fue incapaz de cumplir). Desde el 20 de septiembre de 1912, fecha de la que data su primera carta a Felice, Kafka comienza a escribirle a su novia una avalancha de cartas en las que hace gala de su capacidad para la observación y para retener hasta el mínimo detalle de una escena. Había fijado en su memoria, de su primer encuentro con Felice, una impresionante variedad de detalles: del mobiliario, de la ropa de Felice, de lo que ella dijo e hizo aquella noche. Y esto se lo cuenta en sus primeras cartas. Era su forma de decirle que ella le había impresionado profundamente. Pero además, desde temprano comienza Kafka a hacer un inventario, muy detallado también, de sus propios defectos. Y en esto resulta ser muy acucioso, como para no dejar ningún aspecto de su personalidad sin describirla negativamente.

Una mente en extremo prolífica

No obstante la aparente construcción racional de sus novelas, en las que presenta un mundo desencantado, frío, e invadido por los laberintos que crean las burocracias, metáforas reticuladas del poder y espejos enjaulados de la razón, Canetti nos muestra que Kafka era contradictorio y que podía quedar paralizado analizando las múltipless posibilidades discursivas o existenciales que le planteaba la vida. Vivir lo agotaba porque su cerebro producía infinitas alternativas a cada paso que daba en una dirección determinada. Caminos alternos que solo recorría en su desbordada imaginación. Pero ese estado de actividad mental eléctrica en que vivía, se relajaba cuando escribía. Porque al no ser un hombre de acción, la escritura lo salvaba del quietismo; era el único modo que conocía de avanzar, invalidando una multiplicidad de alternativas y elegiendo solo una. Le era más fácil decidir la próxima palabra en un texto que el siguiente acto en su vida.

De modo que tratar de comprender a Kafka puede ser agotador. Por ejemplo, una posible causa de la descripción negativa que hace de él mismo a Felice podría ser su inseguridad extrema, quizás originada por una atroz falta de autoestima. Pero también es posible que él le dijera todo lo negativo que le dijo en sus cartas a ella, para poner a prueba su amor. Mostrarle a Felice su peor cara para que, si luego de esa descripción de cuán horrible, débil y frágil era él, ella se atrevía a amarlo, no alegara ella después que no sabía a quién estaba amando o, escenario que era más remoto, con quién se había casado. Una tercera causa posible de esa conducta es que al hablar negativamente de él mismo, Kafka se estuviera cubriendo contra un futuro abandono por parte de Felice. Si ella lo dejaba, no sería por su escasa valía sino por el retrato tan negativo que él había hecho de él mismo con sus palabras. De este modo, al dolor de una presunta pérdida (que ella lo abandonara), él no tendría que sumarle la verificación de la hipótesis que tanto temía: que él no tenía la capacidad física para atraer o retener a una mujer como Felice, a la que él amara. Cabe también pensar que aunque Kafka necesitaba a una mujer a quien él pudiera amar y al hacerlo encontrar una oportunidad para expresar (en lo literario porque le aterraba el contacto físico) esa energía exuberante que tenía acumulada dentro de sí (y para la que no siempre encontraba un vehículo de salida), tenía pavor a convivir con una mujer. En realidad tenía pavor a la convivencia con cualquier otro ser humano. Y no porque fuera un hombre que careciese de deseo o de líbido. Sino por temor a que la presencia de una mujer a la que amaba como a Felice le distrajese o impidiese lograr su proyecto de vida. Quizás le aterrorizaba pensar que su amada se hiciera carne. Le era suficiente con que ella fuese el destinatario de una carta, alguien a quien él pudiera imaginar, con quien pudiera soñar. Pero le horrorizaba que esa mujer fuera cuerpo, alguien que se acercara tanto a su vida que él tuviera que ajustar sus hábitos a los de ella. Que él tuviera que perder aunque fuese una fracción mínima de su libertad. Todas y ninguna de estas hipótesis son válidas.

Axel y Kafka

Ese desdén de Kafka por vivir su amor en carne y hueso parece revelar un desdén por la vida. Me recuerda al personaje de Auguste Villiers de L´Isle Adam, en el poema Axel, donde Axel y Sara se enamoran a primera vista. Ambos ignoran la cadena de improbables sincronicidades que han precedido a su encuentro en los sótanos del castillo, y que de algún modo sugiere un destino común. Apenas comienzan a hablar de lo maravillosa que podría ser la vida común, con el tesoro que descubren oculto en ese castillo, se dan cuenta de que múltiples factores podría empañar la belleza de sus sueños más gloriosos. Y deciden beber la cicuta al amanecer; prefieren no vivir. Y el verso que recuerda ese deseo de preferir la breve pero hiperintensa anticipación imaginada de la vida a la experiencia de la vida: “Vivre? les serviteurs feront cela pour nous“. Encuentro en Kafka joven algo de este personaje. Un retirarse de la vida, pero no para morir sino para vivir y crear en la literatura.

Kafka y la descorporeización de su amada

Se destaca de la lectura critica que hace Canetti de las cartas a Felice el modo indirecto y aparentemente poco racional que tenía Kafka de actuar en la vida. Por ejemplo, solemos creer que escribimos cartas a nuestra amada, no solamente para que la distancia, espacial o emocional que nos separa de ella, se acorte. Sino también y sobretodo, para que ella, que no está a nuestro lado, y cuyo vacío sentimos profundamente y nos duele en el alma, se haga cuerpo, carne, piel; calor, sudor, humores, olores. Como para sentirla más cerca al cerrar los ojos y pensar en ella. Pero nada de eso ocurre con Kafka, quien le escribe obsesivamente centenares de cartas a Felice mientras piensa que mediante esas cartas puede lograr la descorporeización de su novia y no lo contrario. No quiere acercarla a él, aproximar su cuerpo al de ella hasta que ambos se fundan en un abrazo literario, poético y carnal. A veces porque le avergüenza su cuerpo y piensa que éste no se merece los placeres que podría derivar de un cuerpo como el de Felice. Otras por lo que ya dijimos arriba: porque piensa que si ella está a su lado él no va a tener tiempo ni energía para dedicarse con toda su pasión a la creación literaria. O quizás porque teme que su cuerpo, tan diminuto a causa de su extrema delgadez, no sea capaz de despertar el deseo en Felice. Como si aspirara Kafka a despertar en Felice solo un deseo literario. Como si teniendo la conciencia de que no puede hacerse tan sustancioso o musculoso como desearía, pudiera ser capaz de reemplazar algo de su falta de carne por letras, por hileras viera a Kafka como un hombre más fuerte, hermoso, deseable de lo que él realmente era. Pero no aspiraba Kafka a lograr tal cosa de un modo directo sino más bien indirecto, tortuoso, y hasta retorcido y paradójico. Sus cartas parecen dirigidas a persuadir a su amada de que lo mejor es que ella no se acerque mucho a él. Y con este fin, le pone trabas a su reencuentro.

Kafka, autonomía, fobia al Poder

Canetti argumenta que la aversión de Kafka al Poder, que tenía como correlato una necesidad extrema de autonomía y libertad, lo llevaba a amar y buscar lo incorpóreo; amar lo no carnal como una estrategia para eludir el poder, hacerse invisible a su mirada vigilante, aquella que Jeremy Bentham simbolizaba en la arquitectura del Panopticon y que Michel Foucault analiza en Vigilar y castigar. Canetti resume esta lógica y filosofía de vida así: “Dado que teme al poder en cualquiera de sus manifestaciones, dado que el auténtico objetivo de su vida consiste en sustraerse al poder en cualquiera de sus formas, lo presiente, reconoce, señala o configura en todos aquellos casos en que otras personas lo aceptarían como algo natural” (p. 152).

De hecho, Canetti señala fragmentos de los diarios de Kafka escritos durante los años en que mantiene su relación con Felice, así como de cartas que le escribe a Felice, en los que habla de su extrema delgadez y de cómo esta le avergüenza de un modo extremo. Pero esa flacura avergonzante se convierte con el tiempo en la mejor estrategia para hacerse invisible de modo que el mundo no note su presencia. Canetti demuestra que Kafka aspiraba a una metamorfosis que lo llevara desde su condición de ser humano delgado pero inevitablemente visible a metamorfosearse en un insecto, un ser diminuto prácticamente invisible para quienes lo rodean. Dice Canetti de Kafka, ” A la violación que es injusta, debe uno sustraerse desapareciendo dentro de lo posible. Uno se hace muy pequeño, se transforma en insecto con el fin de ahorrarle a los demas la culpa que cargan por no amar y por vejar al prójimo; uno se desapetece de los demás, que con sus repulsivas costumbres no cesan de acosarle.”(Canetti, p. 65). Dice en otra parte Canetti: Kafka se ejercitaba en “desaparecer”: aquí se demuestra el aspecto utilitario de su delgadez, por la cual, como sabemos, sentía a menudo desprecio. Mediante la disminución física se sutraía poder a sí mismo, y de esta forma participaba menos en él: también este ascetismo estaba dirigido contra el poder
(p. 156).

Es curiosa y hasta paradójica esta estrategia de metamofosearse hasta el extremo de la desapetencia. Hacerse menos atractivo de lo que se es para que los demás no tengan que amarnos. Para no tener nosotros que esperar (en vano y dolorosamente) el amor que los demás pudieran abrigar hacia nosotros, el cual sabemos de antemano que no va a nacer en nadie porque no puede darse cuenta de que existimos. Lo que visto de otra manera, podría ser una estrategia defensiva desarrollada por Kafka que respondería al supuesto de que, si me hago tan desapetente que resulto invisible, puedo andar por el mundo con la certeza de que si llego a desear a alguna mujer no existirá la más remota posibilidad de que ella me retribuya ese deseo. Por tanto, no tengo que esperar en vano y torturarme imaginando si en efecto aquella que yo deseo o puedo desear va a retribuirme el deseo. Hablar mal de él mismo, del modo como lo hacía con tanta frecuencia, realizando esa minuciosa disección de sus defectos físicos y de carácter, lo ayudaban a reducir el dolor que le causaría escuchar de la boca de alguien que él amara que le señalara un defecto que él no hubiera identificado antes en él mismo.

Diez días juntos en Marienbad

Luego del proceso en el hotel Askanischer Hof de Berlín, que concluye con la disolución del compromiso formal de Kafka y Felice, la relación se enfría hasta alcanzar un punto de máximo distanciamiento. Pero algo queda. Kafka no era el tipo de hombre que deja que las cosas se terminen abruptamente. Y eventualmente, la relación cobra nueva energía. Durante esta nueva fase de la relación, Kafka tuvo un breve encuentro con Felice en ese entorno idílico que es el balneario de Marienbad. Había decidido pasar tres semanas en este balneario. Y en efecto, en el mes de mayo se encuentra Kafka en Marienbad. Y Canetti cita una carta que le escribe a Felice desde este lugar: “Marienbad es un lugar hermoso. Debi haber hehco caso mucho antes a mi instinto, que me dice que los más gordos son también los más inteligentes.(…), ahora la belleza está acreentada por el silencio y el vacío y por la receptividad de tod o animado e inanimado; el tiempo nublado y ventoso apenas si le resta encanto. Pienos que si yo fuera chino y tuviera que regresar de inmediato a casa (en el fondo soy chino y regreso a casa), debería tomar medidas para volver aquí en breve tiempo. Como te gustaría esto!” (p. 170).

Caneti dice que en esta postal se gestan los días felices pasados por Kafka y Felice en Marienbad. Kafka invita a Felice a que pase con él diez días en Marienbad. Y al final Felice acepta y, entre el 3 y el 13 de julio, pasan esos días juntos en Marienbad. Kafka y Felice ocuparon habitaciones contiguas en el Hotel Balmoral, en Marienbad. Al principio, las cosas no iban bien, kafka se sentía mal, con dolor de cabeza e insomnio. Pero de repente, desde el 8 hasta el 13 de julio, todo cambió para bien y la pareja pasó cinco días de felicidad. Y esta felicidad la anota Kafka en su diario con palabras precisas y medidas, pero que reflejan una alegría extrema: “Nunca había intimado con una mujer, excepto en Zuckmantel. Y luego con la chica suiza en Riva. La primera era una mujer, y yo un ignorante; la segunda una niña y yo una perfecta confusión. Con F. sólo había intimado en las cartas. Personalmente, sólo desde hace dos días. Las cosas todavía no son demasiado claras, quedan dudas. Pero qué hermoso el brillo tranquilo de sus ojos, el abrirse de la profundidad femenina”. ( p. 173). Me impresionan las palabras hermosas y delicadas con las que describe Kafka el placer carnal del amor. Me impresiona también su sutil su comprensión del carácter femenino, sobretodo que tenga esa comprensión un hombre tan encerrado en sí mismo. Es impresionante el puente que logró tender Kafka, durante esos momentos de intimidad, con el corazón de otro ser humano a quien había amado de modo tan tortuoso.

Cómo no pensar (luego de un acto que inspiró estas palabras en un escritor con la personalidad de Kafka) que Marienbad sea un lugar mágico, y que tal como argumentamos en un post anterior, pudiera abrir un portal hacia una dimensión especial, en el que, como ocurre en la película L ´Année derniere a Marienbad, dirigida por el francés Alain Resnais, uno puede estar convencido de haber amado a una mujer hermosa con la que nos hayamos topado, aún si ella insiste en que no nos conoce y hace caso omiso a nuestra insistencia en que un año antes le declaramos nuestro amor, y fuimos amantes. O incluso si además declara que tiene marido.

La mañana de la víspera de la partida de Felice de Marienbad, Kafka le escribe a su amigo Max Brod: “…he podido ver la mirada confiada de una mujer y no he podido cerrarme. (…) no tengo derecho a resistirlo, y mucho menos cuando, de no ocurrir lo que sucede, lo provocaría yo voluntariamente, sólo para volver a recibir esa mirada.(p. 173). Felice se marcha y Kafka se queda en su habitación unos días más porque la que ocupaba cuando estaba Felice se había hecho muy ruidosa. Desde ese cuarto le continua escribiendo cartas hermosas. Incluso le confiesa en sus cartas que ha engordado y comido carne, confesión que le permite a Canetti inferir que entre sus acuerdos de aquel encuentro debe haber estado incluido un pacto sobre la comida porque Kafka no comía carne y, por supuesto, prefería adelgazar a engordar por las razones ya mencionadas (son los más delgados, los más diminutos, los que poseen la mayor capacidad para eludir el Poder).

Ese encuentro marca a Marienbad como la locación de un momento especial y único en la relación de Kafka con Felice. Desde aquellos días idílicos la relación comenzó a deteriorarse. Y poco más de un año más tarde, el 16 de octubre de 1917, Kafka le escribe la última carta a Felice. Quizás al final cedió a la tentación de ser víctima de sus miedos, de sus temores a perder su libertad. O sus temores a perder su rumbo en el mundoo de la literatura.

Refrencias

Todas las referencias al ensayo provienen de: Elías Canetti, El Otro proceso de Kafka, Sobre las cartas a Felice
Elías Canetti, Muchnik Editores, 1976.

Melancholia, para pensar el apocalipsis

Cada cierto tiempo la gente tiende a pensar con más frecuencia que vive cerca del fin del mundo. Son tiempos en que cobran nuevas fuerzas los movimientos e ideas del milenarismo apocalíptico. Por ejemplo, sabemos que éstos encontraron un terreno fértil para germinar al final del Primer Milenio cuando produjeron conductas histéricas en los habitantes de varias naciones europeas. Algunas de esas ideas están inspiradas en el Apocalipsis de San Juan, donde se habla de un reinado de Cristo luego de mil años. Se supone que al cabo de ese tiempo, el diablo se escapará del abismo al que había sido arrojado, y regresará a la Tierra por un tiempo breve. Es entonces cuando Cristo regresaría una vez más para hacer justicia final.

Ahora que nos acercamos al final de la cuenta larga del Calendario Maya (cuyo ciclo total dura 26.500 años), el 21 de diciembre de 2012, pareciera como si los temores milenaristas y apocalípticos, que apenas pudieron expresarse con fuerza por parte de las masas cuando estábamos a punto de entrar en el Tercer Milenio (a propósito de eventos tan seculares, poco espirituales y poco efectivos para despertar histerias colectivas como el Y2K), hubieran recibido un nuevo aliento mediante una operación de mestizaje y crossing over religioso-cultural.

Pienso que una de los elementos que alimentan de modo concomitante, pero con más peso, las ideas apocalípticas de inspiración foránea a la cultura occidental, son algunas experiencias del hombre contemporáneo con respecto a su propia vida y la naturaleza del mundo que lo rodea. Por ejemplo, es posible que la consideración de que vivimos tiempos de cambio acelerado nos haga pensar que si no corremos a la par de los demás, nos vamos a quedar muy rezagados en esa carrera que a veces creemos que corremos junto con los de nuestra generación, para usar un término de Ortega y Gasset. Y ese apuro en la carrera nos cansa más pronto de lo deseable. Ideas apocalípticas podría también ser causadas por el hecho de que a mucha gente la vida se les ha convertido en una experiencia abrumadora, que les exige más de lo que pueden dar (más observación, más interacciones personales, más análisis, más síntesis, más interconexiones, más complejidad, mucha mayor información que procesar).

En algunas de sus versiones, el apocalipsis puede parecer una solución. Los perfiles de quienes pudieran pensar así del Apocalipsis son: 1. Los suicidas o quienes aman la muerte o que, en todo caso, aborrecen su propia vida así como la del resto de la vida sobre la Tierra y consideran el apocalipsis como camino ideal para que junto con él desaparezcan todos. El que un planeta como Melancholia haga colisión con la Tierra le alegraría, porque no tiene que pensar cómo contribuir a que se detone una Tercera Guerra Mundial que acabe con todos nosotros. Igual se alegraría si un virus letal produjese una pandemia como la descrita en Contagion (2011), la película dirigida por Steven Soderbergh sobre este tema. 2. Los puros, los que creen que se salvarán. Que un evento apocalíptico no los afectaría. Quizás porque creen pertenecer a los elegidos que proféticamente se salvarán, o porque cuentan con el poder y recursos necesarios para idear una estrategia que los proteja de la muerte. Este argumento supone un mundo postapocalíptico habitado por unos pocos, una fracción muy reducida de los que habitamos este caótico mundo en la actualidad, donde los sobrevivientes podrán modelar con más facilidad ese nuevo mundo (para una visión del postapocalipsis ver en este post la sección correspondiente. 3. La tercera clase gente que puede desear un apocalipsis son los que están convencidos de que este mundo material es ilusorio y ven el apocalipsis como un modo de desmontar esta ilusión. Uno pudiera argumentar que los gnósticos que crean que el universo físico fue creado por un Demiurgo maligno pudieran ansiar el apocalipsis al que considerarían como una herramienta para acceder a un universo no material.

La película

El polémico director danés Lars von Trier (recordemos sus declaraciones sobre su simpatía con los nazis), en su más reciente película, explora algunas de las aristas de la fantasía apocalíptica en su versión más tajante, más desgarradora, más total. Me refiero a Melancholia, una película de imágenes oníricas y surreales que narra y se aproxima al apocalipsis desde el drama personal y familiar de un pequeño grupo de personajes privilegiados, aislados del resto del mundo en un soberbio castillo rodeado de hermosos campos de golf, jardines, parques y áreas silvestres. Melancholia es el nombre de un planeta que se acerca a la Tierra. Los espectadores tenemos la certeza de que este planeta va a hacer colisión con la Tierra porque el director nos muestra imágenes de esta colisión en los primeros segundos de la película. De modo que la película es una historia de final cerrado: desde el comienzo sabemos cuál será el final. La miramos para saber cómo la historia llega al final desde ese comienzo de convite y alegría.

No importa en esta película, como sí importa en el cine de Hollywood, averiguar cómo hacen los héroes para evitar el desastre apocalíptico. Ni siquiera es importante saber quiénes se salvan de ese apocalipsis, porque ella no deja espacio, tampoco, para redentores o Mesías, puesto que no construye ese desastre natural total como el castigo de un Dios vengativo o resentido. Simplemente, nos hace pensar que la Biosfera, ese ecosistema de formidable complejidad que el Universo ha tardado miles de millones de años en confeccionar, no juega papel alguno en la combinación de azar y necesidad que rige los caprichosos y esporádicos encuentros de dos cuerpos celestes. Me pregunto si el hecho de que haya vida e inteligencia en la Tierra, ¿nos protege como especie y planeta de un desastre, o por el contrario lo propicia porque somos una clase de vida que demostró demasiadas perversiones? ¿Y si el Universo fuera ciego y sordo a nuestras reflexiones? ¿y si fuera indiferente a nuestros crímenes más horrendos, o a aquellos actos de bondad y altruismo que nos emparentan con los santos?

Al margen de nuestras expectativas, los cuerpos celestes se encuentran caprichosa y calamitosamente de un modo semejante a como los seres humanos cruzamos ocasionalmente miradas por fracciones de segundo con extraños que caminan igual que nosotros en la acera de una calle tumultuosa. Es la ciega inexorabilidad del desastre apocalíptico planteado en la película lo que elimina (de la mente de sus personajes) la idea de que le importamos al Universo o a un creador de éste y de nosotros.

Lo único que le interesa al narrador-director es mostrar cómo poco a poco, en cosa de menos de una semana, todos los protagonistas adquieren una conciencia plena de que ha llegado el fin del mundo y de que la colisión de la Tierra con Melancholia será un hecho inevitable. De modo que esta película, que se aparta de algunos preceptos de Dogma 95, invita a que el espectador contemple desde afuera cómo un grupo aislado de personajes experimenta la tragedia del fin del mundo.

La película comienza con la fiesta de boda de Justine (una intensa y hermosa Kirsten Dunst), brillante creativa de una agencia de publicidad, que contrae matrimonio con Michael (Alexander Skarsgaard). La fiesta tiene lugar en un castillo único en donde los invitados visten rigurosa etiqueta para celebrar esa fiesta en un castillo de interiores sobrios en donde todo es impecable y nada se ha dejado al azar (pero, ¿qué importaría si hubiese errores, detalles no contemplados, en fin, la introducción de este azar micro, cuando los actores se mueven sin todavia saberlo dentro de un marco de azar macrocósmico que los condena inexorablemente?)

Desde los primeros minutos apreciamos las tensiones que rodean esa celebración. La madre de Justine, interpretada por Charlotte Rampling, actriz cuya fuerza gestual ha crecido y cuyo rostro envejecido comunica con facilidad la intensidad de sus emociones es el gatillo que dispara los conflictos al hacer declaraciones fuertes y ofensivas sobre esa celebración. El padre, de carácter alegre y ligero (John Hurt), se empatiza inmediatamente con el dolor que le producen a la hija la conducta y palabras de la madre. La hermana de Justine, Claire (Charlotte Gainsbourg), sale como protectora incondicional de su hermana. Su marido, John (Kiefer Sutherland), de carácte rirascible y dominante, ha pagado esa fiesta de boda (quizás con la intención no revelada de celebrar en silencio y personalmente su liberación y la de su esposa de la dependencia de Justine de su hermana Claire). Como sin entender del todo lo que sucede en esta fiesta, está Michael, ingenuo y poco agudo para comprender la madeja de tensiones anudadas a pasiones y emociones que se gestan en esa fiesta y que tiene a su esposa como centro o nodo principal. Pero este grupo de protagonistas evoluciona. Ciertos personajes desaparecen de la historia. Otros quedan y se transforman. Los que solían ser fuertes se hacen débiles ante la inminencia del fin delmundo; lo contrario ocurrirá con quienes eran frágiles como Justine.

Es notable cómo el estilo narrativo, la locación y el uso de la música hacen referencia a la enigmática película de Alain Resnais, L´Année derniere a Marienbad (1961). Si el componente onírico de la película de Resnais nacía de la insistencia de la mujer (interpretada por la francesa de origen libanés Delphine Seyrig) que niega conocer al hombre (interpretado por el actor italiano Giorgio Albertazzi) que declara haberla conocido y tenido con ella un affaire el año anterior, a pesar de que la mujer le haya dicho que en realidad él se confunde y que ella está casada (con Sacha Pitoeff) en la película de von Trier, lo onírico nace de plantearse narrar el fin del mundo desde una perspectiva de estricto drama personal y familiar que no alcanza, ni siquiera, a incluir a los habitantes del poblado vecino al castillo, el cual es designado en varias ocasiones en conversaciones entre personajes de la película.

Hollywood no hubiera hecho nada de este modo. No es ese su estilo de narrar el fin del mundo. Y sabemos que no hubiera resistido mostrar, por lo menos, una pantalla de televisión con imágenes transmitidas por una cadena de noticias como CNN que, en breaking news, anunciara el fin de los tiempos. Y estoy seguro de que nos mostraría también rios de gente en decenas de ciudades, saqueando, lanzándose por los balcones de rascacielos o, por el contrario, arrepentidos de sus pecados, meditando sentados en posición de loto, con los ojos cerrados, concentrados en mirar ese tercer ojo interno, repitiendo la sagrada sílaba Om, esperando el fin, o el instante en que serán abducidos por Dios o por algún extraterrestres. Deseando ser los elegidos, aunque sea de un ser no divino que ha alcanzado una tecnología millones de años superior a la nuestra, lo que lo haría semejante a nuestra idea de Dios.

Pero no es ése el estilo de von Trier. Y es esto lo que le confiere carácter onírico a la película y la emparenta más con la de Resnais. Porque al concentrarse en ese grupo de personajes que han quedado aislados en ese magnífico castillo rodeado de parques y extensos campos de golf, podemos creer (y queremos creer) que lo que vemos es realmente el sueño de uno de los personajes. O podemos creer que todos los personajes, como en la historia de la Bella Durmiente, han bebido o comido algo en esa fastuosa fiesta de bodas (que concluye tan mal) que les ha producido una pesadilla colectiva. Y que ésta les hace creer que un planeta llamado Melancholia se acerca a la Tierra y va a chocar inexorablemente con ella al cabo de los próximos cinco días. Y que éste será el fin de la Tierra y de todo lo que ella contiene.

Melancholia es onírica, estética y alucinante pero no catastrófica. Presenta un ambiente de tensión creciente y escenas en las que hasta el final se mantiene el equilibrio perfecto de la fotografía, lo que desmonta a la película como apocalíptica y la reclasifica como algo distinto. A vece suno tiene la sensación de que el tiempo gradualmente se congelara; de que, con cada segundo que pasa, la Tierra estuviese más cerca del fin del mundo, y el tiempo se hiciese más lento. Hasta llegar a ese tiempo en el que nada se mueve como dice la ciencia que ocurre cuando se alcanza la temperatura teórica de cero absoluto (cero grados Kelvin). Esta sensación puede que no esté en la película. Seguramente fue un truco creado por mi deseo de que esto ocurriese. De que el Universo descubra la singularidad de la vida, su carácter único. Un modo de impedir esa colisión sin violar la inercia de la trayectoria de esos dos cuerpos celeste masivos es pensar en modificar esa categoría que Einstein demostró que era relativa. Ese congelamiento del tiempo es un modo lógico de impedir la colisión que luc einevitable entre los dos cuerpos celestes. O como si a última hora, después de todo, el Universo no fuese indiferente a la pérdida de algo tan maravilloso como es la vida. Como si el mismo Universo (que posee un alma a la que le duele la pérdida irreversible de la vida y del planeta que la contiene) impidiese esa colisión. Y el tiempo se detuviese por completo justo antes de que ocurra la colisión. Lo que crearía ununiverso extraño en uestra región del espacio-tiempo. Habitado por seres humanos, y objeto sinanimados todos inmóviles. Pero dotados con la capacidad de soñar, de moverse solamente en sueños. Y de soñar que sueñan. Y así, sin darse cuenta de que sueñan en la inminencia del fin del mundo, la humanidad y el resto de los seres de la Tierra pudieran vivir y soñar una eternidad. ¿Quién osaría despertarlos con el riesgo de que el tiempo se descongele, y el mecanismo se ponga en marcha una vez más?

Es diferente lo que ocurre en L´Annee derniere a Marienbad, donde, si forzamos un poco la lectura de las anomalías que observamos, parece haber ocurrido una colisión de dos Universos paralelos. Esa película parece diseñada de acuerdo con una lógica cuántica. Como si hubiesen dos universos paralelos asociados a esa relación de amor. En uno el hombre se encontró en el castillo con la mujer el año anterior. En el otro, ella y él no se encontraron nunca, quizás porque ella estaba casada como en efecto lo afirma. En el presente los dos universos se han entrecruzado como resultado de una colisión de universos. Quizás porque Marienbad es un portal mágico, un lugar en el que se mezclan e interpenetran promiscua y caóticamente, objetos, leyes y hechos de esos dos universos. Cada uno de ellos con lógicas internas ligeramente distintas. Por ejemplo, el tema de las sombras. En la lógica interna del universo paralelo en el que ocurrió el encuentro, pudiera ser que los cuerpos opacos no proyectan sombras. En el nuestro, sí lo hacen. Pero como la mezcla es caótica y la colisión no ha respetado la integridad de las lógicas internas de cada universo, vemos una imagen anómala con ciertos objetos con sombras y otros sin ellas.

“Cloud computing” y la pérdida de las memorias locales

(foto: Image by © Royalty-Free/Corbis)

Durante miles de años el Homo sapiens ha dejado huellas y marcas duraderas en el lugar que habita. Ese acto de dejar huellas pudiera estar asociado a conductas instintivas de defensa del territorio, comunes a múltiples especies de animales superiores como peces, aves y mamíferos. La territorialidad también está presente en algunas especies de hormigas, abejas y caracoles marinos. El deseo de dejar una marca en donde se vive pudiera también estar asociado con el de ser recordado, que es una variante del deseo de perdurar, de pasar por el mundo dejando alguna huella, aunque sea en la pared de la casa que habitamos.

Son ejemplos prehistóricos de esas marcas que hacen los seres humanos, los dibujos rupestres encontrados en las paredes de las cuevas de Lascaux (que datan del Magdaleniense, circa 15.000 años a.C.) o Altamira (que datan del Neolítico, circa 10.000 años a.C.). De más reciente data son los petroglifos, dibujos y símbolos grabados en piedras, que han sido hallados en casi todos los continentes con excepción de la Antártida. O los jeroglíficos egipcios, inscritos en las paredes de templos y pirámides. En éstos la huella principal es el edificio. Pero lo que completa el sentido de ese monumento y lo atribuye a un ritual o a una práctica, lo que define con mayor precisión quiénes eran sus usuarios o propietarios, son los jeroglígicos, una de las más tempranas formas de escritura que, además de inscribirse sobre papiros se grababan sobre la piedra de edificios egipcios. De este modo jugaban un papel en la adscripción de carácter local a un texto. No se trataba de papiros transados como bienes de comercio y luego transportados de un lugar a otro (primitivos textos viajeros), sino de textos que se quedaban ahí donde fueron producidos, inscritos sobre la piedra, en el mismo lugar, durante siglos. Eran textos que ayudaban a recordar a aquellos que los escribieron, su identidad, lo que pensaban, hacían y soñaban.

El archivo como marca duradera

Otra clase de huellas dejadas por el hombre en el lugar que habitaba son los archivos. El concepto de archivo se refiere al conjunto de documentos producidos o recibidos a lo largo del tiempo por una: persona, familia o institución. Pero se puede hablar del archivo de un edificio, casa o monumento cuando se hace referencia al conjunto de documentos (planos, memos, cartas, informes de expertos, dibujos, fotos, videos, etc) que registran la historia de ese edificio, la de sus ampliaciones, modificaciones, remodelaciones; la de sus usos, la de la sucesión de sus propietarios, etc. El archivo no es una marca duradera en la piedra, pero pertenece a ella y es muy probable que la obra (edificio, casa, monumento) sea depósito de ese archivo.

El archivo y la colección

Y ahora me alejo del edificio, de la obra en cuanto estructura, y pienso en la casa en cuanto hogar de una familia. No importa cuán incipiente o poco estructurado sea éste, es posible que quienes constituyen el hogar y habitan circunstancialmente una casa o apartamento posean un archivo. Y designo con este término al conjunto de documentos que han recibido o producido los miembros de una familia a lo largo de los años, y con ayuda del cual se puede reconstruir la historia de esa familia. Pudieran formar parte del archivo de una familia: cartas, fotos, videos, recortes de periódicos, facturas, estados de cuenta, recibos de pago, òrdenes de compra, etc.

Otro elemento que puede formar parte del archivo de una persona o familia, en cuanto que puede ser usado para reconstruir la historia de esa persona o familia son sus colecciones, puesto que éstas son un reflejo de sus aficiones por clases específicas de objetos: piedras y minerales, insectos o mariposas, estampillas, libros, cuadros, registros de piezas musicales, registros de videos, botellas de vino, etc.

La historia de la arquitectura nos enseña que cada cultura aprendió a designar con nombres específicos los lugares de la casa donde se almacenaban cada una de estas colecciones: bodega, enoteca, hemeroteca, videoteca, pinacoteca, biblioteca, etc. Me detengo en esta última por su contribución a la continuidad y diseminación de la cultura. Las bibliotecas han representado una amenaza para el Poder autocrático, porque representan un punto desde el cual es posible cuestionar el modo omnímodo y monológico con que éste prefiere contar la historia. Quizás ésa es la razón por la cual la incineración de bibliotecas es una afición común de tiranos y emperadores. Pero lo que me importa de las bibliotecas es su relación permanente con lo local y, más específicamente, con un hogar, con una familia, o con una persona, que hayan sido usuarios o propietarios de la biblioteca. De modo que las colecciones, así como los archivos, y las marcas aisladas, han sido modos de los seres humanos de dejar una huella en la casa, edificio o lugar que habitan. Los archivos y colecciones pueden ser perecederos; algunss marcas pueden ser duraderas o casi perennes.

Al llegar a esta etapa de mi brevísimo relato de la historia de nuestras relaciones, en tanto que individuos o comunidades, con lo local, con un territorio geográfico específico y la obra que ha sido construida en éste, quiero señalar cómo esta historia que ha andado a lo largo de un hilo que ha evolucionado lentamente a lo largo de siglos, está a punto de cambiar radicalmente.

Upload de lo local a la nube no local

La práctica creciente (promovida por corporaciones de tecnología) de migrar la información desde dispositivos de procesamiento y almacenamiento de información localizados en el hogar o la oficina hacia la red (la computación de nube), representa un proceso de recentralización del almacenamiento y administración de la información que crea un punto de quiebre en la tendencia milenaria que hemos descrito antes.

La generalización del cloud computing revierte el sentido de autonomía creciente que había estado asociado a la descentralización del manejo y procesamiento de la información que produjo la aparición del computador personal. Éste le otorgó a personas e instituciones una nueva autonomía (una de las razones por las que la humanidad adora y recuerda a Steve Jobs), al permitirles asumir la función de procesamiento y administración de información que no podían realizar en la época de los computadores centrales. En este sentido, el computador personal tuvo un impacto equivalente al que tuvo Martin Lutero aquel día de 1517 cuando clavó en la puerta de la Iglesia de Wittenberg, sus 95 tesis, en las que, entre otras cosas, esbozaba su doctrina de la salvación por la fe, sin intermediarios. Éste acto fue uno de los grandes instantes de incremento de la autonomía individual en la historia de la Humanidad. Que estuvo amplificado por ese nuevo descubrimiento que fue la imprenta. Algo muy semejante ocurrió con el computador personal (¿amplificado por la internet?). La combinación de los computadores personales con la internet configuró una plataforma ideal para apalancar la difusion de ideas, proyectos, productos o servicios de individuos creativos y de emprendedores a los lugares más remotos del mundo en los que hubiera servicios de internet.

En la actualidad, el proceso de descentralización y creciente libertad de los clientes, que era consistente con la escencia del capitalismo dentro de una sociedad democrática, ha comenzado a revertirse. El individuo, una vez más, comienza a delegar masivamente en las manos de grandes corporaciones sus prerrogativas, recientemente adquiridas, de control sobre la información que produce, se trate ésta de: fotos, textos, videos, bases de datos públicas o confidenciales, o aplicaciones. Este acto de delegación convierte a las grandes corporaciones en tácitas fideicomisarias de información personal, comunitaria o institucional. Las grandes corporaciones almacenan luego esta información en Data Center ultrareforzados que son como bunkers informáticos, construidos a prueba de bombas atomicas, en el Círculo Polar Ártico, quizás debajo de decenas de metros bajo la superficie. Y nos prometen que nuestra información estará segura. Nosotros sentimos un alivio al pensar que en algún lugar existen esa suerte de Arcas de Noé resguardadas por un Gran Vigilante (ya no Gran Hermano) de nuestra memoria, y que si llegase a ocurrir un holocausto global (pandemia, catástrofe natural, etc), o uno de proporciones más limitadas, que arrase con los archivos físicos o informáticos almacenados en discos duros locales, esos bunkers de información tendrán un respaldo. En ellos estará almacenada la información que nos permitirá, a los sobrevivientes, recuperar la memoria de un individuo, una comunidad, o toda la humanidad. Y sin embargo, podría también ocurrir que incluso esos bunkers sean vulnerados en su integridad o funcionalidad por una catátrofe natural o por el ataque de un grupo de superhackers. Y en ese caso, la delegación de la responsabilidad de almacenamiento de información en la nube sería la causa de una tragedia de proporciones inimaginables en materia de pérdida de nuestra memoria individual, comunitaria o global.

La otra implicación de esta migración de archivos e información hacia la red desde dispositivos localizados en el hogar o la oficina es la pérdida del carácter local y espacial (físico) de los archivos de memoria gráfica y escrita. La casa y la oficina, y dentro de estos grandes espacios, las bibliotecas, discotecas, hemerotecas, eran espacios físicos en los que se almacenaba, recuperaba y administraban archivos de información de toda clase. Ahora, esos lugares son despojados de ese sentido mnemónico de ser loci de la memoria. Se extinguen las bibliotecas; lo hacen lenta e inexorablemente, con cada año que se alcanza un nuevo record de ventas en el share de libros digitales versus impresos. ¿Será el media room el espacio que reemplace a las bibliotecas en los hogares? ¿Funcionará eficazmente un media room como lo hizo durante siglos la biblioteca, como un espacio para: el estudio, la lectura, la reflexión o la conversación interpersonal o, simplemente, para guardar, y ocasionalmente revisar con atención total y en silencio, la colección de cuadernos en los que un ancestro pudo haber escrito sus memorias decenas de años en el pasado. Las bibliotecas fueron los corazones de los hogares en épocas en las que las sociedades apreciaban la cultura y la educación por encima de (o al menos tanto como) otra clase de bienes. En la actualidad ese corazón cultural doméstico en el que de una mirada (o varias si se trataba de múltiples estanterías distribuidas por toda una casa) podías revisar los intereses culturales de tu anfitrión y establecer rápido conexiones y empatías con éste, o formarte una idea sobre su perfil de preferencias literarias, está en peligro de extinción. El mundo que deseamos es uno en el que la tecnología no reduzca su diversidad sino que lo enriquezca. Un mundo en el que la convivencia cordial y la interacción interpersonal enriquecedora sean propiciados y no lo contrario por la tecnología. Un mundo en el que cada uno sea libre de elegir la tecnología que satisfaga mejor sus expectativas, para así encontrar la fórmula óptima de distribución de sus archivos de información entre medios no digitales (libros, revistas impresas) y medios digitales, entre opciones de administración local y opciones de administración online en la nube.

Todavía es temprano para comenzar a ofrecer las respuestas. Todavía es el tiempo de formularnos nuevas preguntas. Porque una cosa es cierta, la tecnología puede salvarnos, ayudarnos de múltiples maneras a que nuestra vida sea más fácil, o más feliz, pero no podemos evitar problematizarla, con lo que me refiero a: anticipar con minuciosidad la serie de nuevos problemas, costos, efectos negativos que puede tener cada innovación técnica antes de que salga al mercado. Antes de que cause los problemas que hemos visualizado o anticipado como ciudadanos, tecnófilos o tecnófobos.

Por lo pronto me pregunto de qué modo podemos aprovechar las ventajas que nos traerá la computación de nube, sobretodo a la clase de nómadas postmodernos a quienes les da la oportunidad de moverse a sus anchas por este mundo globalizado sin perder su memoria viajera, no local sino virtual.

Otro que estaría feliz de contar con el abanico de posibilidades que ofrece la computación de nube sería el escritor británico Bruce Chatwin, quien fue un defensor a ultranza del nomadismo, y en uno de sus libros sostuvo la tesis de que éste era la condición natural del ser humano (ver por ejemplo Anatomy of restlessness).

Finalmente, es posible que haya escrito este post desde un punto de vista muy personal, el de un nativo del signo de Cáncer que, a semejanza de lo que hacen los cangrejos ermitaños, llevan su casa a cuestas, como tratando de decir que, ni siquiera cuando se desplazan están dispuesto a abandonar su vínculo con el territorio (en realidad estos crustáceos usan las conchas de caracoles muertos para proteger su abdomen, más blando que el de otros cangrejos, de predadores y otras amenazas externas). Esta territorialidad me mueve seguramente a resistir esta tecnología que nos promete ayudarnos a movernos más fácilmente por el mundo.

¿Estamos ingresando en una nueva era?: La tesis de Paul Kennedy

En un artículo publicado en el diario El País, Paul Kennedy (1945), profesor de Historia de la cátedra J. Richardson Dilworth de la Universidad de Yale, sostiene que a pesar de que los signos son aún incipientes y difusos, es posible que estemos entrando en una nueva era. “]sas transformaciones históricas tan bruscas no son el objeto de este artículo. Lo que nos interesa aquí es la lenta acumulación de fuerzas transformadoras, en su mayor parte invisibles, casi siempre impredecibles, que, tarde o temprano, acaban convirtiendo una época en otra distinta.”, dice Kennedy en el artículo tan sugestivo. Kennedy sostiene que uno de esos signos es económico. El dólar norteaméricano ha dejado de ser la divisa en la que están denominadas, como hace una década, el 85 por ciento o más de las reservas mundiales y la cifra actual se acerca al 60 por ciento. Kennedy cree que no es descabellado que en un futuro próximo las reservas se distribuyan entre euros, dólares y yuanes.

Un segundo signo de cambio global sería la crisis de la Eurozona. Un sueño que en algún momento se quiso fundar sobre instituciones como el Parlamento Europeo, la Comisión, el Tribunal de Justicia, y que se hace cada vez más difuso y está en franco proceso de disolución por culpa de una generalizada falta de disciplina fiscal. Sin embargo, recordando una conferencia de Lord Ralf Dahrendorf que una vez escuché en LSE, él dijo que “el factor más importante que había determinado la creación de la UE era el miedo a Alemania”. Reflexionando ante lo que ocurre ahora, uno podría pensar que decisiones que se tomaron por temor, fueron también, decisiones en las que prevalecieron sentimientos como el amor a la paz, a la fraternidad, o a la solidaridad. No fueron decisiones en las que sólo privaron intereses. Y creo que una de las cosas que han sucedido en los últimos años es un proceso gradual de reemplazo de emociones y pasiones por intereses. Intereses que se disfrazaron de valores para legitimarse, como ocurrió con la Guerra de Irak. Éste es el tipo de cambios que marcan los ingreso en nuevas eras.

Un tercer proceso que Kennedy interpreta como evidencia de que vivimos un momento de transformación histórica profunda es la pérdida gradual pero inexorable de liderazgo militar por parte de Occidente frente a China y otras naciones de Asia como: Japón, Corea del Sur, Indonesia e India, entre otros.

Finalmente, un cuarto signo, lamentable, a causa del profundo y arraigado cinismo que revela, es la pérdida de seriedad de una organización global como el Sistema de Naciones Unidas, y en particular del Consejo de Seguridad, donde se usa el poder de veto de sus miembros permanentes de una manera absolutamente desvirtuada. Rusia y China vetan irracionalmente resoluciones contra el asesinato indiscriminado de nacionales sirios, y Estados Unidos hace lo mismo contra resoluciones que impidan el avance de Israel en tierras Palestinas.

El artículo de Kennedy me parece importante porque nos muestra uno de esos momentos cuando un académico dice con tristeza y no poca decepción y desilusión cosas que él no hubiese querido escuchar; y para eso se necesita mucho valor. Y que, él sabe que es posible, que como le sucedió a Casandra, las diga una y otra vez y no le crean. Pero no porque si le creen se pueda hacer algo. Porque los procesos que describe Kennedy pertenecen a esa clase de procesos inexorables que de tanto en tanto emprende la historia. Procesos que crean la ilusión de que fueran teleológicos, de que persigue un objetivo que nadie conoce o puede prever todavía. Procesos que parece que condujeran a un fin determinado. Procesos como los que hicieron que Marx creyese que la historia se podía comportar como una ciencia exacta.

A nosotros, los que no somos historiadores, nos toca pensar sobre estas ideas de Kennedy que generan una multitud de preguntas como por ejemplo: ¿Qué papel juegan y jugarán las nuevas tecnologías en esa transición a lo que Kennedy predice será una nueva era?, ¿Cuán serena o tortuosa va a ser esa transición?, ¿cuán radical o gradual?, ¿cuán local o global?, ¿qué papel jugarán las pasiones en ella y cuál los intereses?. Y finalmente,¿Qué cosas exactamente van a definir el mundo en esa nueva era en la que ya podemos anticipar un rol radicalmente menos protagónico para Occidente?, ¿Cómo va a ser ese mundo en el que Occidente haya perdido radicalmente su influencia y junto con él, la hayan perdido (hayan dejado de estar de moda, ¿será eso posible?), ese conjunto de valores e instituciones que, como la libertad, la equidad, la justicia, entre otros, nos han parecido desde tiempo inmemorable razonables, neutrales y transparentes, en el sentido de que nos han creado la ilusión de que todos ellos, integrados en instituciones democráticas, permiten que cada individuo miembro de ese futuro extremadamente diverso y heterogéneo tendrá la libertad de perseguir sus propios ideales y objetivos de acuerdo con una concepción personal y no necesariamente compartida de la Buena Vida?

Una nota sobre Carl Schmitt y los riesgos de la homogeneidad social

Uno de mis temores recurrentes, cuando soy espectador de movimientos populares como los que hemos visto durante los últimos meses, desde los agrupados bajo el adjetivo de Primavera Árabe, pasando por las protestas de los indignados españoles, o las de los indignados israelíes; incluyendo las de los estudiantes chilenos que reclamaban gratuidad de la educación, y las de los que agrupado por la consigna Occupy Wall Street (OWS), dicen representat al 99 por ciento de la población, es el riesgo de que en fases más avanzadas, alguno de estos procesos, ahora frescos, pacíficos (muchos de ellos, al menos en su inicio), autónomos e independientes sean secuestrados por un líder autoritario de pensamiento radical que convenza a los manifestantes de que la existencia, actuación o discurso de cierto grupo de la sociedad constituye un factor perturbador que impide lograr un arreglo político y económico consistente con el máximo disfrute, para el mayor número de individuos, dado cierto nivel de riqueza existente o la que se pueda crear con éstos.

Analicemos por ejemplo el caso del movimiento OWS. Una cosa es que éste reclame que los banqueros y otros grupos sociodemográficos que perciben ingresos muy superiores al del resto de la sociedad trabajen dentro de un marco regulatorio e institucional que produzca un sistema más justo con menos desigualdad económica, y otra es pensar que la sociedad estaría mejor si esos u otros grupos no existieran. Este último razonamiento (numerosos autores han comentado sobre esto y quizás no valga la pena hacerlo aquí sino brevemente), tiene el riesgo de que puede conducir a una política que trate de reducir o minimizar el número de miembros de ese grupo social y, al hacerlo, reducir la pluralidad de la sociedad.

Aunque está claro que el camino entre un movimiento social pacífico y un odio genocida toma años, por no decir décadas, siempre debe uno estar alerta cuando vemos esas sociedades polarizadas en las que: una sensación de malestar, una desorientación con visos de frustración, mezclada con algo de rabia, se convierten en abono de pudiera una antipatía, y luego resentimiento y finalmente odio hacia cierto grupo social.Por largo que sea el camino, ese proceso de evolución debe uno tratar de impedir a toda costa. El odio hacia un grupo étnico, social, económico, profesional, religioso, puede gestarse lentamente y ser luego muy difícil de erradicar. Procesos como los de Suráfrica, o el mismo racismo que hasta hace pocas décadas estaba arraigado en varias ciudades del Sur de Estados Unidos, tomaron tiempo para diluirse, desaparecer o dejar de tener efecto explícito.

Una manera de protegernos contra este riesgo, es recordar las ideas y el modelo que propuso el constitucionalista y jurista alemán Carl Schmitt (1888-1985), cuyos textos pretendieron constituir los fundamentos del nazismo. Schmitt pensaba que la esencia de lo político era afin al antagonismo extremo. Pero no a cualquier grado o clase de antagonismo sino al más intenso y extremo, aquel que crea la distinción entre amigo y enemigo. Schmitt concebía lo político como el campo de la distinción entre el amigo y el enemigo. En un sentido más amplio, lo político comprendería todos aquellos procesos de antagonismo social que producen alteridad, entendida ésta como la distinción entre aquellos que pertenecen (los amigos) y aquellos que no pertenecen (enemigos) a determinado grupo social.

Concebido como antagonismo extremo, lo político no puede quedar confinado a la esfera estatal. En la sociedad politizada, lo político se derrama de la esfera que lo contiene por toda la sociedad. Se desintegran las barreras que en el Estado liberal separaban lo público,. entendido como reducto de la razón, de lo privado que sería el reducto de las pasiones. En el Estado politizado y radicalizado que era modelo de Schmitt, lo político se hacía ubicuo y fluido y llegaba a ocupar hasta los más estrechos intersticios de la sociedad. Mediante el antagonismo social, la sociedad politizada estaría dotada de una capacidad fina para la discriminación de diferencias entre grupos sociales de la que carecía antes. En la sociedad politizada es más fácil y probable que ocurran procesos de segregación social, étnica e ideológica. Es como si la politización de la sociedad introdujese una suerte de lente capaz de amplificar e identificar diferencias entre, por un lado, grupos puros (v.g. los arios de la Alemania nazi) de la sociedad, considerados como supuestosportadores de la escensia o carácter original de la sociedad, y grupos impuros, defectuosos, débiles, corruptos, ociosos, menos capaces, en cuya sangre o carácter se han perdido los rasgos definitorios o idiosincráticos de una sociedado nación. En otras palabras, lo político actuaría como un acto que revela una heterogeneidad que yace en lo profundo del tejido social y que una sociedad pre-política o a-política habría pasado por alto.

Schmitt pensaba que la libertad propia de la democracia daba rienda suelta a que la heterogeneidad social que caracteriza el Estado pluralista desatase una nefasta proliferación de intereses y opiniones cuyos enfrentamientos minaban el orden social e institucional hasta el punto de amenzazar el hilo constitucional. La solución de Schmitt al inexorable deterioro del orden democrático era simple. Si se quería la libertad de la democracia había que homogeneizar la sociedad. Si la homogeneización fracasaba, la democracia estaría permanentemente amenazada y por tanto se debería elegir la dictadura. En este sentido, algunos estudiosos de Schmitt creen que su contribución más importante al nazismo puede haber sido la justificación teórica de la necesidad de reducir la heterogeneidad étnica y religiosa que caracterizaba la sociedad alemana.

Idealmente, la masa homogénea (colectivo desprovisto de individuos) en que debería transformarse el Estado liberal y pluralista luego de que operase exitosamente un proyecto de homogeneización sería la mejor materia prima para fabricar un soberano obediente. La homogeneidad social suprime gran parte de los problemas de representación (lo que facilita la disolución del parlamento) de una sociedad y reduce los problemas de gobernabilidad. El soberano homogéneo piensa, cree, opina y actúa como si fuese un único ciudadano. Frente al soberano homogéneo no se precisa de deliberación sino tan sólo de decisión por parte del Gobernante puesto que la homogeneidad facilita la comunión entre el soberano y su gobernante, quien a las luces de una democracia liberal y pluralista puede ser reconocido como un dictador totalitario.

La politóloga y estudiosa de la democracia Chantal Mouffe, considera que en la sociedad democrática se debe tratar de convertir todo germen de antagonismo en una contienda agonista. “El agonismo, a diferencia del antagonismo, establece una relación nosotros-ellos, en la cual las partes en conflicto, si bien admiten la no existencia de una solución racional a su desacuerdo, reconocen la legitimidad de sus oponentes. Eso significa que aunque en el conflicto se perciban a sí mismos como pertenecientes a la misma asociación política, es decir, que comparten un espacio simbólico común dentro del cual tiene lugar el conflicto, no estamos frente a una relación de enemigos, sino de adversarios, caso que encontramos en el agonismo. Y por eso el adversario constituye una categoría crucial para la política democrática.”

Regresando a nuestro ejemplo de los banqueros como potenciales enemigos y antagonistas de quienes protestan en el movimiento OWS. Debemos hacer lo posible (los que escriben escribiendo sobre esto) para que los segundos vean a los primeros como adversarios, con quienes es se comparte, no solo valores morales y bagaje cultural, sino también con quienes es posible construir en conjunto, en una arena deliberativa, un modelo compartido para alcanzar la Buena Vida.

Cita de Chantal Mouffe tomada de:”Alteridades y subjetividades en las ciudadanías contemporáneas” en Diálogos de la Comunicación. Revista Académica de la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social. Disponible en: www.dialogosfelafacs.net/75/articulos/pdf/75ChantalMouffe.pdf

A proposito de OWS, protestas en Occidente, Notas preliminares

El pasado 17 de septiembre, un grupo de jóvenes norteamericanos descontentos con las políticas económicas y lo que describen como corrupción de funcionarios públicos, quienes parecen trabajar para contribuir con el logro de objetivos de las grandes corporaciones y grupos financieros, en lugar de hacerlo para lograr el Bien de los ciudadanos, salieron a la calle en New York y decidieron acampar en Zuccotti Park, en Manhattan, un parque privado cercano a Wall Street. Y ya llevan unas seis semanas en ese mismo lugar.

Conocido ahora por el acrónimo OWS, este movimiento de protesta tiene como sus antecedentes más recientes: 1. el movimiento español de los Indignados, que al tiempo que hizo campamentos en la plaza Sol de Madrid, pedía mayor democracia y terminar con la corrupción de funcionarios públicos y gobernantes; y 2. las protestas que empezaron a comienzos de 2011 en varias naciones árabes y que reclamaban: derechos humanos, libertad y democracia, agrupadas posteriormente bajo el nombre de Primavera Árabe. Hoy sabemos que estas protestas fueron eficaces para terminar con décadas de gobiernos dictatoriales en Egipto, Túnez o Libia. Pero también sabemos que el camino hacia la construcción de naciones en la que sus ciudadanos puedan convivir pacíficamente dentro de una pluralidad de etnias, creencias religiosas, y actitudes hacia la modernidad, es largo, difícil y requiere todavía de un arduo trabajo.

En Estados Unidos los diversos movimientos de protesta nacidos o inspirados por el fenómeno OWS de NY, declaran que son una respuesta a la frustración, descontento o cansancio con una política que no escucha sus demandas y sólo trabaja para el beneficio de los poderosos o de los que más tienen. Entre los factores que originan ese patrón de descontento se cuentan, entre otros:

1. Apoyo gubernamental a instituciones financieras quebradas

La decisión que tomara el Gobierno de Estados Unidos de apoyar a algunas instituciones financieras que a finales de 2008, estaban al borde de la quiebra (Lehman Brothers, Fanny Mae, Freddie Mac, entre otras), aprobando una transferencia de cientos de miles de millones de US dólares para salvarlas de una quiebra segura. Muchos ciudadanos hubieran querido ver cómo estas instituciones que constituyen el corazón del capitalismo norteamericano sufrían las consecuencias de sus decisiones tal como las deben sufrir en una escala miles de veces menor los ciudadanos. Podemos presumir que hubo consideraciones sobre las consecuencias de largo plazo y alcance global que se producirían como consecuencia de esas quiebra si no se apoyaba a las instituciones financieras en crisis aguda. Consecuencias negativas que hubieran causado costos mucho mayores para la ciudadanía y los Estados. Se podría entonces alegar que este tipo de decisiones son un ejemplo de los casos en los que los Gobiernos actúan de acuerdo con una racionalidad global y de Largo Plazo que está fuera del alcance de los ciudadanos, que se puede presumir actúan de acuerdo con una racionalidad individual de corto o mediano plazo. Pero, me pregunto, ¿es este argumento creíble?. ¿No es acaso más fácil creer que decisiones de este tipo (no consistentes con la lógica capitalista) responden a chantajes y otras clases de presiones ejercidas por agentes mucho más poderosos que ciudadanos escasa o nada organizados?.

1.1. Sensación de injusticia

Por otra parte, un artículo escrito por Thomas Friedman en el NYT se enfoca en otro aspecto de la rabia y malestar que desató en los ciudadanos la conducta del Gobierno norteamericano apoyando a algunas instituciones financieras. Sin tener en cuenta que algunas de ellas habían realizado manejos financieros que estavieron al margen de la ética y de la ley. Por ejemplo, Friedman cuenta cómo Citigroup tuvo que pagar una multa de 285 millones de US dólares para convenir en un caso en el que se concluyó que esta institución, por un lado había vendido instrumentos financieros basura, y por el otro había apostado millones de dólares a que el precio de éstos se iba a desplomar. Lo sorprendente del pago de esta multa, dice Friedman, es que no hubo reconocimiento explícito de que el banco o sus funcionarios hubiesen incurrido en alguna mala praxis. Este es el tipo de hechos que construyen la impunidad y alimentan en la ciudadanía la sensación de que reina la injusticia. Una sensación con la que no se puede construir una sociedad sostenible.

2. Desigualdad económica

Es posible que la ciudadanía no esté todo el tiempo conciente de la situación económica de todos y cada uno de los grupos sociodemográficos que constituyen la sociedad. Es decir, el grado de desigualdad económica de una sociedad en un instante del tiempo es una construcción estadística y por tanto abstracta. Pero los ciudadanos pueden tener percepciones (más o menos erradas) de la situación de diversos parámetros sociales, económicos, politicos. Y lo que perciben puede causarles malestar o lo contrario. Lo cierto es que datos estadísticos estilizados sugieren que durante los últimos años la desigualdad ha empeorado en Estados Unidos. Por ejemplo, se una reportado una elevada tasa de desempleo entre los jóvenes recien graduados de bachillerato, que alcanza 21.6 por ciento, así como en los menores de 25 años, que alcanza 9.6 por ciento. Respecto a la desigualdad económica propiamente dicha, la evidencia sugiere que antes de la recesión de 2008, el 1 por ciento superior de los hogares recibía 23 por ciento del ingreso total (lo que constituye la mayor participación en el ingreso total desde 1928), éste es un porcentaje mucho mayor al 10 por ciento del ingreso que recibía este mismo 1 por ciento en la cima, durante la década de los 70´s del siglo pasado. Un editorial reciente del NYT dice que no se tienen cifras actuales, luego de la recesión. Sin embargo, se estima que la distribución del ingreso debe haber empeorado desde entonces. Estas cifras, y otras más, relacionadas con demandas insatisfechas en otros sectores de política, sólo dibujan aspectos deshilvanados de una sensación general de descontento en una nación en la que los ciudadanos piensan que los políticos no representan sus intereses sino los de las corporaciones lo que significa (también) que estos movimientos de protesta parecen señalar que existe actualmente una crisis de la democracia representativa. Esta consideración deberá conducir a preguntarse sobre quién o quiénes asumirán la tarea de reformar o rediseñar la democracia.

    (Este tipo de críticas pueden ser peligrosas para las democracias liberales. De hecho, una de las más demoledoras críticas al parlamentarismo y la democracia representativa fue realizada por el jurista alemán Carl Schmitt, varias de cuyas ideas eran consistentes con la filosofía e instituciones de la Alemania Nazi y la dictadura que implantaron Hitler y sus adláteres. Ver el próximo post en este blog donde se hace una nota sobre este tema)

En las protestas y manifestaciones que aquí nos ocupan, los analistas consideran que los manifestantes parecen tener objetivos poco claros, insuficientemente explícitos, poco realistas y poco prácticos. Con base en esta apreciación, uno podría inferir que un fin predecible de este proceso es que pierda momentum lenta pero inexorablemente hasta que desaparezca por cansancio, por una sensación de que luego de haber hecho mucho logró poco (protesta poco eficaz), por falta de recursos (económicos, gerenciales), por falta de liderazgo, por culpa del invierno que se acerca y que va a complicar agudamente la decisión de ocupar las calles, las plazas y otros espacios públicos. Y sin embargo, los manifestantes dicen, y esto es algo que han repetido con muy poca variación, que ellos constituyen y representan al 99 por ciento de la población y que combaten contra la conducta del 1 por ciento de la población (los muy ricos, los corruptos).

Contra el argumento de quienes dicen representar al 99 por ciento, ha aparecido más recientemente un grupo que dice representar al 53 por ciento de los norteamericanos que pagan impuestos y que, ellos alegan, sostiene con sus contribuciones, la vida y actividades de protesta del 47 que no paga impuestos. Este grupo se opone a las actividades de los que siguen el formato de OWS. Dicen los del 53% que la responsabilidad individual es un concepto que no aparece en el discurso de quienes dicen representar el 99 por ciento.

Se podría alegar que los manifestantes de los movimientos OWS son principalmente personas con locus de control externo que reclaman mayor apoyo del Estado. Pero esto es una contradicción en términos dado que el mismo hecho de participar en protestas y movimientos para mejorar la democracia los define como agentes que hacen lo posible para controlar su vida.

Por otra parte, un hecho que parece contradecir la predicción de que OWS es una burbuja que va a terminar por desinflarse fueron la manifestaciones que tuvieron lugar en aproximadamente un millar de ciudades de más de 80 naciones el pasado 15 de octubre. Eso demostraba que el fenómeno OWS se había hecho viral y global como si fuera uno de esos videos en youtube que de repente atrapan a millones de espectadores, el movimiento había contagiado a grupos de ciudadanos descontentos en muchos otros países. Pero no los ha reunido todavía en un único grupo. No se han articulado todavía las voces de descontento alrededor de un único discurso. Sobretodo porque el movimiento parece tener como principio su rechazo a los líderes personalistas, quizás con el fin de mantener la ilusión fresca y deseable de que el movimiento lo animan todos, de que es un movimiento anónimo, para buscar un término que está de moda.

Luego de esta breve introducción, hago algunos comentarios, algunos de tipo especulativo, sobre este interesante y sin duda sorprendente proceso de turbulencia social que pudiera o no concluir en un cambio social.

1. Acceso a nuevas tecnologías de información y comunicación

Muchos de los análisis realizados sobre las protestas agrupadas dentro de lo que se conoce como Primavera Árabe, señalaron a las tecnologías de información y telecomunicación como un factor clave en catalizarlas y contribuir con el logro de los objetivos que inspiraron esas protestas. Se debería considerar si estos análisis no han sobreestimado el papel de la tecnología y descuidado el análisis de las percepciones, expectativas y objetivos de corto, mediano y largo plazos de los líderes o ciudadanos que participaron en esas protestas.

2.Líderes carismáticos

Uno de mis temores con este movimiento es que sea secuestrado por un líder carismático. Esta falta de coherencia en sus reclamos, este carácter como de ola marina o marea que parece tener este movimiento (cosa que refuerza ante los outsiders la presunción de que es un movimiento fesco, orgánico y espontáneo), la aparente desorientación o vaguedad ideológica de los que protestan, de la que quizás,por cierto, podría hablar la diversidad de sus íconos o símbolos: el hecho de que puedan llevar, indistintamente, franelas rojas con la cara del Che Guevara; máscaras de Guy Fawkes (como la que usa Hugo Weaving en V for Vendetta), o máscaras o franelas con la cara de Ghostface (Scary Movie), dice mucho sobre cómo conviven en quienes suscriben el movimiento OWS una diversidad de sentimientos y pasiones de las que no están ausentes: la frustración, la rebeldía, la desorientación, la rabia, el anticapitalismo, entre otros.

3. Inconsistencias de OWS

Quienes suscriben las protestas del movimiento OWS, en Estados Unidos o en otros paises, no tratan de reducir las inconsistencias de sus prácticas y proclamas. No reparan en aspectos tan triviales como el hecho de que necesitan que los locales aledaños a los lugares de ocupación de espacios públicos les permitan usar los baños o, en caso de que esto no sea algo fácil o posible, regresar por la noche a sus hogares a comer, asearse, y dormir, tal como la policía dice que han hecho varios de los que ocupan todavía los terrenos aledaños a St Paul, cerca del corazón de la City, en Londres. La policía llegó a esta conclusión luego de utilizar cámaras con termosensores que les permitieron saber cuándo había gente dentro de las tiendas de campaña.

Por otra parte, pudiera ser injusto pedirle demasiada consistencia lógica, ideológica u operacional a los manifestantes cuando los más serios y solemnes defensores de las instituciones del capitalismo no actuaron durante la crisis del 2008 de acuerdo con la más estricta lógica capitalista, al impedir que las grandes corporaciones financieras quebraran, en lugar de dejar que asumieran (sufrieranlas consecuencias inevitables) ellas solas, de las posiciones de riesgo que habían tomado.

No hay intento de consistencia en el lado institucional, en el de los defensores del statu quo. No le pidamos entonces consistencia lógica o identitaria a quienes protestan contra el capitalismo comiendo pizza, fumando cigarrillos Marlboro, y twiteando con un iphone, creado éste por un líder carimsático y genial cuya biografía sugiere que fue poco consistente a lo largo de su vida. Quizás sea estos unos tiempos todavía postmodernos en los que triunfan los inconsistentes. Una era que premia la inconsistencia, porque solo así se puede actuar. O porque la búsqueda a ultranza de la consistencia te condenaría al quietismo, a la inacción.

4. Juventud, pérdida de sentido, Murakami, necesidad de buenas historias

Pero no dejemos de estar alertas. Porque la desorientación unida a la inconsistencia pueden ser mezclas peligrosas. Y esto que digo me recuerda a los jóvenes descontentos que el escritor japonés Haruki Murakami entrevistó cuando escribía el ensayo Underground, que era un extenso reportaje sobre el ataque terrorista al Metro de Tokio perpetrado por la secta Aum (ver aquí la nota sobre esto en este blog). Murakami sugiere en una entrevista en la que habla sobre este reportaje, que estos jóvenes descontentos y desorientados, carecían de una narrativa que los ayudara a ubicarse en el crecientemente complejo, caótico y no por eso menos laberíntico ámbito urbano que habitan. Palabras de Murakami que también querían significar que muchos de los jóvenes reclutados por los radicales eran rebeldes, frustrados, desorientados, etc. Y por tanto fáciles de reclutar si se les prometía un mundo seguro, homogéneo, con sentido, etc.

Murakami recuerda en la entrevista referida que el escritor de ficción tiene una responsabilidad moral. Dice que éste debe reconocer que tiene el deber de suplir la falta de símbolos y mitos de este mundo desencantado con buenas historias, aquellas capaces de captar la atención e interés de lectores jóvenes, historias que tengan moraleja y los ayuden a encontrarle sentido al mundo, o a que se inserten exitosamente en el mercado de trabajo, que es tambíén el mercado de oportunidades pàra mostrarle a los demás (y demostrarte a tí mismo) quién eres (lo que lo convierte en un espacio para construir nuestra identidad).

5. Revolución o restauración

El discurso de quienes protestan a veces nos hace pensar unas cosas y otras veces otras. Por ejemplo, no está claro si se trata de un proyecto de restauración que trata de regresar el estado de cosas al pasado, como por ejemplo, a las ideas y diseño institucional del Gobierno y del Estado tal como fueron concebidos por los Padres Fundadores o si, por el contrario, se trata de un movimiento revolucionario, que quiere arrasar con el pasado, desmarcarse de la historia, e instituir las bases de un sistema social, político y económico totalmente nuevo. En todo caso, el tema recurrente de la corrupción de ciertos funcionarios públicos, así como el tema concomitante de avidez exagerada por la riqueza de parte de grupos profesionales como los banqueros nos hace pensar que hay un intento de restauración. Que comienza por señalar cuáles son las piezas del sistema original que se echaron a perder y cuáles las causas de que esto ocurriera. Es fácil ver la corrupción como el resultado final de un proceso (más o menos lento) de descomposición (moral, institucional, social, económico). Como un proceso que surge de algo que en el presente ya no funciona del mismo modo a como funcionaba en el pasado y no como un proceso que tenía fallas de diseño que permitieron que la misma descomposición moral o institucional tuviera lugar. Lo más probable es el que movimiento sea a la vez de restauración y de revolución (definida ésta como un cambio radical en el statu quo).

6. De los intereses a las pasiones, la polarización

Cómo van a evolucionar en el futuro cercano estos movimientos de protesta que vemos gestarse en las scoiedades de diversas naciones del Primer Mundo? ¿Cómo van a lograr cambios sociales que les garanticen la sociedad en la que ellos pueden sentirse bien si no han sido capaces de comunicar lo que buscan d emanera contundente y consistente para que su mensaje se eleve como un clamor inconfundible y se disemine por los medios de comunicación globales? ¿Qué puede pasar si los líderes políticos y las élites económicas desatienden estas malestar? ¿De qué manera podrán todas esas sociedades postmodernas (o de la modernidad tardía) planificar sus futuros de modo sostenible si no se escuchan y atienden las demandas (aún) pobremente estructuradas de esas masas de jóvenes confundidos y perplejos ante la velocidad y vértigo de los entornos urbanos que habitan? Todo esto configura un problema de política pública al cual se le debe dar, en cada nación, una respuesta específica. Y pronto. De otro modo, el malestar de esos jóvenes puede metamorfosearse en otras cosas, pasiones que no ayudan a la cohesión y convivencia pacífica.

Lo anterior nos lleva a la pregunta sobre el momento en que se fractura una sociedad y dejan de conversar entre sí algunos grupos (la tragedia del momento en que se rompe la comunicación). ¿Cuál es el momento en el que los juegos de lenguaje (wittgeinstenianamente hablando) de uno o más de los grupos de una sociedad pluralista y multicultural como la norteamericana o la europa actuales dejan de ser inteligibles, interesantes y agregarle valor a cualquiera de los otros grupos? ¿En qué momento la serie de puentes que se habían tendido para que los diversos grupos de esa sociedad pluralista se comunicaran, intercambiaran sus visiones del mundo, conversaran entre sí con el fin de facilitar la convivencia pacífica de un modo sostenible, y al hacerlo propiciar el Buen Gobierno (gobernabilidad) comenzaron a explotar, a venirse abajo, a desmoronarse? Esta suerte de caída global de los puentes intergrupales que actuaban como el sustrato más profundo del tejido social, en las sociedades de la modernidad tardía no fue específica a Estados Unidos, como tampoco parece haberlo sido a España o a las sociedades de varias naciones árabes.

Pienso en una referencia reciente que describe el proceso inverso al descrito arriba. El proceso de tendido inicial y consolidación de los puentes interétnicos, intergrupales, que produjeron en Estados Unidos una sociedadd más cohesiva. En la genial película The Help (2011), cuyo guión está basado en la novela homónima de Kathryn Stockett. En ella, la protagonista, Eugenia “Sketter” Phelan, es una incipiente escritora de piel blanca que decide documentar el drama que sufrían durante los años sesenta del siglo veinte las niñeras de piel oscura que trabajaban en hogares de gente blanca en la ciudad de Jackson, Mississippi. La novela documenta las emociones y sufrimiento de esas niñeras y muestra cómo éste era producido por un diseño social consistente con la absurda presunción de superioridad de un grupo étnico sobre otro. La película muestra de qué manera las historias contadas por el grupo que sufría las consecuencias de ese fallido diseño social, que luego fueron publicadas en el libro que escribe la protagonista, podían actuar como puente: acercar dos mundos que habían estado separados, producir la convergencia de dos mundos con visiones que parecían inconmensurables, y propiciar empatías. Todo lo cual sentaba las bases para los cambios sociales y políticos que se produjeron en las décadas siguientes y que alcanzaron una fase superior cuando en 2009 fue elegido Barack Obama como Presidente de Estados Unidos. Otra narrativa de la construcción de un puente social interétnico es la película Invictus, en la que se muestra de qué modo la constitución de un equipo de rugby pudo catalizar el acercamiento entre doos grupos étnicos segregados en la Suráfrica del apartheid. Si los puentes, los hilos, los cables, que permitieron que grupos de diferentes segmentos sociales y económicos convivan pacíficamente durante siglos en la sociedad norteamericana, se comenzaran a quebrar, podemos predecir que las protestas de OWS crecerán viralmente en Estados Unidos y que éstas tendrán consecuencias que no puedo prever.

7. La conversación o el odio

Uno desearía que las protestas se queden en el terreno de las palabras, de los discursos, de las narrativas. Que se apueste a una contaminación de la democracia liberal y sus narrativas con las narrativas, discursos, visiones y puntos de vista que enfatizan la necesidad de introducir mecanismos que protejan a los más débiles y restituyan y preserven en el tiempo la equidad económica. Y es ciertamente posible que durante los últimos años se hubiera calmado o adormilado esa conversación entre los diversos grupos que viven y sufren estos tiempos de cambio social y técnico acelerado con consecuencias complejas. Y que por tanto la cohesión social se haya debilitado y la polarización incrementado. De hecho, en Estados Unidos existe la mayor polarización desde tiempos de la Guerra Civil. Y una sociedad con una extrema polarización es peligrosa y su estabilidad precaria. Los Estados Unidos y otras naciones delPrimer Mundo deberán imaginar y gestar prácticas y políticas que, en materia de oportunidades y bienestar, acerquen e integren a los diversos grupos de la sociedad pluralista y democrática sin menoscabo de la libertad. Y si este esfuerzo no ocurriera por falta de voluntad, de imaginación o por alguna otra razón, los puentes e hilos que mantienen la cohesión social se pudieran romper o quebrar y aparecer discursos en los que prevalezcan, ya no los intereses sino las pasiones. Y con ellas, es siempre posible que se engendre la violencia. Lo que significa una disolución de las posibilidades de deliberación o debate agonístico empático entre los diversos grupos socio económicos. Y una concomitante aparición y gradual fortalecimiento de un odio que, aunque gestado sobre bases ilusorias, puede llegar a ser muy nocivo.

8. Democracia radical y el antiesencialismo

Los académicos Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, en su libro Hegemony and Socialist Strategy, Towards a Radical Democratic Politics (1985), definieron el concepto de democracia radical y sus condiciones de posibilidad. Estos autores sostenían que vendría una nueva ola democrática que iba a profundizar la democracia. Y que un aspecto que distingue a la democracia radical es su capacidad para incorporar la diferencia, el disenso y los antagonismos. Laclau y Mouffe hicieron el énfasis en que no era antagonismo, y por tanto lucha de clases, lo que resulta o subyace a los procesos de profundización de la democracia, es decir de gestación de la democracia radical sino procesos de agonismo, que se refiere a la contienda entre dos o más actores con valores y visión política compartida.

Porque la articulación de los manifestantes que participan en las protestas sociales se produce con base en una alineación discursiva, como por ejemplo, un reclamo de mayor justicia o de fin a la impunidad. Y no de la clase de alineaciones esencialistas típicas del concepto marxista de clase- Entre éstas puede haber contiendas de tipo antagonista, consistentes con una arena política como la que describía Carl Schmitt, quien decía que la politica solo es consistente con el concepto de amigo-enemigo. Entre las alineaciones discursivas postmodernas, las contiendas se pueden reordenar una y otra vez, de acuerdo con los cambios en el patrón de problemas sociales que percibe la ciudadanía.

9. Locus de control

Pienso en el alegato de algunos críticos del movimiento OWS que señalan que el tema de la responsabilidad individual está ausente de esa discusión. Pudiera ser interesante rescatar para esta discusión el tema del locus de control. Los estudios realziados sobre esto, dividen a la gente en dos categorías: 1. los que tienen locus de control interno, que perciben que lo que les sucede en la vida depende de lo que sean capaces de lograr gracias a una mezcla de talento, perseverancia, destrezas y suerte; y 2. los que tienen locus de control externo, que creen que lo que les sucede en la vida depende de factores que no controlan, como por ejemplo el destino, la suerte, y cualesquiera otras circunstancias favorables o no a todo lo que emprenden. Se podría alegar que en una sociedad crecientemente compleja, donde los mercados se hacen más volátiles, las catástrofes ambientales más frecuentes y de mayor magnitud (clima extremo), por culpa del calentamiento global, más gente va a sentir que no controla su vida.